Su tesis central -que la transición venezolana estaría frenada principalmente por la negativa de la oposición liderada por María Corina Machado a “construir puentes” con un supuesto sector aperturista del régimen- descansa sobre una cadena de supuestos discutibles, analogías históricas defectuosas y una lectura selectiva de la política contemporánea. Silogismos de cuatro patas, que por falaces no aplican a la medida. Veamos.
No es ruptura vs. apertura. Es extracción y miedo creíble.
Mires propone que la transición venezolana es un proceso inducido externamente determinado en buena medida por la política de EEUU, en particular por Donald Trump. Pareciera restarle mérito a la crisis interna provocada por una ciudadanía que lo arriesgó todo por años, incluso la vida, para demostrar la fuerza y certeza del voto. Esa evidencia desnudó ante el mundo un régimen usurpador.
Es verdad que sin el patrocinio y tutelaje de EEUU [consecuencia] no es viable el quiebre de la coalición dominante. Pero la evidencia empírica va más allá de un uccionismo geopolítico. La sociedad venezolana ha sido la verdadera causa de su destino. El clímax de su lucha fue el 28-J-2024. Y sin 28-J-24 no existía 3-E-26.
Es decir, al tutelaje norteamericano le preceden más de 5 lustros de resistencia ciudadana—desde "con mis hijos no te metas", pasando por el 11A, por el Gobierno Interino, hasta llegar María Corina y Edmundo. Historia viva que dan contenido y legítima defensa a la diplomacia de enforcement de la Casa Blanca.
Nos comenta el profesor Mires: “En todos los casos, aunque no siguiendo siempre el mismo orden ha tenido lugar una dialéctica entre tres instancias: ruptura del régimen, apertura política y construcción de un puente entre la oposición y los sectores aperturistas de la dictadura. Ahora bien, esa tríada es la que no observamos frente a los eventuales procesos de democratización que podrían tener lugar en Cuba, Nicaragua y Venezuela”. El argumento se fundamenta en un factor determinante: voluntad de negociación y apertura política como factores esenciales de transición.
El problema con esta tesis es que la apertura y voluntad de diálogo del lado opositor ha habido sobradamente. Pero ha sido respondido con plomo y gas del bueno. Quién sistemáticamente dinamitó la democratización fue el régimen, incluido el 28-J. La operación de extracción [3-E-26] no condujo a un quiebre natural del régimen, ni a construir puentes [que el chavismo ni quiere ni ha querido]. El régimen no se abre oficiosamente. Es un juego suma-cero. Le hacen obedecer. O lo hace o van por los que quedan. Aquí la dinámica no depende de partes en conflicto, ni de polarización.
Es imposición, saneamiento, estabilización y democratización.
En Venezuela cabalgamos hacia una transición política que—es verdad—al igual que en la guerra fría, Europa o Latam, comenzaron esencialmente como resultado de dinámicas internas: crisis de legitimidad, fracturas en las élites, movilización social sostenida. Así ocurrió en la Europa del Este con figuras como Lech Walesa; en Sudáfrica con Nelson Mandela o en América Latina Argentina, Perú, Uruguay o Chile. Pero en el caso venezolano el factor de concreción fue un acto externo de fuerza provocado por la evidencia de un narco-estado que además arrebató una elección a una sociedad que expresó de forma inequívoca su voluntad de cambio. La intervención de EEUU obliga al régimen a decantar su propia dinámica. No es negociación, es una orden.
Cuando Mires afirma que “Delcy Rodríguez, está cumpliendo un triple papel: salvadora del chavismo originario “traicionado” por Maduro, representante de los intereses geoestratégicos de los EEUU e iniciadora de una apertura que, eventualmente, podría llevar hacia una transición política”, nos induce a valorar una tesis falaz: i.-Delcy no salva ningún Chavismo originario porque sólo busca salvarse a sí misma; ii.- Delcy no representa un Chavismo sin Chavez o Maduro, sólo representa un bote salvavidas donde entran pocos; iii.-Si Delcy traicionó a Maduro [Dixit Mires] eso no es apertura, es colaboración a conveniencia; y vi.-Delcy no representa intereses de EEUU ni se “abre” a una transición. La disimula y 'sonríe' [sin quererlo] una apertura.
No se trata Mires de “pragmatismo Kissingereano” o estabilidad a secas. EEUU va por más: emocratizar el país. Y eso es lo que no es poco. Entonces Maria Corina no es un ‘puente roto'. Es un factor fundamental de salto transicional donde la apertura no depende de ella, sino del agente externo, que utiliza a Delcy por fases. Tanto no es verdad que María Corina rompe puentes, que igual no regresa a Venezuela hasta que las circunstancias lo permitan. Y esa circunstancia se llama EEUU, no Delcy.
Aquí reposa la segunda debilidad estructural del planteamiento de Mires: Presentar a Rodríguez como una líder originaria capaz de representar un “tercer chavismo” [post Chávez y Maduro] y encarnar una apertura política que pica. Del volteo no surgen liderazgos sino acomodos. Lo que sí ocurre es una decantación de las fuerzas radicales del régimen que ni la propia Delcy podría hacerlo sin una amenaza creíble. Mal puede hablarse de apertura si no ha habido desmantelamiento del aparato represivo, ni reforma del sistema electoral, ni restitución de la independencia judicial, ni reconocimiento de la oposición como actor legítimo con capacidad de alternancia.
Lo que existe, en el mejor de los casos—insistimos—es una adaptación táctica [inevitable, forzada]. Una estrategia de supervivencia que combina concesiones limitadas con control estructural. Confundir ésto con una “apertura” es caer en una ilusión óptica: ver movimiento donde en realidad hay huída, obediencia y sumisión para conseguir saneamiento, estabilidad y democratización.
Nada de lo ocurrido en Venezuela fue lo que pasó en la España post Franco, en la Polonia post comunista [caída del muro de Berlín] o en la Chile de Pinochet. En estos casos las fuerzas internas generaban la apertura. En el caso venezolano, las fuerzas de oposición generaron la legitimación del régimen. Pero el agente externo es quién abre el cambio y desnuda la dictadura.
El centro no existe. Solo la antítesis procura la conclusión.
Más problemática aún es la caracterización de la oposición venezolana, y en particular de María Corina Machado, como un actor “mesiánico”, “extremo” o “insurreccional”. Si alguien no desea convertirse en una nueva versión de los reyes de la baraja, un caudillo, un mesías o un taita a caballo, es María Corina.
Su oferta política de orden liberal, democrática, moderna y descentralizada supone no sólo el desmontaje de estructuras criminales sino la recomposición de un estado nuevo y postmoderno. Frente al centralismo totalitario e ideológico, no existe centro o medias tintas.
Ese lenguaje [insurreccional] al que apela Mires no es analítico, sino valorativo. Revela una toma de posición que debilita su pretensión de objetividad. La estrategia de Machado, guste o no, se ha articulado en torno a tres ejes clásicos de las luchas democráticas contemporáneas: movilización ciudadana, exigencia de condiciones electorales reales y presión internacional. No hay en ello nada que la historia de las transiciones considere excepcional o inapropiado en sentido negativo.
Pretender que la moderación discursiva es condición previa para la democratización equivale a invertir la secuencia histórica: en la mayoría de los casos la moderación es el resultado de una negociación genuina y seria. Y recordamos, aquí nunca hubo una negociación real. Ellos ahora se moderan como resultado de una acción de fuerza. Por otro lado, siempre ha habido protestas pacíficas y voluntad de diálogo, amén de organización ciudadana. Todo fue reprimido con tanquetas, cárcel y tortura.
Mires confunde centro, moderación y tolerancia con una facilitación política ilusoria por inhabilitada. Entonces es a ellos a quienes no les queda más que moderar como resultado de una acción. A la oposición lo que le toca es organizar nuevas elecciones justas. Y esperar, vigilante y disciplinadamente. No es moderarse. Es reagruparse, inteligente, eficaz y noblemente.
La noción que una oposición “centrista” puede construir un puente hacia la democracia frente al totalitarismo, es un argumento voluntarista. La idea de un centro político articulador resulta atractiva. Pero la práctica no funciona frente a una tiranía.
Nadie que ensaye una posición centrista en Venezuela tiene espacio político porque rápidamente es neutralizado ferozmente o se obliga a una coexistencia alacranada que el pueblo olfatea de lejos y repele de cerca. Ya ocurrió.
Los puentes no se construyen en el vacío.
Quizás la afirmación más discutible del ensayo de Mires es aquella según la cual no existen transiciones en contextos de alta polarización. El tema es que en Venezuela la polarización-sic-no existe. Ha cedido frente a la ruina moral, la represión y la miseria. No existe debate ideológico ni programático. Nos dice Mires: “el puente que llevaría eventualmente a la democracia, necesita de sujetos. Uno sería el gobierno de Rodríguez. El otro, de acuerdo a la mayoría que obtuvo el 28-J, sería la oposición liderada por María Corina Machado. Pero el problema es que la oposición encabezada por la mesiánica líder no está interesada en construir un puente con el gobierno en busca de un tránsito hacia la democracia”.
Lamento esta afirmación del catedrático Chileno. Ni María Corina, ni ningún líder de la oposición ha evitado la cárcel, la clandestinidad o el exilio después de intentar poner la primera piedra de un puente. Lo cierto es que hoy: i.-Rodríguez no representa un gobierno sino un protectorado tutelado por un menú d’hôt [cartilla fija]; ii.-Machado no sólo lidera una mayoría producto de un evento electoral, sino como consecuencia de un movimiento socio-político fenomenal; profundamente ciudadano y espiritual [premio Nobel de la paz] que va más allá de una expresión de poder: es una esperanza civilista abrumadora; iii.-Maria Corina no es un mesías que destruye puentes, es una mujer en la que el pueblo cree y reconoce como pariente, como madre, que abona caminos de reencuentro, liberación y regreso a casa.
El problema no es la polarización—que no la hay—sino la ausencia de mecanismos institucionales que permitan canalizar la liberación. En Venezuela lo que opera es una mayoría ciudadana que desea paz, prosperidad, libertad y vida vs. la negativa del status quo a aceptar reglas. Mires atribuye a Washington—y en particular a una figura como Donald Trump—un diseño sostenido de apoyo a un “neochavismo” que busca petróleo y beneficios, y no necesariamente democracia. La verdad es que para EEUU el “neochavismo” es un factor mucho más desechable de lo que puede anunciar. Una coalición minada de corrupción y criminalidad tan fugaz como lo será al día siguiente de haberse concretado las reformas y la depuración necesaria [electoral, militar, normativa, económica] para dar el salto a la democracia.
La idea de que EEUU preferiría una estabilidad autoritaria a una transición democrática en Venezuela, ignora el discurso público y las acciones concretas de distintos actores dentro del sistema político estadounidense. No se trata de idealizar esa política sino de evitar caricaturizarla. Las declaraciones de Rubio, congresistas republicanos, comandos estratégicos y el pentágono, no obedecen la convivencia pactada con quienes saben sus verdugos. Es control. Y EEUU va por una transición democrática, que al final, es lo más rentable y sostenible… para ellos, para nosotros y para la región.
En el fondo el ensayo de Mires parece responder a una preocupación legítima—la dificultad de imaginar una salida ordenada a la crisis venezolana—pero la resuelve desplazando la responsabilidad hacia el actor equivocado, es decir, hacia Maria Corina et al. Al hacerlo diluye la responsabilidad del poder autoritario, verdadero factor de la perpetuación del conflicto. Esta inversión causal es problemática no sólo desde el punto de vista analítico, sino también normativo: coloca en el mismo plano a quienes detentan el monopolio de la coerción y a quienes buscan competir políticamente en condiciones desiguales.
Los puentes en la historia de las transiciones no se construyen en el vacío. Surgen cuando ambas partes reconocen que no pueden imponerse completamente y que el costo de no negociar es mayor que el de hacerlo.
Los puentes los vuelan los que destruyen papeletas. No Machado.
La historia comparada enseña, en efecto, que las transiciones son procesos complejos, no lineales, llenos de incertidumbre. En Venezuela lo que existe es una sociedad que ha expresado su voluntad de cambio y un poder que busca administrar sin ceder lo esencial.
El desafío—Mires—no es moderar a la oposición hasta hacerla aceptable para el poder, sino generar las condiciones que obliguen al poder a aceptar la competencia democrática y abandonar el poder si así lo decide la gente. Mires apunta: “[…] Si en algo está interesada esa oposición es derrotar cuanto antes al gobierno Rodríguez, ya sea por la vía electoral o por cualquier otro medio que no pase por la vía transicional”. Y agrega: "El proyecto del movimiento de Machado es tumbar el gobierno neochavista, hacer saltar a los puentes por los aires, e iniciar un proceso de transición no dialogado”. [...] ¿No será al revés respetado profesor? ¿Acaso más de una docena de mesas, diálogos y negociaciones [arbitradas y luego reprimidas] no fueron voladas por el régimen? ¿Por qué ahora obedecen y están bajitos? ¿Piensa Ud. seriamente que “Machado quiere tumbar a Rodríguez? ¿Lo necesita? ¿Puede hacerlo? ¿No fue la papeleta del 28-J, la evidencia que “tumbó” al régimen? ¿Un narco estado hace gobierno?
Por supuesto que la transición es dialogada, pero con condiciones reales de cumplimiento. Entonces no es Maria Corina la que no dialoga o es subversiva o insurrecta. Es que el pueblo ya habló. La revolución realmente ciudadana, ya fue hecha.
Mires afirma: “Léanse por ejemplo las proclamas que emiten en las RRSS dirigentes políticos como Juan Pablo Guanipa, Andrés Velásquez u Omar González. Son subversivas, insurreccionales, confrontativas. […] Pues bien, esa oposición extrema que encabeza Machado es a la vez la que necesita el chavismo para mantenerse en el poder, incluso ante los ojos de Trump. Para esa oposición “la verdadera” se autodenomina – parece rezar el lema: antes de transitar hay que derrocar…”. Para responder a esta etiqueta seremos más puntuales: Quien derroca es aquel que defrauda e irrespeta la voluntad popular representada en más de un 70% de sus ciudadanos [sin agregar a la diáspora impedida de votar]. El resto es retórica
Las rupturas transitan irremisiblemente a la democracia cuando el poder defraudado de la voluntad popular se impone. Así sucedió en la Rumanía de Ceausescu [1989]; la Checoslovaca de Václav Havel y la Revolución púrpura de 1989 o en la Revolución Naranja de Ucrania 2004/2005, donde ganó Yúschenko y la CSJ ucraniana hizo respetar la elección. Ahí los puentes los volaron quienes pretendieron timar la voluntad popular; los que asaltaron, quemaron, ocultaron o destruyeron papeletas. Y los sacaron del poder.
Venezuela va camino a una transición inédita. Lo invito respetuosamente profesor, tenga cuidado. No les de pulmón, aunque doy por descontado que lo hace involuntariamente.
Nota Final: Escribiendo este artículo me entero de la injusta y súbita partida del líder político, académico, científico y amigo Venezolano, el profesor Vladimiro Mujica. Donde hayas ido de la mano de Dios querido Vladimiro, se que no darás descanso a tu alma hasta que brille la luz de la libertad en Venezuela, tu patria por la que tanto luchastes y nunca apartaste de tu mente y de tu corazón. Te extrañaremos. Reposa guerrero.
*Abogado. Ex Embajador en Canadá
@ovierablanco. [email protected]