MIAMI.- A nadie le gusta plantearse cuándo y cómo llegará el final de su vida. Independientemente de la religión que se profese, el terror al reino de lo desconocido es un común denominador en diferentes culturas. Por ejemplo, en la antigua Grecia las personas utilizaban eufemismos para hablar sobre Hades (Dios del Inframundo) y su esposa Perséfone (que, con solo nombrarla, atraía la muerte), el Hinduismo se nos advierte de los peligros de quedar atrapados en la rueda del Samsara, en el Egipto faraónico la Diosa de la justicia Maat podía arrojar tu corazón a los chacales negándote la vida después de la muerte y ni hablar de las promesas de sufrimiento o salvación eterna de las religiones abrahámicas. Posiblemente este terror inconsciente haya sido una de las tantas motivaciones que ha hecho que la modernidad se obsesione con prolongar nuestro tiempo en la Tierra.
Actualmente, gracias a los avances de la ciencia, la expectativa de vida es cada vez mayor, aferrándonos de manera irracional a la ilusión de una “juventud prolongada” que rehuye de todo contenido relacionado con la vejez. Operaciones, químicos, suplementos, dietas absurdas, rutinas extremas y filtros en redes sociales nos han vendido la quimera de poder retrasar la muerte. Esta fantasía hace que, progresivamente, transformemos algo inherente a nuestra condición de seres humanos en un tema tabú. ¿De dónde nace esta actitud antinatural? Una manera de explicarlo podría ser a través del predominio de un contenido arquetípico que se ha enraizado en nuestro zeitgeist. Desde la mirada de la Psicología Analítica Profunda, James Hillman propone que todos poseemos un arquetipo de dos cabezas que es fundamental en nuestro desarrollo psíquico: el Puer Aeternus (el eterno adolescente) y el Senex (el viejo). El primero, se asocia a la primera mitad de la vida y nos impulsa a tener vitalidad, innovar, tomar riesgos, creernos inmortales; el segundo, nos invita a entrar en la segunda mitad de la vida, llevándonos a reflexionar, replantearnos nuestras limitaciones y prepararnos para el final de nuestros días. Sin necesidad de ser demasiado inquisidores, salta a la vista cual de los dos es el que domina la palestra.
¿Qué sucede con una sociedad que no es consciente de la inevitabilidad de la muerte?, ¿cuáles son los peligros de transformar en un negocio el momento más vulnerable que atraviesa un ser humano?, ¿por qué es tan nocivo mantener ciertas costumbres?, ¿somos tan egoístas para pensar que el mundo se acaba con nosotros y omitir las últimas consecuencias de nuestros actos? Todas estas interrogantes —entre muchas otras— son las que plantea Death Boom, el nuevo documental de Jessica Chandler, narrado por Eli Roth, producido por The Horror Section y Leonardo DiCaprio. Estrenado como selección oficial de Tribeca, el largometraje expone —de una manera bastante peculiar— el negocio multimillonario de la industria funeraria norteamericana, su inminente colapso y los peligros que representa esto para el futuro de los vivos.
A pesar de que su premisa suena como algo que pudiese ser tedioso o dedicado para un nicho muy específico, sin proponérselo, Death Boom es uno de los largometrajes de terror más efectivos que he visto en muchísimo tiempo. Con estilo desenfadado, narración diacrónica y mucho humor negro, la voz en off de Eli Roth va hilando un discurso que avanza al ritmo de un montaje psicológico al estilo Koyaanisqats, alternando con material de archivo de momentos gore e icónicos de películas de horror, noticieros, trends de redes sociales, animaciones y entrevistas a múltiples trabajadores de la industria funeraria (todos con una personalidad bastante peculiar e historias que dejarán a más de uno boquiabierto). A todo esto se suma la presencia en cámara —y los comentarios fuera de ella— de su directora y el narrador, dotando al documental de la subjetividad y libertad que da la perspectiva de la primera persona (con un estilo que coquetea con el difunto Morgan Spurlock y con una dura crítica social que recuerda al otrora controversial Michael Moore). El resultado es un largometraje que denuncia, divierte, informa y nos lleva a reflexionar sin aburrirnos gracias a un guión que va de lo incisivo a lo macabro (el único registro dramático posible para digerir un tema tan álgido).
Sin ningún tipo de medias tintas, Death Boom pone sobre la mesa la crisis que la industria funeraria atravesará en los próximos 15 años cuando muera la generación de los baby boomers (estimada en un billón de personas). Una debacle que traerá consecuencias nocivas para el medio ambiente y los seres humanos causadas por los procesos que atraviesa el cadáver promedio desde que llega a la morgue hasta que termina en el cementerio (o en el crematorio). Más allá de no poder darse abasto, los servicios mortuorios hacen un daño terrible al medio ambiente a través de los químicos y materiales artificiales que se utilizan en el embalsamamiento o la cremación. Desechos que, aunque no lo parezca, contaminan el mar y la tierra, pasando directamente a la comida que consumimos y el aire que respiramos (hasta el punto de transformar vecindarios de Estados Unidos en lugares inhabitables).
Dejando a un lado su tono Apocalíptico—la primera mitad del documental, sin ánimos de exagerar, pone los pelos de punta—, Death Boom también nos da una luz al final del túnel, mostrándonos las diferentes alternativas que tiene una persona una vez que muere. Sin hacer proselitismo o caer en un optimismo naive, el documental propone diferentes vías para, genuinamente, hacer de los difuntos agentes positivos para la salud del planeta (como los entierros naturales que colaboran con la flora y fauna, transformar los cadáveres en “tierra” fértil, la hidrólisis alcalina que da como resultado cenizas ricas en calcio y fósforo que pueden regarse donde sea sin contaminar, donar el cuerpo a la ciencia). Alternativas que, más allá de ser más económicas y menos nocivas para el medio ambiente, serán necesarias para el futuro que se avecina.
¿Por qué si hay tantos métodos para no contaminar pareciera que al morir solo podemos elegir entre el entierro convencional en un cementerio o la cremación? La razón salta a la vista: un negocio multimillonario que hay detrás de la muerte y que opaca cualquier propuesta que busque cambiar las cosas. Químicos para preservar el cuerpo, exposiciones al estilo comic-con, ataúdes con luces led, parcelas de lujo valoradas en cientos de miles de dólares, monopolios de empresas con tentáculos en el poder eclesiástico y político. En fin, una economía voraz del Inframundo que, a este ritmo, nos llevará a todos a él y que Death Boom expone de manera directa al darle el micrófono a sus protagonistas.
Death Boom es un documental que logra algo sumamente importante y que pocas veces hacemos en vida: reflexionar sobre nuestra muerte y a tomar acciones antes de que sea demasiado tarde. Más allá de exponer el negocio turbio de la industria funeraria y generar conciencia alrededor del medio ambiente, con momentos de shock y risas nerviosas, el largometraje nos hace cuestionarnos como sociedad la viabilidad de ciertas costumbres, el peso del fanatismo religioso en ciertas decisiones que se toman y la imperiosa necesidad de ser responsables, como seres humanos, del futuro del planeta que habitamos. Dilemas que nos llevan a resignificar la muerte como “final” de nuestra vida y comenzar a verla como nuestra última contribución a este plano. Como bien lo señaló Albert Pike, “Lo que hacemos por nosotros mismos muere con nosotros; lo que hacemos por los demás y por el mundo permanece y es inmortal”.
Lo mejor: su humor ácido para hablar de un tema tan delicado y complejo. La utilización del montaje, material de archivo y el ritmo que tiene. La valiosa información que provee y que invita al espectador a reflexionar y tomar acciones sobre su propia muerte.
Lo malo: el tercer acto pierde algo de la tensión y factor de shock con el que el documental comenzó. Incluir un tema tan controversial como el de la iglesia y el poder político hacia el final y no explorarlo tanto como otros tópicos dentro del discurso.