El Clásico Mundial de Béisbol vuelve a chocar contra su propio techo y todavía no ha empezado. No es la falta de talento, ni el desinterés del público. Es su estructura. Que figuras como José Altuve, Carlos Correa y Francisco Lindor queden fuera por no contar con un seguro adecuado no es una anécdota, es la confirmación de un modelo mal diseñado.
El torneo que pretende coronarse como el “mundial” del béisbol sigue dependiendo de la buena voluntad de las Grandes Ligas y de sus dueños.
Mientras eso no cambie, el Clásico Mundial será siempre un evento condicionado, incompleto y, en ocasiones, injusto. No puede llamarse competencia global un certamen en el que los mejores jugadores deben elegir entre representar a su país o proteger contratos multimillonarios.
En el fútbol no existe este dilema. Cuando hay Mundial, no hay negociación individual. Los clubes liberan a los jugadores porque el torneo es intocable, porque existe un sistema donde el riesgo es compartido, asegurado y asumido como parte del espectáculo global. En el béisbol ocurre lo contrario, las selecciones son invitadas, los jugadores piden permiso y los equipos dan “sugerencias”.
Varias tareas pendientes para el evento
Pero el problema no termina ahí. El Clásico también debería mirar a otras disciplinas en su forma de organizarse. La repetición constante de sedes y, sobre todo, de grupos, le resta frescura y competitividad al evento. Ver a los mismos países enfrentarse una y otra vez en la fase inicial transmite más sensación de torneo regional ampliado que de Copa del Mundo.
Un sorteo real, transparente, que mezcle potencias, selecciones emergentes y anfitriones, elevaría el interés y la legitimidad del torneo. La diversidad de sedes, más allá de los mismos mercados habituales, ayudaría a expandir el juego y a reforzar su carácter verdaderamente global.
Si MLB quiere que el Clásico crezca, debe soltar control y asumir responsabilidad. Seguros centralizados, calendario protegido, sedes rotativas y grupos definidos por sorteo. El béisbol no puede aspirar a un Mundial mientras lo organiza como una exhibición con banderas. Hasta entonces, seguirá celebrándose con ausencias que pesan más que los aplausos.