Jorge Luis Planas
Especial

MIAMI.- Muchos se preguntan ¿cuál es la trascendencia de estas elecciones presidenciales? La respuesta es simple, pero a la vez compleja y llenas de implicaciones. La importancia es impedir que el sistema democrático americano se convierta en una pseudodemocracia unipartidista donde, como premisa mayor, los valores occidentales judeocristianos sean proscritos del ideario nacional y, más grave aún, se abra un abanico para la persecución de aquellos individuos que disientan del correccionismo político, el globalismo, el progresismo y el relativismo, en fin, cualquier neotendencia que pretenda ocultar y suavizar al infame y destructor comunismo.

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Nunca la paradoja de la tolerancia de Karl Popper ha tenido mayor significado que ahora: “Sí una sociedad es ilimitadamente tolerante, su capacidad de ser tolerante finalmente será reducida o destruida por los intolerantes”.

El dilema de los demócratas, así como de sus circunstanciales seguidores, parte de la base de una aversión sustentada en emociones y preferencias viscerales que van alineadas, no en base a la razón, sino hacia una persona que, en este momento de la historia, a menudo contra todo pronóstico y contra movimientos poderosos, se ha propuesto como imperativo moral liderar la defensa no solo del sistema democrático americano, sino también su expansión y consolidación a nivel regional y mundial.

Pero aún más irracional es la irresponsabilidad de esta tendencia que, en muchos casos, a pesar haber sido afectada o seguir sufriendo los embates existenciales como consecuencia de gobiernos totalitarios, prefiere repetir la historia y llevar a un país entero al abismo.

Aquí es bien importante puntualizar lo siguiente: dos de los más importantes voceros demócratas, Pelosi y Schumer, han declarado la posibilidad de aumentar los “justices” de la Corte Suprema. De este modo, en un escenario donde ambos poderes, ejecutivo y legislativo, sean controlados por los demócratas se pretende mantener la posibilidad de darle continuidad a la reforma radical del Estado iniciada por Obama. Bajo ese modelo, el máximo tribunal no será un impedimento para el desmontaje del Estado democrático.

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Al partido demócrata le ha faltado transparencia en exponer las intenciones de su plataforma electoral, sobre su agenda política y el destino democrático del país sube de tono esta preocupación al ver que el rumbo de esta organización se encuentra influenciada por un ala de pensamiento y actuar radicales.

Todo este esfuerzo no es en vano. Hay una realidad latente que objeta a estos grupos ávidos de emoción y carentes de razón. Así las cosas, su base de cálculo político está sustentada en el escenario electoral del 2016 donde dan por cierto que las victorias en los estados donde se vio favorecida Hillary Clinton van a repetirse en el 2020 con el candidato Joe Biden.

Según ese dato repetido una y mil veces por los detractores del presidente Trump, el candidato demócrata a la presidencia tendría la victoria electoral más que asegurada. Sin embargo, y muy a pesar de los antagonistas, se manejan datos públicos que es necesario interpretar: i) El “Christian Voter Registration” reporta la inclusión de 3 millones de nuevos votantes, mayormente en los “Key batleground states”, y el proceso de registro adicional de más de 2 millones de votantes para este proceso electoral 2020. Esto significa un incremento del 100% en comparación con los registros del año 2016; ii) En Pennsylvania los republicanos han registrado desde el 2016 más de 200.000 mil nuevos votantes; iii) Los republicanos en North Carolina han reducido la superioridad de votantes demócratas registrados en 243.000 con respecto a 2016; iv) En el estado de la Florida los republicanos han registrado 154.000 votantes más que los demócratas, y v) En Iowa los republicanos cambiaron los votantes registrados donde sostenían un déficit de 15.000, a una ventaja de 13.000 por encima de los demócratas.

Estos y otros datos categóricos son plena prueba de que el gran esfuerzo no es en vano, y principalmente que “The silent mayority” es una realidad latente, organizada y en pleno crecimiento.

Categóricamente, es imperativo realizar un ejercicio de conciencia y apropiarse del tiempo para pensar con madurez y objetividad. Seguramente se podrá recalcar que las emociones y no la razón han conducido a demonizar a una persona por su forma de hablar o personalidad, sin embargo, es incuestionable que el presidente Trump es el hombre perfecto para este momento histórico de la nación. Quizás no sea el hombre para otros momentos, inclusive quizás no el hombre para el futuro, pero el momento es ahora, es un tiempo crítico y perentorio.

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