Tras la llegada al poder de Fidel Castro, los padres de Rosa Sueiro entendieron que ella y su hermana debían abandonar Cuba aunque tuvieran que hacerlo solas, como parte de la gran operación que sacó del país a miles de niños y adolescentes no acompañados. Rosa había sido educada en un colegio religioso, tenía entonces 16 años, y lo que ella considera “un concepto claro de la vida y de lo que creía que era correcto”. No imaginaba, sin embargo, que no volvería a ver a su padre ni que, para cuando se reencontrara con su madre, iba a estar casada y con su primer bebé en brazos.

La Revolución, dice, la sacó de su esfera completamente: “Empezaron a pasar algunas cosas que para mí estaban mal, mis amigas y compañeras de clase desaparecían porque nadie podía decir que se iba del país. Todo me molestaba, me sentía defraudada, lo que pasaba a mi alrededor me desanimaba cada vez más. Después vino Playa Girón que fue el momento en que todo cambió y ya se perdieron las esperanzas de que Estados Unidos impidiera una revolución comunista a 90 millas de sus costas. Fue un jarro de agua fría y lo que se había contemplado en casa como una posibilidad se convirtió en algo efectivo: mi mamá determinó sacarnos de Cuba a mí y a mi hermana. La decisión fue muy difícil porque mi papá no pensaba así, creía que no teníamos por qué irnos, sino quedarnos sin relacionarnos con la política. Él no tuvo la visión de lo que venía, pero mi mamá sí”, recuerda Rosa a casi sesenta años de aquella salida sin retorno que tanto le ha costado asimilar.

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La salida

Una vez tomada la decisión, la salida podía tardar. “En mi caso el trámite demoró un año, salimos en marzo de 1962. No podíamos decir lo que estábamos preparando, había una ansiedad porque sabíamos que era algo muy grande y todo en la casa estaba orientado hacia nuestra salida. La salida llegó a ser parte esencial de la vida nuestra durante ese último año en Cuba. Una mañana nos levantamos con una nueva ley arbitraria de que las personas que salían sólo podían llevarse la ropa puesta, tres mudas y un pijama. Mami estaba desesperada pensando cómo nos íbamos a ir con solo tres mudas, aun cuando creíamos que sería algo temporal, no una salida permanente. De haber pensado que iba a ser permanente no sé si habría podido soportar la idea de dejar a mis padres y mi país.

Cuando llegó el día de marcharse, la familia iba en el carro hacia el aeropuerto, todos callados según rememora Rosa: “no había mucho que decir. Me sentía responsable, mi hermana no tenía una clara idea de lo que estaba pasando en Cuba. Pero yo sí, mi mamá me hizo ver mi responsabilidad. Nunca nos habíamos separado de nuestros padres y yo tenía edad suficiente para entender y sufrir, tenía conciencia de lo que estaba pasando. Nos despedimos y me fue muy difícil separarme de mi papá, que era mi locura”. Luego empezaron los registros de la maleta: “Yo tenía puesta la medalla de hija de María que me habían dado en el colegio y eso era algo muy grande para mí. Pero me la quitaron, al ser de plata me dijeron que era divisa para el país. No pude dejar de llorar. Desde la ventana veíamos a nuestra familia. Todo era muy ambivalente. Dejar Cuba y a mis padres era algo muy serio para mí. Por un lado, yo vivía enamorada de Cuba, antes y después de Fidel seguía siendo el epicentro de mi vida, pero a la vez sabía que me estaba yendo de un sistema inservible; la idea de salir y buscar libertad me daba ilusión. Ya en el avión fue más relajada la situación, la aeromoza nos dio la bienvenida a la libertad”.

“Lo que fue primordial para nuestra salida es que las monjas de nuestro colegio Nuestra Señora de Lourdes, en La Víbora, habían venido para el campamento de Florida City y con ellas estábamos muy familiarizadas. Allí nos trataron muy bien, no conocíamos a todo el mundo, éramos muchísimos, pero estuvimos solo dos meses hasta que nos trasladaron a San Antonio, Texas”. Rosa nunca se tomó a la ligera el sacrificio de sus padres: “Yo siempre entendí ese sacrificio, mientras estuvimos en el campamento y luego en San Antonio el plan era mostrarles que estábamos bien, como si estuviéramos estudiando en un pensionado de Suiza y, en cambio era un lugar viejo, no teníamos ventilador, pero no lo contábamos, todo lo que mandábamos a decir a Cuba era positivo porque no podíamos aumentarles el dolor y el sufrimiento que ya ellos tenían por dejarnos venir”.

El sueño del regreso

“En el campamento, las muchachitas nos reuníamos para soñar qué íbamos a hacer en año nuevo cuando regresáramos a Cuba, si nos íbamos a encontrar en Tropicana o dónde. Nos costó muchos años aceptar que no íbamos a regresar. La idea de regresar a Cuba en algún momento era el gran bálsamo de nuestras vidas en el exilio. Hasta que me casé, mi ilusión de volver se mantenía. No nos resignamos.

“Mi papá murió en Cuba de cáncer cuando no había posibilidades de volver de ninguna forma. Nos pusimos en contacto con la sección de intereses de Cuba en EEUU, pero no hubo forma de traerlo. Mi mamá vino en uno de los vuelos de la libertad en diciembre de 1966. Ya yo estaba casada y tenía un bebé de dos meses”, relata y revela además que por mucho tiempo le cogió “terror” a querer a las personas porque había tenido que dejar todo lo que ella quería. “En el campamento de Florida City conocí a varias muchachas con las que hice buena amistad, pero tuve que dejarlas para irme a San Antonio, y después de que armamos esa hermandad allá, se iban las muchachas casi siempre porque llegaban sus padres. Todos esos cariños se iban deshaciendo. Había una falta de permanencia en las relaciones que a mí me llevó años aceptar cariños ajenos, por miedo a que me dejaran sola. Esa sensación de desarraigo perduró en mí por varios años”. Luego, al salir del Programa Pedro Pan con 19 años y una boda inminente, le tocó separarse temporalmente de su hermana hasta que ésta alcanzara la misma edad. Era un requisito del Programa.

“Yo conocí a Hugo en San Antonio, donde él estaba dando clases de inglés tras haber salido de prisión por haber invadido Girón con la brigada 2506. Fuimos novios muy poco tiempo, nos conocimos a finales de agosto y ya en noviembre se tenía que ir, pero en ese tiempo ya hablamos de casarnos y tomé esa decisión firme, Hugo me trastornó mi sistema de orden y disciplina, cuando te enamoras con 18 años todo te luce diferente. Entonces vine para Miami y nos casamos.

“Cuando mi hermana cumplió los 19 vino a vivir conmigo y mi esposo a una base militar en Carolina del Norte porque mi esposo Hugo era capitán”. Al poco tiempo llegó su madre y se avivaron de nuevo los afectos. “Fuimos a buscarla a la Casa de la Libertad. Volvimos a una mecánica similar a la de antes de salir de Cuba”.

Mirando atrás en el tiempo, desde su casa en Miami, Rosa resume que su vida ha sido “una aventura, muy volátil. No teníamos un centavo, él venía de la cárcel, yo venía de Pedro Pan, y no tenía quien me limitara en mis decisiones”. Le vienen a la cabeza algunos episodios convulsos: “A Hugo después de estar en el ejército lo enviaron a Vietnam, allí lo hirieron, fueron tiempos muy alterados en comparación con cómo la gente vive normalmente. Su herida fue muy seria y estuvo ingresado en Washington por varios meses, tuvo consecuencias, pero yo daba gracias de que hubiera regresado vivo del momento más sangriento de la guerra”.

Sin embargo, la pareja superó esa etapa y hoy Rosa se enorgullece de tener tres hijos varones que pudieron estudiar, “se graduaron del colegio de Belén aunque no teníamos los medios para eso, uno es abogado, los otros son contadores públicos. La cuenta final de la vida nuestra ha sido positiva en todos los aspectos a pesar de la locura de aquellas edades. No solo porque nos queríamos sino porque llevábamos firme el concepto de que el matrimonio es una cosa sagrada y hasta el final. Nunca ha pasado por nuestras mentes separarnos”.

“La pregunta de qué decisión tomarías si estuvieras en los zapatos de tus padres, siempre sale, algunas dicen que no, que, si no salían ellas con sus hijos, no los mandaban, pero yo creo que yo sí, que habría hecho cualquier cosa para sacarlos de aquel infierno en que se transformaba Cuba. Hicieron lo que era mejor para nosotras. Cuando mi primer hijo nació, dije: cómo pudieron ellos dejarnos ir, si con mi niño en los brazos sentía que haría cualquier cosa por no dejarlo ir, pero eso era, ellos por una entrega grande de amor y de cariño pudieron deshacerse de algo tan inmenso como un hijo para buscarle el bienestar. Ser un Pedro Pan me define como persona. A mí me definen ciertas cosas: ser cubana, ser esposa, ser madre y ser Pedro Pan. Pedro Pan marcó un hito en mi vida de una forma que no podía predecir en aquel momento pero que hoy veo que llena una serie de espacios en mí por cómo me enseñó a vivir. Creo que por haber experimentado lo que experimenté, soy mejor persona que la que hubiera sido de haberme quedado en Cuba viviendo la vida que llevábamos; hoy tengo más conciencia del sacrificio ajeno, de las privaciones de las personas que no tienen lo que necesitan. Creo que soy mejor persona después de haber pasado por esta experiencia dolorosa y a la vez redentora”.

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