jueves 23  de  julio 2026
SERVICIO CON PASIÓN Y TERNURA

El doctor Echevarría, in memorian

La verdad dicha y contrastada, y la opinión, unas veces lapidaria y otras tantas oteadoras de caminos luminosos en medio de la incertidumbre, marcan un equilibrio ajeno a los intereses parciales o signados por lo doblez de quienes prefieren someter la palabra escrita a sincretismos de laboratorio

Diario las Américas | ASDRÚBAL AGUIAR
Por ASDRÚBAL AGUIAR

La Venezuela con memoria, no la de hoy o de coyuntura, sabe de quién se trata, pues en vida fue ícono de la decencia; esa que ahora se prosterna y busca mostrar como mácula social por sus dirigentes de medianía. Es, sobre todo, el modelo del consejero sabio quien en horas aciagas empuja hasta los espíritus más melancólicos y abúlicos a ser militantes de la esperanza.

Sorpresivamente llega la notifica del fallecimiento de Juan Martín Echeverría. Otro golpe, otro rasgar de corazones en su esposa y en el hijo que resta; pues el mayor, con el mismo nombre e igual vocación que su padre, en la plenitud se lo lleva la parca. Y ante tanta lapidación de los espíritus, sólo queda decir que los designios de Dios son inescrutables.

Con Juan Martín compartí durante años una mesa de diálogo privilegiada – el Consejo editorial que hizo tradición y es eje moderador en el viejo diario El Universal, el del poeta, Andrés Mata y el de su nieto, Andrés Mata Osorio, cultor de los clásicos griegos y romanos sin ser poeta como el fundador.

Junto a los demás miembros de esa ágora de editorialistas, el doctor Echeverría dibuja al país con la pasión de todo escultor o artesano; lo ausculta a profundidad cruzando sus ideas con nuestras ópticas y se empeña, mediante el diálogo, encontrar en unión de quienes somos sus contertulios el justo balance entre la realidad no destilada de la información diaria que trastorna y a veces atropella a los lectores, y el mensaje o las enseñanzas que cabe extraer de lo que a todos nos llega de primera mano. Y las tamizamos – aquí sí - a la luz de los valores permanentes que han de presidir toda sociedad moderna, democrática, digna y con identidad.

La verdad dicha y contrastada, y la opinión, unas veces lapidaria y otras tantas oteadoras de caminos luminosos en medio de la incertidumbre, marcan un equilibrio ajeno a los intereses parciales o signados por lo doblez de quienes prefieren someter la palabra escrita a sincretismos de laboratorio.

Graduado de abogado en la Universidad Católica Andrés Bello, el doctor Echeverría – así le llamamos con respeto - es también un policía de academia. Es pionero de la democratización y excelencia de los cuerpos policiales que se suceden a la caída de la dictadura y la superación de la violencia guerrillera. Funda la DISIP y también dirige la policía científica, hasta cuando sirve como ministro de justicia entre 1976 y 1979.

Y lo paradójico es que se trata, además, de un hombre con arraigada devoción por el arte y las letras, definitorias de su personalidad hasta el final de sus días.

Se nos fue, en suma, otro pedazo de la Venezuela civil y civilizada. Pero se va sin mezquindades, para transitar el camino del Dante y tropezarse con el vástago que se le adelanta en el camino hacia el pie de la montaña y al encuentro con Virgilio, quien los conducirá hasta el Empíreo bien ganado.

El dolor que lleva a cuestas y oculto el doctor Echeverría en su terreno postrer no le inhibe en su lucidez, antes bien la refina. Tanto que en su penúltima columna deja su reflexión profunda y generosa al país que sirve con pasión y mesura, con desprendimiento y exigencia, sobre todo con probidad:   

“Somos una sociedad que anhela cohesionarse, rechaza el permanecer dividida, no quiere enlaces y estructuras que parecen catacumbas, prefiere por encima de todas las cosas salir adelante. Es injustificable una sociedad que pierda su identidad, e incluso no sea capaz de conocerse a sí misma, De allí que estamos en la oportunidad de hacer un proceso a las elites, sean oficiales o de oposición, porque una sociedad se hunde, y no puede respirar, cuando no puede realizar sus sueños y no se reconocen los derechos más elementales de las minorías. Falta diálogo con los actores sociales y determinar de quién es aliado el tiempo, de las autoridades o de la disidencia enriquecedora, que desea cambios profundos que beneficien a la sociedad en su conjunto. Lo cierto es que estamos en medio del desierto, mientras el Gobierno se considera ganador y en la práctica el juego está trancado: un jurado imparcial diría que un empate no es bueno para nadie y solo queda, por encima de los odios y las diferencias, sentarse a negociar con la ayuda de un tercero bien calificado. Las generaciones futuras merecen paz, planificación y una excelente calidad de vida”.

Paz a su alma.

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