“No los queremos, no los necesitamos”, dijo Fidel Castro. Luego llegaron las turbas, los mítines de repudio, los huevos en las casas y el odio de un pueblo que se devora a sí mismo. A quienes pensaban una Cuba democrática, les dijeron “escoria”, “gusanos”, “malnacidos”, los trataron como apestados y los despojaron de su isla.
Entre el 15 de abril y el 31 de octubre de 1980, los cubanos que querían irse del país, tenían a un “pueblo enardecido” y plagado de consignas de un lado, y el mar abierto del otro. Para los que se iban, era el único modo de ser libres. En el puerto del Mariel, en la provincia La Habana, se gestaba uno de los éxodos más grandes de una isla que ha perdido, progresivamente, a sus hijos.
Este éxodo se describe muy bien en el documental “En sus propias palabras”, de Jorge Ulla y Lawrence Ott, Jr. En 29 minutos, el material recoge los testimonios de gente rota y cansada de mentiras, de un pueblo que, como dijo el escritor Reinaldo Arenas en el propio documental, de tanto usar una máscara, ha olvidado su propio rostro.
Allí estaba Maylén González Montoto, que a sus 13 años emprendió junto a su familia la travesía hacia la libertad. Las semanas de incertidumbre, de vejaciones y la separación de su familia hacia lo incierto, marcaron a Maylén.
¿Cómo era su vida en Cuba, su niñez?
Mi vida en Cuba no fue fácil. Vivíamos en Sagua la Grande, en las Villas. Mi padre y mi tío (su hermano mayor) fueron presos políticos; ellos eran miembros del movimiento estudiantil, lucharon contra la revolución, los cogieron y cayeron presos. Tanto mi mamá como mi papá se educaron en colegios católicos. Eso trajo consecuencias muy graves para mi familia. Éramos ‘gusanos’ y perseguidos por eso. Hubo situaciones en mi vida que recuerdo porque no me queda otra opción, pero no quisiera recordarlas.
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Maylén, su hermano y sus abuelos.
Cortesía/Maylén González Montoto
Cuando terminé la secundaria, a los 13 años, tenía que pasar al preuniversitario y no me dejaron porque no tenía expediente político, pues mis padres nunca quisieron dar mi patria potestad al gobierno. Por eso nunca fui a la escuela al campo, nunca me puse pañoleta. O sea, fue un desafío al sistema constantemente.
Pero a la misma vez en Cuba tuve una niñez muy bonita, gracias a Dios, a mis abuelos también. Mi abuelo tenía un pequeño negocio de bodega, y como le quitaron la bodega siguió siendo bodeguero y mi niñez fue entre el trabajo de mi abuelo, y mi mamá, que arreglaba uñas y medio pueblo venía a la casa.
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El abuelo de Maylén en la bodega donde trabajaba, en Cuba.
Cortesía/Maylén González Montoto
En estos momentos todos mis amigos del grupo están aquí y somos más de 50, nos hemos mantenido unidos. En eso me siento muy afortunada, porque somos como hermanos.
¿Cómo fue la salida, qué recuerda de esos días?
Salir de Cuba fue muy difícil, porque como éramos tan señalados automáticamente vino el mítin de repudio. Cuando un niño ve que le tiran piedras y huevos a la casa, es algo que no se puede borrar de la mente.
Como salimos de Sagua la Grande, mi familia nos sacó de la casa de madrugada para casa de mis tíos, porque se suponía que al otro día por la mañana venía una turba más grande a hacernos un mítin de repudio. De ahí a las 6 de la mañana nos llevaron en un auto para Santa Clara, desde donde estaban saliendo los autobuses que iban para el [puerto del] Mariel.
Nos llevaron a un lugar que se llamaba Hijas de Galicia, que había sido un club náutico. Ahí había miles de personas, en una playa a la intemperie con sombrillitas de guano. Había un primo hermano de mi abuelo que también se estaba yendo con su familia. Ellos eran 7, y nosotros 6. Era toda esa gente debajo de una sombrilla de playa. En esas condiciones nos tuvieron una semana. Había que bañarse en unas duchas todos juntos.
De ahí nos montaron en la guagua y nos llevaron para El Mosquito, un campamento donde concentraban a todo el mundo antes de salir para el Mariel. Ahí estuvimos otra semana más, y esa fue la peor, porque era en unas tiendas de campaña, había que bañarse a la intemperie, pusieron unas planchas de zinc que tenían unos huecos y los hombres nos miraban. Mi mamá y mi abuela me bañaban todos los días cubriéndome con una toalla.
Alguien le dijo a mi padre que estaban sacando personas de a dos y tres porque estaban rellenando los barcos. Así fue, sacaron a los presos, a las personas de Mazorra [Hospital Psiquiátrico de La Habana], y con las familias rellenaban los botes. Algo que no se me va a olvidar es que mis padres me dijeron: ‘tus abuelitos están muy viejos, tú eres fuerte, nosotros tenemos que ir con tu hermanito, nos tenemos que separar’. Lo tuvimos que hacer para que nos escogieran en grupos de tres para rellenar.
Nos montaron en un barco repleto de presos, y la familia que estaba allí nos acogió y nos llevaron a la parte de abajo del barco. Nos trataron impecablemente. El bote se llamaba Boca Chita. Ellos habían ido a buscar a sus familiares y no se los dieron. Los barcos que iban de aquí viraban con lo que le diera la gana al gobierno de Cuba.
Cuando estábamos saliendo del Mariel nos cruzamos con otro bote que estaba entrando. Mi hermano me vio y mi mamá me gritaba ‘no te preocupes, se rompió el barco, pero nos vamos a ir’. Entonces vino una tormenta fuerte que nos cogió en el medio del Golfo, se le rompió uno de los motores al barco y empezó a entrar agua.
Un guardacostas nos rescató. Eran las 6 de la mañana. Estuvimos varios días encima del guardacostas. Ahí mi abuela tuvo un ataque al corazón, la llevaron en helicóptero del barco guardacostas a Cayo Hueso. Así que estábamos solos mi abuelo y yo; mi abuela en Cayo Hueso; y mis padres y mi hermano regresando a Cuba, que era lo único que sabía.
Cuando llegamos a Los Cayos, llamamos a mi familia para que fuera. Gracias a Dios mi abuela salió del hospital pronto. Pensando que mis padres estaban a punto de llegar, nos quedamos tres días en un hotel esperando por ellos. Pensé que mis padres y mi hermano habían muerto. Vine a Miami a casa de mis tíos, con mis abuelos. Mis padres llegaron como 7 días después.
¿Cómo fue la adaptación a Miami en esos primeros años?
Hubo un proceso de adaptación donde todos pudimos aprender inglés. Mis padres tuvieron que hacer de todo. Recuerdo ver a mi padre llegar a la casa con las manos sangrando después de trabajar en una fábrica de sogas. Mami y mi abuelo comenzaron a trabajar en una factoría. Fue un proceso difícil, pero gracias a eso mi hermano y yo tuvimos la oportunidad de estudiar, de tener una carrera, de hacer una familia bonita.
El Mariel fue el antes y el después de mi vida. Y creo que lo fue también para mis padres, a pesar de que, por ejemplo, mi padre dejó a su mamá, que murió al poco tiempo de estar él aquí; pero ellos nunca se arrepintieron del riesgo y de la decisión que tomaron.
¿Qué opina de ese estigma negativo en torno a los Marielitos?
Fue un bochorno cómo la comunidad se empezó a sentir después de que llegaron los ‘marielitos’. Yo tenía 13 años, pero dolió tanto que mancharan el nombre de todo el que vino, generalizando, que creo que nos impulsó a ser mejores, y de verdad aprovechar las oportunidades. Muchos de mis amigos que estuvieron en la escuela, se han hecho abogados, doctores.
Al mirar hacia atrás, ahora que se cumplen 40 años, ¿volvería a irse de Cuba como lo hizo?
Sí, definitivamente. Si yo en estos momentos, como madre y como abuela, tuviera que tomar esa decisión, lo haría encantada. Todo ser humano tiene que tener libertad. No hay gobierno ni hay persona que te pueda impedir ser feliz a la capacidad de lo que tú quieras ser. Cuando alguien te priva de esa libertad, nunca puedes llegar a ser persona, ni ser feliz.
Mi hermano y yo siempre les dijimos a nuestros padres lo agradecidos que estamos por lo que hicieron por nosotros.
Maylén trabaja para la Fundación del Jackson Health System como directora de desarrollo comunitario, enfocada en la recaudación de fondos para varios proyectos de salud, con énfasis en la lucha contra el cáncer, una causa que le toca de cerca, pues su madre enfrentó la enfermedad durante 26 años.
Ha sido reconocida como Mujer hispana de distinción en 2015, recibió en 2016 el Premio al liderazgo de la Cámara Hispana del Sur de Florida, entre otros galardones por su trabajo.
Junto a su esposo dirige Wine41, un negocio de vinos que ofrece diversos arreglos para regalos donde esta bebida no falta.
@GrethelDelgado_
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