La Habana.- Cuatro décadas después, se arrepiente de la decisión tomada. Humberto M., 62 años, sentado en un sillón de ruedas en el portal de una casona con puntal alto y ventanales de hierro en la sucia Calzada de Diez de Octubre, al sur de La Habana, rememora en voz baja aquellos años duros de la primavera de 1980.

“Dos años antes, en junio de 1978, me sancionan a cuatro años por peligrosidad social [figura del Código Penal cubano que sanciona por considerar a la persona proclive a delinquir, aunque no haya cometido delito]. Practicaba lucha libre y me gustaba bailar casino en fiestas. Estaba esperando un trabajo como ayudante en una carnicería. Un día me citó el jefe de sector de la Policía [similar al sheriff de una demarcación y me abrió un expediente].

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Alegaba que por tener a un hermano preso, estar desempleado y juntarme con personas que ellos consideraban antisociales, y como en Cuba en el mes de agosto se celebraría el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, me enviarían por un tiempo a un campamento de trabajo en la provincia de Matanzas en condición de recluso”, cuenta Humberto.

“Tenía solo 18 años. Del calabozo de la unidad policial fui directo a juicio. Mis padres armaron tremendo escándalo y entonces la sanción fue mayor: cuatro años en la tenebrosa prisión de La Cabaña. En algunas noches tú escuchabas en la celda las descargas de fuego del paredón de fusilamiento. Cuando inauguran el Combinado del Este, me trasladan para esa cárcel. A fines de abril y principios de mayo de 1980, durante los sucesos de la Embajada del Perú y posteriormente el éxodo por el Mariel, me entero de que mi hermano, que estaba sancionado a veinte años, se había ido por el Mariel. Una noche llegaron varias guaguas Leyland al Combinado buscando a los presos que querían marcharse. Un oficial me dijo: ‘negro, aprovecha que tu hermano se fue y vete también, no queremos a mierdas como tú en este país’".

Humberto le dijo que no se quería marchar, porque su esposa acababa de tener una niña. "Me amenazaron con añadirme un año más de sanción, pero me mantuve firme. El Combinado se quedó casi vacío. Los reclusos más peligrosos optaron por marcharse a Estados Unidos. Si tú le dices a un tipo que está preso que elija entre irse pa’la yuma o quedarse trancado, la mayoría decide irse. Yo opté por quedarme y ahora lo lamento. Después de aquella sanción he estado preso otras dos veces más, una por juego prohibido y otra por actividad económica ilícita. Me dio una isquemia [un accidente cerebral] y tengo que estar en un sillón de ruedas. Desaproveché la oportunidad de darle un vuelco a mi vida. Me quedé en Cuba por mi hija recién nacida”, confiesa Humberto.

Carlos I, 65 años, vivía en una cuartería superpoblada de la barriada de San Isidro, en La Habana Vieja. Recién se había graduado de médico y prestaba el servicio social en un policlínico del municipio Cerro. Estaba en una esquina hablando de béisbol con unos amigos, cuando se enteró de que el gobierno había abierto la Embajada del Perú a todo aquel que quisiera marcharse.

“Varios socios del barrio fuimos para la embajada y logramos colarnos. A la semana, aquello estaba desbordado, más de 10.000 personas. Lo que vi, nunca lo voy a olvidar. El Gobierno jamás pensó que se metería tanta gente. Había un cordón de seguridad y tú les veías la cara de odio a los guardias.

Después supe que el propio Fidel Castro fue el que trazó la estrategia de despachar poca comida para provocar aglomeraciones y fajazones, y así vender el discurso de que los que estábamos allí éramos delincuentes. Donde había más de 10.000 personas, una vez al día despachaban solamente 1.000 o 2.000 raciones de comida. Igual con el agua para tomar y bañarse. Te imaginas las broncas que se armaban. La mugre y mal olor eran tremendos. El hambre ni se diga. Gracias a la presión internacional, el Gobierno comenzó a otorgarnos salvoconductos para ir a nuestros hogares y esperar ahí la fecha de partida”, rememora Carlos y añade:

“Un día sí, y otro también, vecinos y estudiantes de escuelas primarias y secundarias, pasaban por mi casa y me daban un acto de repudio. Eso incluía tiradera de huevos, tomates y piedras. Una golpiza, si salías a la puerta y pintadas en la pared con chapapote de [frases como] Abajo la Escoria. Así fue hasta el día que me montaron en una lancha y me fui de Cuba junto a una familia que habían ido a buscarla y dos o tres locos desquiciados que trajeron de Mazorra. El gobierno de Fidel Castro tuvo un comportamiento fascista. En Estados Unidos revalidé mi título y actualmente soy un profesional de éxito. Nunca he regresado a Cuba. Y no regresaré hasta que haya democracia”, cuenta Carlos a por su cuenta de WhatsApp.

En abril de 1980 estudiaba octavo grado en la escuela Tomás Alva Edison, en la barriada habanera de La Víbora. Tenía catorce años. Recuerdo el revuelo informativo en la prensa oficial el día que un ómnibus de la ruta 79 penetró en el recinto diplomático de Perú, en 5ta. Avenida y 72, Miramar. El régimen culpó a "los delincuentes que siguiendo los cantos de sirenas del imperio yanqui" provocaron la muerte del custodio Pedro Ortiz Cabrera, quien murió en fuego cruzado de sus propios compañeros.

La tarde cuando se corre la noticia de que las autoridades cubanas habían dado la orden de dejar de custodiar la sede diplomática peruana, me encontraba jugando baloncesto en un terreno al costado del antiguo Instituto de Segunda Enseñanza de La Víbora. Fue ahí donde me enteré de que un grupo de personas, entre ellos el vecino de un compañero de aula, se habían puesto de acuerdo, para ir a Miramar, a ver si podían entrar a la Embajada del Perú en Miramar. “Esta es la única oportunidad que vamos a tener de marcharnos del país”, le dijo ese vecino a los indecisos.

Corría el mes de mayo, cuando una mañana, la directora de la escuela nos formó en el patio para informarnos que Andrés, el profesor de literatura, había ‘traicionado a la revolución’ y nos convocó a un acto de repudio frente a su domicilio. Hubo ofensas, golpes, rompieron los cristales de las ventanas con trozos de tuercas y piedras y con pintura roja en la pared escribieron “traidor” y “abajo la escoria”. El profesor de historia me aconsejó: “Estamos en tiempos tormentosos. Si no te gustan los actos de repudio no vayas, pero no te señales dando opiniones. Hay extremistas en cualquier sitio”. (Catorce años después, el profesor de historia se marchó en una balsa rumbo a la Florida).

En medio de aquella incertidumbre y agresividad, una tarde de domingo, varios amigos decidimos ir al Estadio del Cerro a ver un juego de pelota. El chofer de la ruta 2, paró cerca del semáforo que hay en la intersección de las Calzadas de Diez Octubre y Luyanó, conocida como Esquina de Toyo. Desde la guagua, vimos como una multitud iba gritando insultos y golpeando a dos personas mientras coreaban “abajo la escoria, gusano, lechuza, te vendes por un pitusa”.

1980 fue un año tremendo. Me marcó definitivamente. Supe entonces cuál era la verdadera esencia de la revolución de Fidel Castro. Un sistema que no permite discrepancias y que trata a sus adversarios con métodos fascistas.

Cuarenta años después, más de 100.000 cubanos que se fueron por el Puerto del Mariel, todavía esperan una disculpa pública del régimen cubano, por el trato denigrante que tuvieron que soportar. Se lo deben.

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