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@JesusHdezHquez

MIAMI.- Después de varios días de espera, mirando fijamente los escombros de lo que fue el edificio Champlain, Mario, Jeanne y Sergio sienten angustia, desesperación y frustración, pero no pierden la esperanza de hallar con vida a sus seres queridos.

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Los rescatistas lucen demacrados y exhaustos. Han sido largas horas de intensa y minuciosa búsqueda, entre escombros y horror, bajo un sofocante calor y esporádica lluvia.

En la calle, donde familiares y amigos de más de 150 desaparecidos depositan flores y cuelgan retratos de quienes buscan, Mario espera aparentemente paciente la noticia que le devolvería la sonrisa: “Estas son las cosas que uno nunca piensa podrían suceder”.

Mario solía llevar a su madre, de apenas 65 años, a pasear los sábados. “Desayunábamos en una cafetería y después la traía a casa. Aquí conversaba con mi esposa, sus nietos, cocinaba, hacía lo que mis hijos quisieran, y después se iba a la cama temprano, aquí, donde tiene su cuarto”, relató.

“No quiero pensar más, pero es inevitable. No hay manera que me quite de la mente la imagen de mi madre cayendo al vacío, entre piedras”,

Hace unos días, Mario y un grupo de familiares pudieron ‘acercarse’ a las ruinas, para estar cerca de sus seres queridos. Algunos lloraron, otros rezaron y muchos se abrazaron.

“Fue un momento muy emotivo y doloroso. Y frustrante. No saber dónde está mi madre, o saber que está ahí, ahí abajo, sabe Dios si aún vive, y no poder ir a sacarla”, señaló, afligido.

Inmensurable

Entre los fallecidos está la familia Guara. Madre, padre y dos pequeñas niñas, una de 10 años y la otra de cuatro.

“Cualquier pérdida de vida duele, más en un suceso inesperado como este”, manifestó la alcaldesa de Miami-Dade, Daniella Levine Cava.

Pero la pérdida de niños, por razones obvias de afección, “es una carga aún más pesada”.

Bastaría consultar la página de Marcus Guara, 52 años, en Facebook para conocerlo. Hace apenas siete meses había asumido el puesto de jefe de ventas de un importante fabricante de toallas, sábanas y productos textiles, y la mayoría de sus mensajes están repletos de fotos de familia y llamados a donar algo a organizaciones caritativas.

“Mi hija Lucía (10) me pidió que le enviara una carta. Cuando vi que estaba dirigida al Hospital St. Jude, le pregunté para qué era. Había llenado el sobre con sus ahorros de la alcancía …” y le dijo “ellos”, en el hospital, “lo necesitan más que yo”.

“Como padre, sentí un orgullo inmensurable”, resaltó.

Visita

Juan hijo visitaba a sus padres, Juan padre y su madre Ana, cuando el edificio colapsó.

Católicos devotos, viajaron por países del Caribe “para ayudar a construir iglesias y puentes”, declaró Jeanne Ugarte, una amiga cercana de Ana, a la agencia de noticias AP.

Más tarde, se convirtieron en segundos padres de los amigos de Juan hijo en Chicago, donde administraba los negocios de la firma Morton Salt para la costa oeste del país.

Cuando los amigos del hijo visitaban Miami, todos comían juntos en casa. Así los jóvenes estadounidenses conocieron el fuerte aroma del café cubano espresso y los sabores de la comida cubana.

"Eran el tipo de personas que si incluso le decías 'no tengo hambre', insistían para asegurarse de que verdaderamente estabas satisfecho", recordó.

Un grupo de amigos vino a Miami “para esperar por el rescate de Juan y sus padres y celebrar juntos”, pero “pase lo que pase, conmemorarán de alguna manera, porque eso es lo que ellos hubieran querido”, añadió.

Preocupaba

También, entre los desaparecidos, está Elaine Sabino, de 70 años, que trataba a todo el mundo con “la misma amabilidad que tenía cuando era azafata” de US Airways y JetBlue, declaró su amiga Shelly Angle a un reportero de AP.

Sabino vivía en el piso 12. “Era muy activa y excelente bailarina de jazz y danza del vientre”, acotó.

Según declaró el cuñado de Sabina, Douglas Berdeaux, a The Washington Post, la señora se había quejado del deterioro del techo en el edificio.

"Dijo que le preocupaba que el techo se derrumbara encima de su cama", acentuó.

Planes

Pablo Rodríguez tenía planes de ver a su madre y a su abuela el fin de semana. Ambas vivían juntas en el onceno piso del maldito edificio. “La noche antes del derrumbe, hablamos de llevar a mi hijo a comprar una bicicleta”, declaró el joven padre.

Esa fue la última vez que Pablo habló con su madre, Elena, 64 años, y su abuela, también Elena, 88 años, pocas horas antes de que el edificio se derrumbara.

Rodríguez rememoró como la madre le mencionó haber escuchado “un fuerte crujido” en el edificio, durante la madrugada anterior, que le dificultó conciliar el sueño.

"Tuvo que ser suficientemente fuerte para que me lo mencionara. Y eso es lo que me preocupa. Hay que prestar atención a esas cosas”, comentó.

Y dijo más: “Hay que averiguar bien y pedir cuentas” a quien sea.

Entretanto, Rodríguez sigue esperando por una noticia u otra.

Vivir sin el otro

En el noveno piso vivían Antonio y Gladys Lozano. El matrimonio estaba a punto de celebrar su 59º. aniversario de bodas, el 21 de julio.

Sus hijos declararon a WPLG-TV que la pareja habría manifestado en algún momento “que ninguno quería morir antes que el otro, porque ninguno quería vivir sin el otro”. El único consuelo que les queda a los hijos es que, si murieron, “murieron juntos”.

Horas antes del derrumbe, Sergio, uno de los hijos, que vive en un edificio colindante al del siniestro, visitó a sus padres y comieron juntos. Esa noche escucharon “un ruido fuerte” que pensaron que “podría ser la tormenta”.

Sergio regresó a su casa y horas después, el edificio cayó.

Hoy exclama: "No está ahí. El apartamento de mis padres no está allí. Se ha ido".

Horas después, los rescatistas confirmaron que Antonio, de 83 años, y Gladys, de 79, figuran entre los fallecidos.

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