domingo 13  de  septiembre 2026
TESTIMONIO EXCLUSIVO

Con experiencia de Afganistán, un médico enseña responder a emergencias en Florida

El cirujano colombiano Carlos Pulido dirige el programa premédico de American Heritage Schools en Delray Beach y capacita a estudiantes y docentes para responder ante situaciones de vida o muerte

Diario las Américas | Daniel Castropé
Por Daniel Castropé

MIAMI. - El peligro era evidente antes de que Carlos Pulido pusiera un pie en Afganistán. Los aviones descendían con maniobras evasivas para reducir la exposición a disparos y completaban un aterrizaje peligroso. “Cuando ya estás en tierra, piensas: ‘Dios mío, ¿dónde me metí?’”, recordó el médico colombiano, quien viajó seis veces a ese país para atender heridos y capacitar soldados en medio de la guerra.

A miles de kilómetros de ese escenario, el cirujano nacido en Barranquilla convirtió parte de aquel aprendizaje en preparación para emergencias. En American Heritage Schools, en Delray Beach, al norte de Miami, profesores y alumnos reciben capacitación para actuar durante los primeros minutos de una crisis. El entrenamiento incluye control de hemorragias y el uso de torniquetes, vendajes hemostáticos y dispositivos para sellar heridas en el pecho.

Detrás de ese modelo está Pulido, quien lleva más de tres décadas dedicado también a la educación. Actualmente dirige el Programa Pre-Médico de la institución, una ruta académica de cuatro años que acerca a los jóvenes a las ciencias de la salud, las prácticas clínicas y distintas especialidades antes de ingresar a la universidad.

Su labor cotidiana transcurre ahora entre aulas, laboratorios y proyectos comunitarios. Participa en el diseño del currículo, conecta a los estudiantes con médicos e instituciones del sur de Florida y los entrena en reanimación cardiopulmonar, uso de desfibriladores y control de hemorragias. Sin embargo, detrás del profesor que enseña a mantener la calma permanece la memoria de una época en la que cada decisión podía separar la vida de la muerte y la medicina debía abrirse paso en medio de la violencia.

Acordeón antes de la bata

La medicina no fue su primer sueño. Pulido creció dentro de una familia musical y, cuando era adolescente, imaginaba su futuro con un acordeón de botones entre las manos. Tocaba vallenato, frecuentaba parrandas y conoció desde muy joven a figuras y familias relacionadas con ese universo cultural del Caribe colombiano.

“Yo no quería estudiar medicina al principio”, reconoció durante una entrevista para el Podcast de Las Américas de DIARIO LAS AMÉRICAS. Cuando en el colegio le preguntaron qué carrera le interesaba, respondió, en tono de broma, que estudiaría Filosofía y Letras. En casa fue más directo: quería dedicarse a la música.

Sus padres le pusieron una condición tajante. Podía escoger una carrera considerada tradicional —medicina, derecho, administración o alguna ingeniería— o tendría que costear por sí mismo sus estudios. Pulido optó entonces por la medicina, una profesión que también despertaba su curiosidad, y presentó únicamente su solicitud ante la Universidad del Norte.

Los resultados obtenidos en las pruebas estatales le permitieron ingresar sin examen de admisión. Durante los años universitarios no abandonó el acordeón ni las parrandas, pero como no bebía licor y dormía apenas cuatro o cinco horas, regresaba a clases a la mañana siguiente.

Tras graduarse, llegó a la isla de San Andrés para cumplir el año rural exigido en Colombia. La plaza había surgido a través de un amigo y la Cruz Roja Colombiana. Lo que comenzó como un requisito para obtener la licencia se extendió durante casi tres años en el archipiélago colombiano.

Después decidió emigrar a Estados Unidos con la intención de homologar sus estudios y acceder a una especialidad quirúrgica. El proceso le exigió trabajar mientras se preparaba para exámenes costosos y complejos, además de dominar un inglés médico muy distinto al aprendido en un colegio bilingüe.

American Heritage apareció entonces como un apoyo decisivo. La institución lo contrató y lo ayudó en el proceso migratorio que le permitió permanecer en el país. Junto con directivos de la escuela, Pulido contribuyó después a desarrollar el programa premédico que todavía dirige.

“Las manos en la candela”

Antes de viajar a Afganistán, ya había trabajado en cirugía general, impartía clases a paramédicos y se había vinculado con la American Heart Association. Le impresionaba —según contó— la capacidad de los equipos prehospitalarios para controlar hemorragias, descomprimir el pecho y estabilizar a una persona en la calle.

De ese contacto nació una pregunta que cambiaría su recorrido: ¿qué necesitaría saber un soldado para auxiliar a un compañero herido en pleno combate? Pulido combinó su conocimiento de trauma con la medicina prehospitalaria y viajó a entrenar militares en Fort Lewis, en el estado de Washington.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 apareció la posibilidad de ir a Afganistán. “Alguien tiene que meter las manos en la candela cuando la gente está en esa clase de situaciones”, aseveró.

Viajó seis veces, siempre por periodos cortos. Su labor combinaba la atención de heridos con la capacitación de soldados. Era un entorno en el que cualquier objeto podía esconder explosivos y un paciente aparentemente herido podía representar una amenaza para quienes se acercaban a auxiliarlo.

Pulido recordó jornadas en las que llegaban numerosos heridos y no lograban salvar a ninguno. En esos momentos aparecía la frustración y la pregunta inevitable sobre qué más habría podido hacerse.

De acuerdo con su narración, el equipo repasaba cada procedimiento: sangre, plaquetas, factores de coagulación y enfriamiento para limitar el daño neurológico. Si nadie encontraba una alternativa, el fracaso debía transformarse en aprendizaje para el siguiente paciente. “No había tregua. Tienes que estar listo al día siguiente”, resumió.

Niños y heridas invisibles

Entre todos los recuerdos, hay uno que Pulido aseguró no consigue apartar: los niños. Los vio llegar con quemaduras, amputaciones y daños que alteraban para siempre sus posibilidades de vida. Después de atenderlos, no solo pensaba en la supervivencia inmediata, sino en el futuro que aguardaba a un menor sin una pierna, un brazo o varios dedos.

Admitió que lloró y que sintió rabia. También evitaba con frecuencia las sesiones grupales con psicólogos y psiquiatras. Prefería dormir o pasar horas en el polígono de tiro, una forma personal —y silenciosa— de descargar la presión que acumulaba.

Contó que otros compañeros lloraban, gritaban, se paralizaban o pedían marcharse. “Hubo quienes quedaron afectados psicológicamente durante años”, dijo.

Pero Pulido tampoco regresó indemne: durante mucho tiempo, al despertar, buscaba instintivamente el rifle antes de recordar que estaba en la vida civil. Su fe y la convicción de haber sobrevivido por una razón le permitieron levantarse después de jornadas devastadoras.

Su familia, entretanto, desconocía aquella parte de su vida. “Nunca supieron por dónde andaba yo”, afirmó. Ni su madre ni otros parientes sabían que viajaba a Afganistán. Pulido, quien se presentó como alguien “extremadamente reservado”, cambiaba de ciudad o desaparecía durante un tiempo sin explicar el destino. Esta parte de su vida decidió contarla en el podcast de este matutino, algo que había mantenido fuera de las conversaciones familiares.

También habló de los vínculos creados en aquella etapa. De un grupo de ocho amigos, recordó que en el último encuentro, poco antes de la pandemia, solo estaban tres de ellos y él. No preguntaban demasiado por los ausentes, sabían qué les había pasado sino estaban allí ni en ningún otro lado.

Los años también dejaron consecuencias físicas. Mencionó hernias, fracturas y un desprendimiento parcial de los tendones de Aquiles, lesiones relacionadas con caídas, golpes y saltos en paracaídas. Afirmó que ya no volvería al frente. “Enseñar, sí; pero ya no aguanto”, dijo.

Llevar lo aprendido a Florida

De regreso, continuó formando personal de emergencia. Como oficial médico de la división de servicios médicos de emergencia de Pompano Beach Fire Rescue, explicó que capacitó a paramédicos en soporte cardíaco avanzado, resucitación y trauma, y participó en la revisión de protocolos.

Pulido explicó que numerosos procedimientos utilizados hoy por los servicios civiles nacieron o se perfeccionaron durante conflictos armados. El torniquete es uno de los ejemplos más visibles. Técnicas creadas para evitar que un combatiente muriera desangrado pasaron después a ambulancias, departamentos de bomberos, escuelas y espacios públicos.

Esa transferencia adquirió un sentido urgente tras la masacre de 2018 en la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas, en Parkland. Pulido aseveró haber conversado con los responsables de American Heritage y propuso preparar a profesores y alumnos para controlar hemorragias mientras llegaban los socorristas.

Ahora el personal recibe capacitación anual en reanimación cardiopulmonar, desfibriladores y respuesta a heridas graves. Los equipos del plantel permiten aplicar un torniquete, favorecer la coagulación o sellar una lesión torácica. El propósito es evitar que la falta de una intervención básica cueste una vida.

La formación se complementa con una labor solidaria de largo alcance. Desde hace más de 25 años, los estudiantes del programa pre-médico organizan actividades para pacientes pediátricos con cáncer de Broward Health. Las iniciativas han recaudado más de un millón de dólares, financiado dos salas de juegos y convertido la entrega anual de regalos en una experiencia personalizada: cada niño prepara una lista y recibe artículos escogidos para él.

Pulido trasladó recientemente ese modelo a Los Pendales, una población rural de la costa norte de Colombia. El grupo llevó ropa y juguetes para unos 28 niños, además de medicamentos. Sentado sobre un tronco, a un costado de una vivienda, el médico atendió a alrededor de 40 niños, adultos y ancianos, según sus palabras.

Su próximo objetivo surgió después del terremoto que sacudió el occidente colombiano el 10 de agosto. La Organización Panamericana de la Salud informó que el sismo, de magnitud 7,4, afectó establecimientos sanitarios de varios departamentos. Pulido quiere identificar un puesto de salud dañado, reconstruirlo y devolverlo a la comunidad. Todavía no habla de fechas ni de presupuestos cerrados; habla de una idea que comienza a organizar.

El proyecto enlaza las distintas etapas de su recorrido. El joven del acordeón, el inmigrante que estudió mientras trabajaba, el médico que entró en una zona de guerra y el profesor que prepara aulas para una emergencia parecen personas distintas. En Pulido, todas convergen en una convicción: la experiencia cobra valor cuando sirve para preparar a otro y evitar que una vida se pierda.

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