Desde el pasado 17 de diciembre, cuando se anunció el giro en las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, en DIARIO LAS AMÉRICAS hemos insistido sobre la necesidad que desde el Gobierno de Castro se dieran pruebas inequívocas sobre su intención de evolucionar hacia un Estado democrático.
Hasta ahora la dictadura permanecía impasible sin dar señal alguna de cambio mientras el presidente Obama se esforzaba en agradar a los que desde hace 56 años se erigieron en enemigos de Estados Unidos. Ayer, el propio Obama aseguró que Cuba está dispuesta a colaborar para resolver la situación de algunos fugitivos refugiados en la isla. Esto significa que en la agenda de sus conversaciones bilaterales se está discutiendo la extradición de dos de los fugitivos más buscados por la justicia estadounidense, como contrapartida a la retirada de Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo.
Una de las posibles extraditadas sería Joanne Chesimard, que escapó de la prisión mientras cumplía sentencia por el asesinato de un policía en Nueva Jersey en 1973. Chesimard hace años había cambiado su identidad en Cuba, donde se le conoce como Assata Shakur. Con total impunidad se ha paseado por las calles, a pesar de estar en la lista de los terroristas más buscados por el FBI.
El otro fugitivo es el nacionalista de origen puertorriqueño William Morales, al que se le vincula con unos atentados ocurridos en Nueva York en 1970.
Llama la atención que el régimen que sacaba pecho por el comunismo y unos presuntos principios contra el imperialismo, esté dispuesto a traicionar a estos dos terroristas, que para el imaginario castrista eran reconocidos casi como héroes. La razón tiene poco que ver con los principios y el comunismo y no es otra cosa que el dinero que piensa ingresar tras la retirada de Cuba de la lista.