En julio de 1986 unos obreros de una fábrica de ladrillos del suroeste de China buscaban arcilla y encontraron jade. Debajo de ese hallazgo aparecieron dos fosos llenos de tesoros rotos como máscaras de oro, cabezas de bronce con ojos desorbitados, árboles sagrados de casi cuatro metros y cientos de colmillos de elefante. El sitio se llama Sanxingdui y pertenece a una civilización que floreció hace unos 3.000 años en la actual provincia de Sichuan, lejos del río Amarillo donde la historia oficial ubica la cuna de China. Esa civilización no dejó escritura, tumbas o restos humanos; porque quemó y enterró su legado y se desvaneció del registro.
La ausencia de escritura es la clave de todo lo que vino después. Un profesor de historia china del MIT, Tristan Brown, lo resumió: puesto que Sanxingdui no escribió nada, cada uno ve en él lo que quiere. Por un lado, los aficionados a lo esotérico ven extraterrestres, y por otro los arqueólogos descubren una cultura avanzada e independiente que comerció con el sudeste asiático y recibió quizá influencias de Asia Central. Por su parte el Partido Comunista ve otra cosa, una prueba de que China fue siempre una unidad en la diversidad, y de que por lo tanto Tíbet, Xinjiang y toda región poblada por minorías pertenece con naturalidad al mapa actual. Así, Xi Jinping bendijo la expansión del museo y la maquinaria propagandística convirtió las máscaras en dibujos animados, videojuegos y muñecos. Una civilización cuyos miembros, según Brown, casi con certeza no se consideraron chinos sirve hoy para demostrar que todo fue siempre China.
El lector puede pensar que la arqueología es un terreno menor, que un relato sobre bronces de hace tres milenios no le quita el sueño a nadie. El problema es que el método no se limita a los bronces, porque donde no hay verificación posible, el Estado chino llena el vacío con su versión, y el resto del mundo decide cuánta fe le tiene. Sin embargo, el caso más grave no está en los museos sino en los quirófanos.
Durante décadas China obtuvo la mayoría de los órganos que trasplantaba de prisioneros ejecutados. La cifra la reconoció el viceministro de Salud, Huang Jiefu, más del 90% de los donantes cadavéricos eran condenados. La comunidad médica internacional reaccionó como pudo y la Transplantation Society, la sociedad mundial de la especialidad prohibió durante años que los expertos chinos presentaran sus trabajos en los congresos. Tras un llamado al boicot publicado en The Lancet en 2011, ocho revistas médicas de primer nivel acordaron el rechazo de los artículos chinos sobre trasplantes ante la falta de verificación de que los órganos no provenían de ejecutados. Un estudio posterior encontró que casi la totalidad de los trabajos chinos publicados en inglés entre 2000 y 2017 incumplía los estándares éticos de la disciplina mientras los cirujanos chinos fueron parias en su propia especialidad.
Entonces, en 2015, China anunció el fin del sistema. Declaró que dejaba de usar órganos de prisioneros y que montaba una red nacional de donación voluntaria. No ofreció inspección independiente y mantuvo sus hospitales militares cerrados. Tampoco se auditaron sus cifras. Sólo ofreció una declaración en el congreso mundial de Madrid de 2018, donde participaron 150 expertos chinos, un número sin precedente, y un expresidente de la sociedad que antes los vetaba celebró la evolución de China ante los periodistas. La conferencia de prensa la organizó la embajada china. Sin embargo, un año después, el China Tribunal de Londres, un tribunal ciudadano independiente convocado por una coalición de abogados y activistas y presidido por Geoffrey Nice, el fiscal que llevó el juicio contra Milosevic, concluyó que la extracción forzada de órganos continuaba y que los practicantes de Falun Gong eran la fuente principal. El propio Huang admitió en el Vaticano que en un país de 1.300 millones de habitantes seguramente la ley se violaba. Nada de eso frenó la rehabilitación y el veto se levantó a cambio de una promesa que nadie pudo comprobar.
Los dos episodios son el mismo evento. En Sanxingdui el desconocimiento lo dejó una civilización sin escritura y en los trasplantes el vacío lo fabricó un Estado que no permite mirar adentro. La primera omisión es inocente porque los muertos no dejaron testimonio. El segundo caso es deliberado porque los vivos prohíben la inspección. En ambas oportunidades el Partido escribió sobre el vacío el texto que le convenía, y siempre había un público dispuesto a firmar.
Queda una lección para cualquiera que analice a China, sea su arqueología, su medicina o su economía. La lección no es que toda cifra china sea falsa. Es que un Estado que administra la verdad en los fosos de Sichuan, donde nada material está en juego, la administra con mayor razón donde se juega su prestigio o su poder. Cada estadística que sale de ese sistema exige entonces una pregunta previa a cualquier análisis, quién pudo verificarla. Y cuando la respuesta es nadie, lo que se lee no es un dato, sino un acto de fe que otro escribió para nosotros.
Las cosas como son.
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