SAN JOSÉ.-IVÁN GARCÍA
Especial desde Costa Rica

Una noche de verano en un bar privado de La Habana se cerró el negocio. Junto a su novio, Miladis, 25 años, sería la encargada de viajar a Quito y Guayaquil para comprar cientos de kilogramos de ropas baratas, teléfonos celulares piratas y electrodomésticos que luego revenderían en Cuba.

Ya en Ecuador comenzaron los problemas. “Mi novio perdió mucho dinero en Ecuador jugando cartas y en peleas de gallos. Para zanjar la deuda yo fui el pago. Un coyote que vivía en el barrio de San Bartolo en Quito me retuvo hasta que pagara 1,500 dólares. La opción fue prostituirme por 40 dólares dos horas. Luego de pagarle me fui con un grupo de once cubanos rumbo a Estados Unidos. Un soldado de la guerrilla en Colombia, al no poder pagar los 400 dólares por persona que pedía, me violó. Quiera Dios que cuando se destrabe el paso entre Costa Rica y Nicaragua no tenga que vivir otra pesadilla”, apunta indiferente Miladis, sentada en un banco de cemento al aire libre en un albergue para inmigrantes en el poblado tico de La Cruz, a unos 20 kilómetros de la frontera con Nicaragua.

Cuando usted charla con alguna de las mujeres que deciden abandonar el manicomio económico cubano, escuchará impactantes historias de vida.

Magda, una rolliza cuarentona, sentada en el amplio comedor del hostal El Descanso, en el poblado costarricense de Paso Canoas, cuenta: “Salimos de Ecuador una noche que presagiaba lluvia. En la selva colombiana los coyotes hicieron un alto para descansar. Al poco rato llegaron unos tipos con armas de fuego y pinta de sicarios. Además de exigir un pago en efectivo, se llevaron a una joven de 19 años que viajaba con el grupo. A otra la violaron varias veces”.

Travesía con niños

Entre los más de 4.000 cubanos varados en Costa Rica tras la decisión del Gobierno sandinista de Daniel Ortega de cerrar la frontera de Peñas Blancas, hay mujeres con niños de pecho y madres que hicieron el itinerario con hijos pequeños.

“Es algo irresponsable. Soy padre de dos hijos y jamás permitiría que mi esposa tenga que sufrir las penurias de una travesía complicada y riesgosa”, reflexiona Alex, estudiante de cuarto año de Derecho, sentado sobre unos cartones sucios en el andén de una desvencijada terminal de ómnibus en Paso Canoas, a la espera de un bus que por 15 dólares los traslade a San Ramón, a una hora de viaje de la capital costarricense. 

Solamente en el poblado de La Cruz existen seis albergues para los migrantes cubanos. El mayor de ellos está enclavado en el Colegio Nocturno y de las 631 personas alojadas, 185 son mujeres y 16 niños. Duermen en colchones de espuma de goma esparcidos por las aulas y a lo largo y ancho del gimnasio.

La ayuda costarricense

Las autoridades ticas les garantizan desayuno y dos comidas calientes al día. Hasta las diez de la noche pueden circular libremente. Pero quienes tienen suficiente dinero prefieren alquilar una habitación en alguno de los hostales de Paso Canoas, Peñas Blancas, Liberia, San Ramón o La Cruz.

Los náufragos cubanos en tierra firme tienen una visa temporal por 15 días. Según Norberto Fumero, 34 años, hay compatriotas que se prostituyen por 20 dólares la noche. “Si enganchan a un cliente tico les piden 40 ó 50 dólares. Algunas eran jineteras en Cuba y trasladan su modo de vida acá. No saben hacer otra cosa que fletear”.

¿De qué manera consigo el dinero?

Jorge, taxista costarricense, señala que varias cubanas le han propuesto tratos sexuales. “Da pena. Son jóvenes y bonitas. Me han pedido 30 ó 40 dólares pues no tienen más dinero para seguir el viaje. Las de más edad, piden dinero, cigarrillos o que les pague unas cervezas”.

Muchas viajan con sus esposos. Otras hacen el periplo solas y se asocian a grupos de personas que conocen desde Cuba. Yanira, una morena estilizada, trabajaba en un centro de elaboración de alimentos en Puerto Padre, Las Tunas, provincia a 700 kilómetros de La Habana.

Yanira decidió marcharse de la Isla para reunirse con su novio que reside en Orlando, Florida. “Viajé con poco dinero, menos de 2.000 dólares. Cuando llegué a Panamá ya estaba sin plata. ¿De qué manera consigo el dinero?”, se pregunta mientras bebe cerveza en un hostal de Paso Canoas. No hace falta mucha imaginación para saberlo. 

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