En la víspera de la visita del Papa Francisco a Cuba este fin de semana, salta a la vista la curiosidad por escuchar las palabras que el Sumo Pontífice pronunciará, acompañado del cardenal cubano Jaime Ortega Alamino, cuando hable a los miles de feligreses que se congregarán ante sus ojos, deseosos de escuchar algo más que una frase de aliento.
Cuentan quienes conocieron a Karol Wojtyła, antes de ser nombrado papa Juan Pablo II, que el cardenal polaco mantuvo una actitud de cierta avenencia con el Gobierno dictatorial prosoviético de Varsovia, mientras trataba de ganar espacio en la sociedad del país.
Que incluso mantuvo cierta distancia del movimiento sindical prodemocracia Solidaridad, hasta que fue electo Padre Santo y definió su posición al lado del oprimido.
Los cubanos no saben si el cardenal Ortega asumirá una posición similar a Wojtyła algún día, pero sí saben que el papa Francisco no arremeterá contra la dictadura en Cuba, porque la Iglesia católica quiere expandir su presencia en la isla y no pondrá en riesgo la posibilidad de lograrlo.
Entretanto, como migajas de transigencia que anuncian la bienvenida, tal como sucedió años atrás, durante las visitas de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Gobierno cubano proclamó el indulto de 3.522 reclusos.
Sin embargo, no hay un solo preso político en la lista, que excluye, según el parte oficial, a quienes cometieron delitos “contra la seguridad del Estado”, el apelativo que incluye a quienes difieren del criterio político instaurado hace 57 años.
Esto corrobora el argumento que el deshielo anunciado por Washington, La Habana y El Vaticano no llega a derretir “la helada de las libertades” que distingue al régimen de los Castro.