MIAMI.-DANIEL CASTROPÉ
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@danielcastrope

Viajar a La Habana con el propósito de pasar unos días en familia o entre viejos amigos de la infancia, se está convirtiendo cada vez más en una decisión que acarrea la inversión de elevadas sumas de dinero y el padecimiento de “grandes dolores de cabeza”. El primer escollo que debe sortear el viajero se presenta en el Aeropuerto Internacional de Miami (MIA) al momento de integrarse a una interminable “cola” repleta de personas que, por lo general, exceden el límite de peso exigido por las autoridades aduaneras en Cuba, pero que las compañías de vuelos chárter en el sur de la Florida permiten “siempre y cuando paguen los clientes” por las libras extra.

De acuerdo con las regulaciones vigentes “a la fecha” –es útil la salvedad entre comillas porque las normas cambian con frecuencia–, cualquier pasajero puede llevar consigo 55 libras de efectos personales para su uso, tales como confecciones, calzado, artículos de tocador, de aseo personal, de perfumería y bisutería, definidos genéricamente como miscelánea.

Pero también el viajero puede entrar a Cuba con 11 libras de artículos para familiares y amigos, entre ellos confecciones, calzado, artículos de tocador, de aseo personal, de perfumería y del hogar, así como bisutería, lencería y alimentos. De igual manera, se le permiten 22 libras de medicamentos, que deben transportarse en equipaje independiente de otros artículos.

Sin embargo, esas disposiciones solo las cumplen muy pocos viajeros, y, así las cosas, en ese primer escenario que enfrenta el pasajero en la “cola”, “fila” o “línea”, el común denominador es observar dos o más “bultos” por persona, que deben ser forrados con película plástica o “rapeado”, como se dice en el argot popular, para evitar robos que, según la aduana cubana, “hoy son menos frecuentes pero posibles”.

Después de una media hora o cuarenta y cinco minutos, en el mejor de los casos, y ya frente al buró que atienden empleados entrenados para dar órdenes, usando un tono de voz alto e impositivo, el pasajero encuentra ante sí el segundo “gran” problema. Si la agencia que le vendió el boleto de viaje le informó que pagaría 1 dólar por cada libra extra a partir de las 44 que habitualmente permiten las compañías chárter, esto no siempre resulta una “verdad verdadera”.

En tal sentido, la temporada del año determina el valor a pagar por las libras “de más”, que oscila entre 1 y 4 dólares por unidad. En días de baja afluencia de viajeros, de meses como abril y agosto, entre otros, el valor puede variar de 1 a 2 dólares. Pero en fechas de “meses comerciales”, como Navidad y Fin de Año, por ejemplo, una libra extra puede llegar a costar hasta 4 dólares, según estimaciones extraoficiales. Cabe precisar que ninguna entidad ejerce control sobre estos precios.

Pero si el pasajero piensa que sus problemas están resueltos, emerge una tercera talanquera. Por cada “bulto”, maleta o “equipaje” de más de 20 libras, el cliente –a estas alturas posiblemente ya “obstinado”– recibe otra noticia que le toca directamente el bolsillo: por cada pieza de su equipaje “grande” debe pagar 10 dólares, que se suman a los 20 pagados por unidad en los pequeños negocios de forraje, estratégicamente situados en los alrededores de los mostradores que atienden viajeros con destino a Cuba, en el Aeropuerto Internacional de Miami.

El paso siguiente es someterse a los rigores de los controles de seguridad, a través de la puerta “G”. Después de casi quedar desnudo, algunos mostrando sus medias de marcas reconocidas –“¡que nadie tiene en Cuba!”–, el pasajero se ve obligado a esperar el avión asignado en una sala atiborrada de gente que se queja del calor y los malos olores. Los únicos espacios donde la temperatura es “más agradable” son los baños, pero el mal olor, por obvias razones, ahuyenta a los sudorosos pasajeros.

En el marco de este cuarto suplicio nace un quinto que se ha convertido en una constante. Los vuelos a Cuba, casi por regla general, nunca salen a tiempo. Aunque las conexiones aéreas directas entre Cuba y Estados Unidos aún no están permitidas oficialmente, las compañías Envoy Air, Sun Country Airlines y Swift Air ofrecen de 2 a 3 vuelos chárter diarios entre Miami y La Habana, con serios problemas en el cumplimiento de los horarios, según testimonios de los mismos pasajeros.

La sexta contrariedad para el viajero surge a 30.000 pies de altura, y aunque algunas personas lo consideren un tema “tonto”, decenas de vidas corren peligro a razón del obstáculo de la barrera del idioma. La mayoría de los pasajeros son cubanos que solo hablan español, y a duras penas saben decir “yes”, pero las instrucciones de cómo afrontar un caso de emergencia, los auxiliares las brindan en inglés. Otros mensajes, como los del capitán cuando se aproxima a La Habana, también se dan en el idioma de Shakespeare.

El vuelo de menos de 45 minutos, en el que solo algunas veces reparten un minúsculo vaso de soda, le significa al usuario entre 329 y 399 dólares. En “temporada alta” ha llegado a tener un valor de 429 dólares. La buena noticia es que los precios de los tickets entre Miami y La Habana podrían bajar, de acuerdo con expertos del sector del transporte aéreo, con la entrada de la aerolínea American Airlines, que proyecta alrededor de 10 vuelos diarios hacia territorio cubano desde Miami y otras ciudades de Estados Unidos.

En la “terminal 2” del Aeropuerto Internacional José Martí se reanudan las molestias para el pasajero que lleva cinceladas en su mente las palabras “gozo” y “rumba”. En ese rincón del establecimiento aeroportuario, por donde desembarcan los aviones procedentes de Estados Unidos –pasajeros que para el régimen son “gusanos”, y así los tratan–, solo operan dos esteras para el equipaje, pero, ‘en clásico contraste comunista’, alrededor de 40 empleados de la aduana “atienden” a los viajeros, esperando “favores” en dinero o en especie.

El séptimo trastorno del pasajero se evidencia cuando somete su equipaje de mano a las máquinas de rayos X, en la primera inspección de la aduana. Además de las 55 libras de efectos personales y las 11 libras de “regalos”, es permitido ingresar dos teléfonos celulares y una tableta electrónica o, en su defecto, un computador portátil. Quienes no conocen estas restricciones reciben multas onerosas como, por ejemplo, 30 CUC (moneda en divisa) en razón a cada aparato celular extra (a partir de 5 son objeto de decomiso) y 60 CUC por una tableta aparte de la permitida.

El paso siguiente es esperar el equipaje “grande”, sin duda alguna, por los testimonios recogidos entre los viajeros frecuentes, “el momento de mayor tensión”. No obstante, ese octavo escollo se puede catalogar como circunstancial: algunas veces el equipaje llega completo, pero otras no, sin que nadie brinde una explicación satisfactoria. Algunos pasajeros coligen que “algunos bultos no llegan porque traen otros que se quedan en Miami de vuelos anteriores”.

Sorteando el noveno obstáculo, el pasajero podrá salir de la terminal. De hecho, desde el segundo puesto de inspección de la aduana se puede ver a las personas que, detrás de unas vallas metálicas, esperan por los suyos. Pero en este punto del periplo, que habitualmente empieza 4 o 5 horas antes, se agudiza la tensión. Los empleados de la aduana conceden algunos privilegios a los extranjeros, a quienes se les permite una mayor cantidad de equipaje, que deben declarar y pagar “por valoración”. A un “yuma” un “bulto” extra puede significarle alrededor de 100 dólares, pero al cubano o les decomisan el equipaje adicional o debe pagar por cada uno de ellos entre 150 y 200 dólares.

El pasajero finalmente abandona el aeropuerto. Familiares o amigos han ido a recogerlo en un “almendrón” y al salir del estacionamiento la tarifa es de 3 CUC. Si decide irse en un taxi estatal, y su destino final es Miramar, el pago será de 20 CUC. Cualquiera de las dos opciones, no lo exime de dirigirse a una casa de cambio de moneda, a cambiar dólares por moneda cubana convertible, cuyo valor, establecido por el régimen es de 15 centavos por encima del circulante americano. En este instante es probable que el pasajero tenga diez razones para no querer regresar más a La Habana.

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