sábado 23  de  mayo 2026
VATICANO

León XIV, el papa marcado por la caridad, la comunión y América Latina

Mons. Luis Marín de San Martín, designado limosnero pontificio, resalta que el desempeño de su Santidad es consecuente con su formación agustiniana, estar donde la iglesia lo necesite

Diario las Américas | MARINELLYS TREMAMUNNO
Por MARINELLYS TREMAMUNNO

El Vaticano. - Hay papas que se definen por sus gestos, otros por sus palabras. León XIV, el primer pontífice nacido en Estados Unidos parece empeñado en definirse por su coherencia. A un año de su elección, ocurrida el 8 de mayo de 2025, el mundo ya conoce su estilo: sereno pero firme, agustiniano hasta la médula, incapaz de doblarse ante el poder cuando el Evangelio exige otra cosa. Las recientes y encendidas polémicas sostenidas con el presidente estadounidense Donald Trump, quien lo llamó “débil” en redes sociales y lo acusó de ser favorable a que Irán tenga un arma nuclear, no consiguieron alterar la calma que transmite Robert Prevost. El Papa respondió desde el avión papal con una frase que resumió su pontificado: “No tengo miedo ni de la administración Trump ni de hablar en voz alta sobre el mensaje del Evangelio”.

Esa misma templanza, esa determinación sin estridencias, parece haberse filtrado en quienes rodean al Papa. Y quizás ningún nombramiento lo ilustra mejor que el de monseñor Luis Marín de San Martín como nuevo limosnero pontificio. Agustino español, teólogo, hombre de comunidad, lleva casi dos décadas en Roma (desde 2008) y conoce a Prevost desde antes de que nadie soñara con llamarlo “Su Santidad”. Ahora tiene sobre sus hombros una de las tareas más concretas y silenciosas del Vaticano: la caridad del Papa en el mundo.

Nombramiento que no es banal

La noticia llegó hace pocas semanas. León XIV eligió a su viejo compañero agustino para dirigir el Dicasterio para el Servicio de la Caridad, el organismo que históricamente es conocido como la Limosnería Apostólica. No es un cargo menor: implica atención ambulatoria en las periferias romanas, doce diáconos coordinados por la diócesis, voluntarios, asistencia higiénica y una dimensión internacional que llega donde las cámaras no van, incluyendo asistencia humanitaria en zonas de guerra.

Monseñor Luis Marín recibe en el Vaticano con la misma tranquilidad con que, según cuenta, siempre ha conocido al Papa. Viste sotana oscura. Habla pausado, en el español cuidado de quien ha aprendido a medir las palabras sin perder su simpatía y espontaneidad. Cuando se le pregunta qué sintió al recibir el encargo, no recurre a fórmulas de cortesía.

"En primer lugar, sorpresa. Después, inmediatamente, alegría, porque me pone en contacto con el Evangelio vivo. Un servicio pastoral directo, que a mí me encanta y creo que es lo propio de un sacerdote y de un obispo. Y, en tercer lugar, viene un sentimiento de gran responsabilidad, porque es la caridad del Papa, es el rostro también de la caridad de la Iglesia y debe concretarse”.

Amor por los pobres

Para entender el nombramiento, hay que leer la exhortación apostólicaDilexi te (“Te he amado”, en español), firmada el 4 de octubre de 2025 y publicada el 9 de octubre del mismo año, el primer gran documento del pontificado de León XIV, dedicado a los pobres. Es una especie de manifiesto que explica mejor que ningún discurso oficial qué iglesia quiere construir este papa. “Ahí está resumido todo lo que son las ideas, el pensamiento del Papa sobre la caridad, sobre el servicio a los pobres”, dice Luis Marín.

La conversación llega a su momento más profundo cuando se le pregunta a Luis Marín qué le han enseñado los pobres a lo largo de su vida. “Hay que mirar a los ojos al pobre, hay que estar con él, hay que tocar su mano, hay que escucharlo. Por lo tanto, no es solamente un servicio asistencial, sino una presencia activa de la caridad que nos une”.

Explica que es la inversión radical de la lógica del asistencialismo: no es el rico que da al pobre, sino el pobre que devuelve al rico su humanidad. Y no es retórica, pues es la teología que subyace al lema episcopal del propio Marín: “Deus Caritas” (Dios es amor). “El pobre es el Evangelio vivo”, puntualiza.

Y no es casualidad que el primer documento formal del pontificado se haya dedicado a los más vulnerables. En un año en que la relación con Washington se fue deteriorando precisamente por las políticas de deportaciones masivas de inmigrantes —y por la negativa del Papa a convertirse en un activo diplomático de la Casa Blanca—, la coherencia del mensaje resulta llamativa. León XIV declinó la invitación de visitar la Casa Blanca para celebrar los 250 años de independencia de Estados Unidos. En cambio, pasará el 4 de julio en Lampedusa, la isla italiana que es puerta migratoria en el Mediterráneo. El gesto no necesita traducción.

Luis Marín evitó entrar en terreno político, pero cuando describe al Papa, la imagen que emerge es inequívoca: “El Papa es un hombre sereno, un hombre tranquilo. No es agresivo, no es un político. Él lo ha dicho claramente. No quiere rupturas, no quiere enfrentamientos, pero sí es coherente. Es coherente con su fe y con la misión que el Señor le encomienda”.

45 años en la misma comunidad

La confianza entre el Papa y su limosnero no nació en los pasillos del Vaticano. Viene de décadas atrás, de la vida compartida en la orden agustina, de los años en que Robert Prevost era prior general y decidió traer a Luis Marín a Roma. “He convivido 45 años en la misma comunidad”, dice el obispo español. “Quizá nadie esperaba que fuese Papa, pero algunos lo deseábamos”, confiesa.

Esa intimidad le permite hablar de León XIV no como de una figura pública sino como de una persona conocida en lo cotidiano. Y lo que describe es consistente con lo que el mundo ha ido descubriendo este año: “Siempre ha sido esta persona. Una persona serena, tranquila, reflexiva, profunda, un hombre de oración, hombre de iglesia, que sabe escuchar mucho, también que decide, que toma decisiones, es un hombre de gobierno, muy equilibrado”.

La descripción cobra especial peso en el contexto de los últimos meses. Cuando Trump lo llamó “pésimo en política exterior”, cuando publicó aquella imagen de sí mismo como figura mesiánica sanando enfermos que acabó siendo retirada ante la reacción generalizada -incluso entre sus propios aliados-, el Papa respondió con la misma cadencia con que, según Luis Marín, siempre ha respondido a los momentos difíciles: “Él se entrega a las manos del Señor, se fía de él y va adelante”.

El ADN agustiniano

A un año del cónclave, la pregunta que recorre los círculos vaticanos es qué significa, en la práctica, tener un papa agustino. Luis Marín la responde con la convicción de quien lleva décadas viviendo esa identidad desde adentro.

“Somos agustinos y yo diría que es nuestro ADN. Somos agustinos y no podemos dejar de serlo. Servimos a la iglesia desde nuestra propia identidad”.

Pero ¿qué es ser agustino para quien no conoce el carisma? Luis Marín construye la respuesta por capas. En primer lugar, la comunidad: no como estructura de gestión sino como aspiración profunda a la comunión. “No entendida sólo como compartir nuestro trabajo, compartir nuestro tiempo, sino el deseo, el intento y la opción por la comunión, por tener una sola alma y un solo corazón, pero siempre en camino hacia Dios”. En segundo lugar, una espiritualidad de apertura: los agustinos, explica, no tienen un único apostolado. Están disponibles para lo que la iglesia necesite. “Y esto es una característica también muy bonita del Papa León: siempre ha sido así, abierto a lo que la iglesia nos pide”.

En un año de pontificado, esa apertura se ha traducido en posicionamientos que van desde la condena de las guerras —calificando ciertos discursos bélicos de “inaceptables”— hasta el apoyo explícito a los migrantes, pasando por un histórico viaje apostólico a África que lo llevó a hablar, en Camerún, de “un puñado de tiranos” que destinan miles de millones a la guerra mientras los pobres mueren. Sus palabras fueron leídas como una respuesta indirecta a Washington. Luis Marín no lo dice así, pero resulta evidente. Lo que sí subraya es el principio que guía todo: “Testimoniar el Evangelio con todas sus consecuencias”.

Latinoamérica está en su corazón

León XIV vivió largos años en Perú como misionero agustino. Esa experiencia, que lo llevó incluso a adquirir la ciudadanía peruana, ha dejado huellas que Luis Marín identifica con precisión. “América Latina lo marca. Yo diría que fundamentalmente hay rasgos muy bonitos, como es esa sencillez, esa profundidad también, la cercanía, el estar al lado siempre de los necesitados, la cuestión social, la opción por los pobres, muy fuerte. Y también yo añadiría lo que es la piedad popular”.

Para los lectores de DIARIO LAS AMÉRICAS, la afirmación tiene un peso particular. Cuando se le pregunta directamente si León XIV puede considerarse un papa latinoamericano, Luis Marín no titubea: “Sin duda alguna, el papa León XIV conoce Latinoamérica, ama Latinoamérica y es latinoamericano”.

No es una concesión diplomática. Es la constatación de que veinte años en tierras peruanas no son un paréntesis biográfico, sino una formación que ha moldeado una manera de ver el mundo, de entender la pobreza, de leer el Evangelio desde las periferias.

Un año de impulso

Al preguntarle cómo resumiría el primer año del pontificado en una sola frase, Luis Marín de San Martín reconoce la dificultad de la síntesis. Pero lo intenta: “Estamos conociendo a la persona y aprovechando la riqueza doctrinal que nos regala. Es un año de conocimiento, un año de darnos cuenta del enorme regalo que el Señor nos ha hecho con el Papa León XIV”.

El limosnero del papa explicó que León XIV es “un papa en construcción” y pidió orar por él, seguir sus enseñanzas y, por sobre todas las cosas, esforzarnos en la búsqueda de “caminos de concordia y de paz”.

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