Estas últimas semanas hemos estado altamente influenciados por el desarrollo exitoso del Mundial de Fútbol en Rusia, además de las lógicas sorpresa, triunfos y derrotas no pronosticadas con antelación, sin duda alguna que estamos disfrutando de un hermoso espectáculo deportivo de alta calidad profesional.

En medio de juegos, vítores y lágrimas, los hechos políticos no han dejado de realizarse: hemos tenido dos elecciones presidenciales en América Latina. Primero Iván Duque ganó abrumadoramente los comicios presidenciales en Colombia, apuntalando las posiciones ideológicas de la derecha tradicional, mientras su equipo nacional, a pesar de una derrota final por penaltis, demostró en la cancha, ante el campeón Inglaterra, coraje, inteligencia, trabajo de equipo, disciplina y sobre todo un gran pundonor y dignidad por su amor a la patria, un digno ejemplo deportivo. Colombia es campeón sentimental de millones de fanáticos en el mundo.

La otra elección fue la de México, donde el candidato de la izquierda castro comunista, AMLO, prácticamente barrió en todo el país, con las posiciones tradicionales e históricas de los partidos PRI y PAN. Al contrario de Colombia, el triunfo de Andrés Manuel López Obrador abre una serie de expectativas, más allá de los normales relaciones diplomáticas y comerciales entre países, por el fuerte ingrediente ideológico de su posición frente a determinadas políticas económicas y sociales, en especial con los Estados Unidos y Canadá. Por su parte, el equipo nacional mexicano caía derrotado frente al gigante y excampeón mundial, Brasil, 2 goles a 0. ¿Fatalidad o premonición?

Esta rara combinación de política y mundial de fútbol nos lleva a mantener un lenguaje parecido a las confrontaciones deportivas. Ya para el domingo 15 de julio se cierra el círculo definitivo de este mundial en Rusia, teniendo al campeón y subcampeón, fruto del desenlace de los equipos ganadores y clasificados a la final de los héroes del torneo. Hasta la próxima jornada mundialista.

Pero la política sigue su curso, no se detiene, no tiene tiempo limitado, ni árbitros, ni normas puntuales que impidan continuar su marcha ascendente o descendente, según el prisma que tengas de cada opción regional, nacional o internacional.

En el caso de Venezuela, el enfermo no mejora, la fiebre o endemia divisionista sigue haciendo estragos en las filas opositoras, aumentando e incrementando la desolación, incertidumbre, desespero y desconfianza general. La reciente decisión del histórico partido Acción Democrática, cuyo fundador Rómulo Betancourt no ha tenido en esta generación actual un fiel discípulo, intérprete de su cultura y experiencia política ideológica, capaz de liderar y conducir a su partido hacia la construcción de una nueva Venezuela, a partir de la derrota final de la dictadura de Maduro, con sentido de amplitud, convergencia y tolerancia democrática, ha constituido un verdadero autogol para los intereses de una oposición dividida aún más y carcomida por el germen de la arrogancia, sectarismo, vedetismo, y protagonismo personal. Los sagrados intereses nacionales de la patria: ¡Bien, gracias!

He leído y releído las declaraciones y argumentos expresados por Henry Ramos Allup, secretario general de AD, y juro no haber encontrado un solo argumento serio y de peso racional político, para tan desacertada decisión de excluirse de la MUD, solo excusas banales, que no justifican nada serio que comprometiera el futuro del gran partido del pueblo. Decir que "no hubo primarias para elegir al nuevo secretario ejecutivo de la MUD y que no se cumplía con un cronograma de giras políticas al interior", es justificar lo injustificable. No hay razones de peso para ello. No voy a especular ni expresar teorías maquiavélicas sobre esta decisión soberana de los adecos, la respeto, pero no la comparto.

Este AUTOGOL adeco a la unidad, tendrá consecuencias muy negativas en el seno de la oposición, democrática. La agonía se expande, la falta de una estrategia de lucha coherente con sentido convergente y unitario va a fortalecer más al régimen castro comunista, y a dilatar más el proceso de aglutinación de fuerzas, para impulsar con la comunidad internacional acciones concretas para derrotar a la dictadura. Ya perdimos el voto de México y su gran apoyo diplomático en la OEA y la ONU. Es parte de la tragedia que sufrimos, por la ausencia de un líder o liderazgo claro y definido con la realidad actual de la sociedad venezolana. ¡Rómulo, Caldera, CAP, LHC, cuánta falta nos hacen?

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