Argentina, ¿a dónde vas? Es la gran pregunta y de muy difícil respuesta. Y cada vez y a cada hora más difícil. Es impredecible.

Crece la fila de los que sostienen que será una nueva Venezuela. Si se detiene la mirada en los insucesos de hoy y el caos creciente, es probable. Hay diferencias, sin embargo.

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Venezuela en lo económico depende del petróleo y quizás algo más que haya bajo tierra y que ya está hipotecado.

Son muchas y muy variadas las fuentes de riqueza del país sureño, en cambio.

Nicolas Maduro y sus cómplices han sido señalado por la propia ONU como responsables de crímenes de lesa humanidad. “Ejecuciones arbitrarias y uso sistemático de la tortura”, acusa el informe de casi 450 páginas de los expertos del organismo mundial. En Argentina hasta tanto no se ha llegado; ni cerca.

En Venezuela no hay un poder judicial independiente. En Argentina aún hay jueces rescatables que hasta ahora muestran una cierta independencia. Pero, ¿hasta cuándo? En las últimas horas tres de esos magistrados, los que venían actuando en varias causas por corrupción contra la vicepresidenta Cristina Kirchner, a instancia de ésta, han sido trasladados. Esto es, sancionados y separados de dichas causas.

En Venezuela mandan los militares. Maduro es un mero testaferro. En Argentina los militares de hecho no existen; están desaparecidos. Tras más de medio siglo –desde 1930 hasta principios de los ’80– en que los uniformados tomaron el poder ilegítimamente en seis ocasiones, desde el año 1983 no se meten en nada. Y eso que en alguna ocasión lo quisieron tener.

Hace unas semanas el expresidentes peronista Eduardo Duhalde deslizó la advertencia o idea del riesgo de un golpe de estado. Provocó gran revuelo. Los más sensatos preguntaron quién lo iba a dar y concluyeron que los militares no, pues estos se mantienen apartados desde hace mucho. Puede sí, fue la respuesta más repetida, que lo den los Kirchner –Cristina y su hijo Máximo– para lo cual aquella definitivamente desplazaría al presidente Alberto Fernández, y asumiría efectivamente el poder que ya ejerce en gran medida en su condición de vicepresidenta de la República.

La situación es caótica. El citado Duhalde acaba de expresar que “Alberto Fernández está mareado” y que no está capacitado para gobernar en tiempos de crisis. ¿Y en quién piensa?

Mientras tanto los números no ayudan; baja y mucho la imagen del presidente, mientras crece la pobreza extrema, es atroz la inseguridad pública, la inflación está desbocada, turismo cero, desocupación creciente, cierran miles de empresas.

Y por si fuera poco en el país donde se ha aplicado la más estricta cuarentena cada vez es mayor el numero de contagiados y fallecidos por efecto de la pandemia. Hace dos meses era una de las pocas cosas buenas de la que podía hablar el presidente Fernández, pero ya no. Los contagiados bordean los 600 mil y hay más 13 mil muertos. Ya superó a Chile y se ubica en el número 14 en el mundo.

Y el presidente Fernández habla y habla todos los días y cada vez se enreda más y para peor. Los hechos no lo ayudan para nada. Acaba de tomar nuevas medidas restrictivas para la compra de dólares y en el mercado paralelo –llamado “el blue”– el valor de la unidad norteamericana se ha disparado y ha llegado a una cotización record.

El presidente explica que no hay razón para que los argentinos compren dólares y que tengan ahorro en esa moneda. Simultáneamente –y como muestra del momento que se vive– la prensa reveló que uno de los mayores tenedores de depósitos en dólares –más de 3 millones– es el diputado Máximo Kirchner, hijo de Néstor y Cristina. ¿Será, nomás, el heredero? ¿Y por qué vía?

¿Camino a Venezuela? Puede que sí, puede que no, pero sin duda transita por terreno muy pedregoso y no se vislumbra un buen destino.

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