martes 7  de  julio 2026
ANÁLISIS

Fabricantes de destinos rotos. Václav Havel [I]

Historia de destinos rotos que no se reparan del todo, pero que recuperan sentido y terminan bien, dándole pulmón a la lengua, a la cultura, a las buenas y nobles costumbres

Diario las Américas | ORLANDO VIERA-BLANCO
Por ORLANDO VIERA-BLANCO

“La esperanza no consiste en creer que todo saldrá bien, sino en saber que algo tiene sentido, independientemente de cómo termine.” —Václav Havel

Conocí a Václav Havel. Al menos en mí imaginario idealista. No de forma auténtica como los notarios certifican los encuentros ni los historiadores levantan acta de los hechos. No estreché su mano, no compartí una mesa con él, pero sí escuché el sonido de su voz atravesando una habitación, un teatro, una cárcel. Hay hombres cuya conversación comienza precisamente cuando el tiempo ya no puede interrumpirla. Havel pertenece a esa extraña estirpe. Lo encontré muchas veces, aunque no coincidimos en el calendario, compartir y admirar sus ideas, me hicieron conversar con él como un hijo que habla con su padre .

Hoy en medio de la tragedia que nos embarga quiero hablar de resiliencia, de carácter, de compostura. Qué mejor representación de esas virtudes que relatar el pensamiento de un ser humano excepcional que trasciende a los tiempos.

Un gigante Checo llamado Václav Havel, que entendió lo que alguna vez Françoise Huguenin Maistre alertó a la humanidad después de la revolución francesa: “Una revolución no puede estar por encima del sentido racional y humano del individuo”. La restauración de la condición universal, la defensa de los derechos del hombre, no puede ser sanguinaria sino virtuosa. Y esa virtud es la justicia, la verdad, la cultura, la lengua, la historia, que impide la ingratitud y la violencia, rescatando el sentido universal y genuino del ser pensante. Lo otro es un sin sentido a la vida.

La primera vez fue en una prisión. Una definición de dignidad.

No era una cárcel cualquiera. Tenía el olor de las dictaduras: humedad, hierro oxidado y silencio administrado. Los muros parecían construidos no para impedir que alguien escapara, sino para convencerlo que la libertad había dejado de existir. Allí estaba él, inclinado sobre una mesa diminuta, escribiendo con una calma desconcertante. No levantó la vista cuando entré. Havel es reconocido como un hombre tímido, callado, discreto.

—Llegas tarde —dijo. Miré alrededor buscando quién hablaba.

—¿Me conocía? Sonrió.

—Todavía no…Comprendí entonces que las cárceles tienen una manera distinta de medir el tiempo. Hablan aun estando vacías.

Antes de convertirse en el presidente que condujo a un país hacia la democracia sin disparar un solo tiro, Havel había sido declarado enemigo de su propio Estado. Su delito consistía en escribir obras de teatro donde el absurdo era tan parecido a la realidad que el régimen decidió prohibir ambas cosas. Los totalitarismos sienten más miedo de un dramaturgo que de un general, escribió. Los generales ocupan ciudades. Los escritores ocupan conciencias. Y las conciencias son mucho más difíciles de desalojar.

—¿Por qué escribe? —pregunté. No respondió enseguida. Siguió escribiendo una línea más. Luego levantó la vista.

—Porque algún día alguien tendrá que saber que la mentira nunca consiguió convertirse en verdad únicamente porque todos decidieron repetirla.

Aquella frase no era una consigna política. Era una definición de dignidad. Y por eso, también escribo…

La culta Praga. La hegemonía como método.

Havel nació en una familia culta de Praga. Su infancia transcurrió entre libros, conversaciones y teatros. Después llegaron los hombres convencidos de poseer la verdad absoluta.

Como ocurre siempre comenzaron prohibiendo libros antes de prohibir personas. El nuevo régimen comunista decidió que el apellido Havel representaba una clase social incompatible con el futuro.

De un día para otro, aquel muchacho descubrió que podía ser castigado no por lo que había hecho, sino por quienes habían sido sus padres. Las dictaduras sienten una fascinación enfermiza por la culpa hereditaria. Necesitan convencer a las nuevas generaciones que la justicia consiste en castigar retrospectivamente la historia. El resentimiento lamentablemente, también es libre.

Ya lo advertía Isaiah Berlín en su ‘Leño torcido de la Humanidad' [Le Bois Tordu de l’humanité]: El peligro de las ideologías que se abanderan en ‘principios universales’, es que le dan una aplicabilidad absolutista y totalitaria ofreciendo perfeccionar la humanidad. Lo peligroso de esa empresa, es que la humanidad es imperfecta, y no existe pensamiento que enderece esa madera torcida [Dixit Kant].

Havel entendió perfectamente que el primer imperfecto era el hombre, era él mismo, por lo que es menester comprender que en la tradición, la pluralidad, la justicia, la verdad y el progreso, son el camino más corto a la felicidad [que tampoco es completamente recta].

Mientras caminaba por una Praga cubierta de nieve imaginé al joven Havel comprendiendo que el Estado podía cerrar universidades pero no impedir que un hombre siguiera pensando. Hay derrotas que producen reconcomios. Otras producen carácter. Él eligió lo segundo. Entré en un teatro vacío. Sobre el escenario no había actores. Sólo sillas.

—Aquí comenzó todo—le escuché decir, desde los telones…

Los grandes revolucionarios casi nunca descubren la revolución en una plaza. La descubren en una biblioteca, en un taller, en un laboratorio o en un escenario.” Si no que lo diga Cabrujas, Chocrón, César Rengifo, Chalbaud o Elisa Lesner[…] Havel entendió muy pronto que el poder totalitario no sólo controla la policía. También controla el significado de las palabras.

No llama censura a la censura. La llama protección. No llama propaganda a la propaganda. La llama educación. No llama miedo al miedo. Lo llama paz. No llama tortura a la tortura, la llama constitución, y en eso [la] convierten: en letra a su medida o muerte.

-En mi país ha ocurrido una tragedia, un terremoto, después de muchos años de sufrimiento y anomia. ¿Qué podemos hacer?

-Escribe, me comentó. Pero no lo hagas para satisfacer tu desasosiego, sino para dar acompañamiento que es entendimiento. No escribas para sembrar más odio e intemperancia. Escribe para rescatar la tradición, la cultura, la pluralidad, que es conocimiento y sabiduría, la mejor garantía del reencuentro y de la paz sostenible.

Entonces comprendí por qué escribía teatro. Porque el teatro posee una virtud extraordinaria: obliga al público a reconocer su propia máscara. Muchos creen que las dictaduras se sostienen gracias a las armas. Es un error. Las armas sirven para conquistar. No para permanecer. Los regímenes sobreviven porque millones de personas aceptan repetir diariamente pequeñas mentiras. Es lo que llama Gramsci la hegemonía cultural. El tema es que los dictadores lo asumen como método, como medio, como justificación, no como fin, como misión.

Y escribo, no para que me lean, sino para que me escuchen...porque las palabras que mejor llegan al listón, son aquellas que traen la melodía de la esperanza, no el desentono de la revolución. Es prosa hecha música en silencio, que despeja nebulosos corredores, dan socorro a los estrangulados y limpian los espacios de las impurezas que va nauseante entre vientres de tabernas oxidadas o de tierra arrasada, donde la luz entrará aún por una ventana, sin pedir permiso para hacer historia.

La luz que vence el miedo.

Havel lo comprendió mejor que nadie. Años después escribiría una metáfora que le dio la vuelta al mundo. La del tendero que coloca un cartel político en su escaparate donde dice “Proletarios de todos los países, uníos”. Quizás no crea una sola palabra de ese cartel pero lo exhibe simplemente para evitar problemas, siendo que cada vez que lo hace, fortalece un sistema basado precisamente en ese ritual colectivo de simulación. Y lo cuelga como quien se pone una soga al cuello.

Volviendo con Maistre en su obra Estudios sobre la Soberanía, mucho cuidado con la simulación abstracta de los principios de Liberté, Égalité et Fraternité, postulados sin tolerancia [Tocqueville], porque cabalgan sobre ‘el ideal’ de la guerra de todos contra todos, que mata a la razón.

La noche cayó sobre Praga. Le pregunté si odiaba a quienes le habían robado la juventud. Guardó silencio. Mucho tiempo después dijo algo que todavía hoy continúa persiguiéndome.

—El odio termina pareciéndose demasiado al enemigo. Ninguna revolución merece sobrevivir si necesita fabricar nuevos verdugos, nuevos reflujos, nuevos enemigos. Como tampoco merece ninguna alternativa, llegar a poder mantener vivas las diferencias. No es fácil, pero intentarlo es el poder de los sin poder, que no saben de privilegios sino de gratitud.

Aquella frase explica mejor la vida de Havel que cualquier tratado de ciencia política. Porque su verdadera batalla nunca fue contra el comunismo. Fue contra la tentación de parecerse al comunismo o a una falsa revolución. Los años siguientes trajeron interrogatorios, censura, persecución y finalmente la cárcel.

Las autoridades podían prohibir sus obras. No podían impedir que siguiera escribiendo. Podían encerrarlo. No podían gobernar su conciencia. Mientras recorremos el pasillo de la prisión me señaló una pequeña ventana. Entraba apenas un hilo de luz.

—¿Ves aquello? Asentí.

—Ellos creen que es una ventana.

Para mí es una puerta abierta. Mientras exista un lugar por donde entre la luz, todavía tienen trabajo porque esa luz es conocimiento, es convicción, es pensamiento, es acción, que es carácter. Le pregunté si alguna vez tuvo miedo. Rió. Una risa cansada.

—Todos los días. Quien dice no tener miedo casi siempre miente. El valor no consiste en ignorar el miedo. Consiste en impedir que el miedo decida por uno. […] Aquella respuesta me recordó que solemos admirar a los héroes porque imaginamos que nacieron distintos. Es exactamente al revés. Los admiramos porque eran iguales a nosotros y aun así, hicieron lo correcto en medio de su natural imperfección.

Las cartas an Olga. El poder de los sin poder

En las noches de cárcel [1979-1983] escribía cartas a Olga, su esposa. No eran cartas de un preso. Eran cartas de un hombre empeñado en seguir siendo libre. Descubrí entonces que la libertad tiene muy poco que ver con las puertas abiertas. Hay personas esclavas viviendo en democracias. Y hombres completamente libres dentro de una celda, porque la luz no entra por una ventana, sino por la conciencia, haciéndose un portón de brazos abiertos.

Cuando abandoné aquella prisión la nieve seguía cayendo sobre Praga. Miré hacia atrás. Él continuaba escribiendo. No sabía entonces que aquel hombre saldría algún día para convertirse en presidente de su país. Tampoco sabía que llegado ese momento, tendría la rara grandeza de no convertir su sufrimiento en un programa de gobierno sino en un postulado de redención y paz.

Hay hombres que llegan al poder para ajustar cuentas. Otros llegan para cerrar heridas. Havel pertenecía a estos últimos. Y acaso por eso sigue siendo necesario recordarlo hoy, cuando el mundo parece haber olvidado que la democracia no consiste en derrotar enemigos, sino en impedir que el resentimiento ocupe el lugar de la justicia.

Y llegó la Revolución de Terciopelo, su ensayo El poder de los sin poder, su llegada a la presidencia, su rechazo a la venganza y el sentido de la frase que da título a esta obra: Fabricantes de destinos rotos, donde no quiero librar mis propia angustia, sino construir puentes a destinos virtuosos, sobre la misma tierra y sobre el mismo mar que en apariencia, nos quita la vida. No es la naturaleza, es la simulación de la madera que pretende enderezar al hombre, pero lo rompe.

En nuestra próxima entrega compartiremos las experiencias de Havel camino a la Presidencia de la República Checa, su tránsito de los recuerdos sangrientos y oscuros al gran desafío del reencuentro, la recuperación cultural, la verdad como misión y la paz como resultado.

Historia de destinos rotos que no se reparan del todo, pero que recuperan sentido y terminan bien, dándole pulmón a la lengua, a la cultura, a las buenas y nobles costumbres [Continuará...]

Abogado. Ex Embajador en Canadá
@ovierablanco [email protected]

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