viernes 29  de  agosto 2025
EDITORIAL

Bolívar pidió ayuda a Inglaterra... ¿por qué aceptarla hoy de EEUU sería traición?

La independencia no fue obra aislada: Bolívar negoció apoyos externos; hoy Venezuela enfrenta un régimen imposible de desmontar sin alianzas internacionales

Diario las Américas | EDITORIAL DIARIO LAS AMÉRICAS
Por EDITORIAL DIARIO LAS AMÉRICAS

En septiembre de 1815, Simón Bolívar estaba exiliado en Kingston, Jamaica. Tenía apenas 32 años, pero ya cargaba el peso de un ejército deshecho, ciudades arrasadas y una independencia que parecía un sueño lejano. Fue allí, en medio de la soledad del exilio, donde redactó la célebre Carta de Jamaica. En ese documento, Bolívar no solo delineó su visión de una América independiente y unida; también dejó ver un gesto que la historia oficial suele pasar por alto: pidió ayuda extranjera.

El joven caraqueño, que había visto derrumbarse la primera república y estaba al borde de la desesperanza, comprendía que sin apoyo internacional la gesta emancipadora estaba condenada. Por eso escribió: “¿No está la Inglaterra llamada por una política generosa a prestar su poderoso influjo a favor de nuestra emancipación? ¿No debe ella al comercio y a su grandeza misma esta protección? ¿No le conviene que América libre se abra a sus manufacturas y a su industria? De este modo su influencia sería santificada por el bien de la humanidad, y ella se mostraría a los ojos del mundo como la libertadora de medio globo.”

La solicitud de Bolívar fue clara. No pedía simpatías, pedía intervención. En términos modernos, solicitaba apoyo diplomático, financiamiento, armas, soldados. No había allí ni una pizca de ingenuidad ni de romanticismo aislacionista. Era puro realismo estratégico: solo con la fuerza de un poder internacional podía equilibrarse la balanza contra el Imperio español.

Sin embargo, dos siglos después, cuando en la Venezuela actual figuras como María Corina Machado plantean la necesidad de respaldo internacional —particularmente de Estados Unidos y Europa— para enfrentar a Nicolás Maduro y al entramado criminal que sostiene su régimen, en especial el Cartel de los Soles, el chavismo y algunos que se presumen de un patriotismo puro, los acusan de traidores. Los mismos que se golpean el pecho llamándose “hijos de Bolívar” son los que se indignan si alguien recurre a Washington en busca de ayuda. La incoherencia es tan grande que, si aplicaran la misma vara, tendrían que acusar de traidor al propio Libertador de las Américas.

El oficialismo manipula la historia como quien manipula un espejo roto: solo muestra los fragmentos que convienen. Se repiten hasta el cansancio las frases épicas de Bolívar, se le viste de bronce y se le presenta como un héroe solitario, pero se ocultan sus derrotas, sus dudas y, sobre todo, sus negociaciones internacionales. Bolívar pidió apoyo a Inglaterra, aceptó ayuda de Haití, utilizó combatientes europeos y buscó reconocimiento diplomático en el extranjero. La independencia fue, en gran medida, un esfuerzo multinacional. Sin Inglaterra, sin Haití y sin las alianzas que logró tejer, probablemente España habría sofocado las revueltas en cuestión de meses.

En Haití, Alexandre Pétion ofreció barcos, hombres y municiones, con una condición clara: la abolición de la esclavitud. Bolívar aceptó. Fue una negociación política en toda regla, un pacto pragmático. ¿Eso lo convirtió en traidor? Nadie lo discute hoy. Al contrario, se celebra como parte de su grandeza. Entonces, ¿por qué llamar vendepatria a quienes, en 2025, entienden que sin presión externa es imposible desmontar un régimen sostenido por dinero ilícito, asesoría cubana, vínculos con Irán y Rusia, y grupos irregulares en la frontera?

La oposición lo ha dicho sin rodeos: no se trata de una invasión extranjera ni de entregar la soberanía, sino de generar condiciones reales para una transición democrática. Solos, los venezolanos no pueden derrotar a un poder que controla armas, instituciones, recursos y represión. Y del mismo modo que en 1815 Inglaterra veía ventajas económicas en una América libre, hoy a Estados Unidos y Europa les interesa la estabilidad regional, la seguridad energética y la contención del crimen transnacional que sostiene y representa el régimen chavista. Las alianzas nunca son gratuitas, pero tampoco lo fueron en tiempos de Bolívar.

Aquí está la paradoja: quienes gritan “¡traición!” son los mismos que aplauden la injerencia cubana en la Fuerza Armada, la asesoría rusa en materia militar o la entrada de capitales turbios iraníes en la economía venezolana. Para ellos, pedir ayuda a las democracias de Occidente es pecado mortal, pero arrodillarse ante La Habana o Moscú es patriotismo. Esa doble moral explica por qué la palabra “soberanía” ha terminado convertida en una consigna hueca.

Lo que en el fondo revela este debate es que la figura de Bolívar ha sido secuestrada por la propaganda. El chavismo creó un Bolívar de cartón piedra, perfecto y monocromático, que no se parece al hombre real. El Bolívar humano dudaba, fracasaba, negociaba, pedía apoyo. Y es justamente en esa dimensión donde su ejemplo resulta más valioso: supo entender que la libertad de los pueblos no se construye en aislamiento, sino con aliados.

En la Carta de Jamaica, Bolívar también escribió: “La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino.” Esa unidad no fue solo un ideal romántico, fue una necesidad práctica. Y esa misma necesidad se repite hoy. Frente a un régimen autoritario con tentáculos internacionales, el aislamiento es suicida.

La pregunta que queda sobre la mesa es incómoda pero inevitable: ¿quién es más fiel al legado de Bolívar? ¿El chavismo que lo invoca como excusa mientras pacta con dictaduras extranjeras, o quienes, como María Corina Machado, entienden que la libertad requiere alianzas internacionales, tal como lo entendió el propio Libertador?

En la Carta de Jamaica, Bolívar soñaba: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria.” Ese anhelo no pertenece al pasado. Sigue vigente en una Venezuela que, dos siglos después, enfrenta otro tipo de cadenas.

Por eso, más que discutir si pedir ayuda es traición, lo que corresponde es sincerarse con la historia. Porque no se puede venerar a Bolívar en las plazas y condenar a los opositores que repiten su misma estrategia. No se puede hablar de soberanía con la boca llena de alabanzas al Libertador y, al mismo tiempo, callar que sin la ayuda extranjera Bolívar jamás habría triunfado.

La libertad rara vez se logra desde la soledad y sin ayuda. Ni en 1815 ni en 2025. Bolívar lo entendió desde Jamaica. Ojalá los venezolanos de hoy lo entiendan también y quienes se alineen con el chavismo, señalando de “traidores a la patria” a sus coterráneos para seguir apoyando al régimen, también los hace cómplices del Cartel de los Soles.

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