Después del cuestionamiento que hace el binomio Fidel Castro-Lula da Silva del modelo electoral democrático, que se proponen destruir a partir de 1990-1991 para asegurarse la continuidad en el ejercicio de los espacios de poder conquistados entonces por el Foro de São Paulo, cabe registrar lo que para ellos cuenta como premisa fundamental, a saber, la de oponerse a la “guerra andina” contra el narcotráfico.

Los redactores de la Carta Democrática Interamericana, que frisa su 20° aniversario, no obstante, reducen su debate a la experiencia formal del gobierno peruano de Alberto Fujimori; que contando su ejercicio con legitimidad de origen se tornó antidemocrático. Y no hurgan en los móviles de tal degeneración. No consideran la incidencia que ya tenían el narcotráfico y el terrorismo en el declive democrático regional y peruano.

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Sobre la cuestión apenas repara de modo nominal, sin más, la Convención Interamericana contra la Corrupción de 1996, adoptada un lustro antes, al evidenciar “los vínculos cada vez más estrechos entre la corrupción y los ingresos provenientes del tráfico ilícito de estupefacientes”.

Ni siquiera influye en la redacción de la Carta y para su exégesis, que el día de su aprobación, el 11 de septiembre de 2001, el terrorismo deslocalizado haya derribado las Torres Gemelas de New York en suerte de anuncio de la fractura en curso de las bases del Derecho internacional y los sólidos intelectuales de Occidente.

El fondo del asunto, que se delinea desde hace tres décadas a nivel global y tiene como laboratorio a América Latina, es analizado desde sus ángulos centrales, enhorabuena, por el Vaticano.

Juan Pablo II advierte ante la XXV Jornada Mundial por la Paz, que a partir de 1989 “el terrorismo se ha transformado en una sofisticada red de connivencias políticas, técnicas y económicas, que supera los confines nacionales y se expande hasta abarcar todo el mundo. Se trata -dice- de verdaderas organizaciones dotadas a menudo de ingentes recursos financieros que planifican estrategias a gran escala, agrediendo a personas inocentes y sin implicación alguna en las perspectivas pretendidas por los terroristas”, dice el Pontífice.

Tres años más tarde, a 18 días de su elección a la Cátedra de Pedro, el actual Papa Emérito, Benedicto XVI, tras lo anterior apunta a lo vertebral: “El verdadero y más grande peligro de este momento está justamente en este desequilibrio entre la energía moral y las posibilidades técnicas [las revoluciones de lo digital y la inteligencia artificial, que disuelven espacios y sólidos culturales también desde 1989, incluida la geografía política de los Estados].

La seguridad que necesitamos como presupuesto de nuestra libertad y dignidad –precisa Joseph Ratzinger, como Cardenal- jamás puede venir de sistemas técnicos de control [incluida la fuerza, sobre todo la que integra a la criminalidad con la política y trasiega ahora por las plataformas digitales], sino que sólo puede surgir de la fuerza moral del hombre. “Allí donde ésta falte o no sea suficiente, el poder que el hombre tiene se transformará cada vez más en un poder de destrucción”, argumenta.

Ratzinger traslada los efectos de lo que ve al campo del poder y la libertad. Recuerda que la cultura ilustrada nuestra en declinación está sustancialmente definida por los derechos de libertad: “La libertad como un valor fundamental que lo mide todo... la libertad para expresar la propia opinión, a condición de que no meta en duda justamente este canon; el ordenamiento democrático del Estado, es decir, el control parlamentario sobre los organismos estatales; la formación libre de partidos; la independencia de la Justicia; y, finalmente, la tutela de los derechos del hombre y la prohibición de las discriminaciones”.

Pero no se queda en lo descriptivo. Él va hasta los tuétanos de lo que ocurre tras el ‘socialismo del siglo XXI’, del fenómeno inaugural citado de Fujimori, del sincretismo entre la política, la criminalidad transnacional y el ecosistema digital, como síntomas de una deriva de profundo calado y en avance.

“En un mundo basado en el cálculo, el cálculo de las consecuencias determina lo que se debe considerar como moral o no moral. Y así, la categoría del bien, como había sido expuesta claramente por Kant, desaparece. Nada en sí es bueno o malo, todo depende de las consecuencias que una acción permite prever”, denuncia el ahora Papa Jubilado, cuya personalidad rememora al otro Papa que fija Nietzsche como personaje de su obra, Así habló Zaratustra (1883).

Hace presente que se desarrolla esta vez “una cultura que, de una manera desconocida antes por la humanidad, excluye a Dios de la conciencia pública, ya sea negándole totalmente, ya sea juzgando que su existencia no es demostrable, incierta, por tanto, perteneciente al ámbito de las decisiones subjetivas”. Lo que se pierde y se está perdiendo en Occidente con dicha tendencia direccional, lo ilustra en su discurso «Europa en la crisis de la cultura» –es la abdicación a nuestras raíces cristianas, por creer que la mención o referencia hacia Dios implica intolerancia hacia los otros credos o culturas; pero antes bien olvida que “los musulmanes, que con frecuencia son llamados en causa, no se sienten amenazados por nuestros fundamentos morales cristianos, sino por el cinismo de una cultura secularizada que niega sus propios fundamentos”.

“La mención de Dios –entendido como límite moral hasta por los no religiosos- no ofende a los pertenecientes a otras religiones, lo que ofende a aquellos es más bien el intento de construir la comunidad humana sin Dios”, concluye Joseph Ratzinger. De donde, no por azar, hoy en Afganistán se entiende Occidente con los talibanes y, asímismo, lo hace en México con el gobierno narcoterrorista de Venezuela. Espera de ambos que morigeren sus atrocidades. Nada más.

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