Se llama Pedro, Pedro Sánchez y es el presidente del Gobierno de España desde antes del verano. Y es ese tipo de personas a las que si les cortas un dedo de la mano, le crecen tres. En España empleamos una expresión para describir a tipos así de afortunados: “Nació con una flor en el trasero”. Un tipo con suerte.

Es el líder del PSOE, lleva más de cien días como presidente del Gobierno y jamás ha ganado unas elecciones. Pero ahí está, intentado obligar al país un repentino giro a la izquierda que no han pedido los ciudadanos e irrumpiendo con fuerza en la anodina política europea. Pero déjame que te cuente algo: hace solo unos meses Sánchez era un “cadáver político”. Irrelevante en todas las encuestas. Desprestigiado en su propio partido. Sin opciones de llegar a ser algún día Presidente, la mayor de sus ambiciones. Y ahí lo tienen: la prensa ha pasado de despreciarlo a compararlo con Obama. No pierdas detalle del viaje de Sánchez que voy a relatarte porque esto también puede ocurrir en tu país.

El primer cargo de Pedro Sánchez fue el de concejal en el Ayuntamiento de Madrid. No, no lo votaron los madrileños. No salió elegido en 2003 pero una concejala del PSOE renunció a su acta y Sánchez se hizo con su puesto. En las elecciones generales de 2008 tampoco logró los votos necesarios para obtener su escaño en el Congreso. Pero un año después, tras la renuncia del exministro Pedro Solbes, Sánchez ocupó su vacante convirtiéndose en diputado del Congreso.

En las elecciones generales de 2011, Sánchez ocupaba el puesto número 11 en la lista de candidatos a diputados por la circunscripción de Madrid. El PSOE solo obtuvo votos para 10 diputados por Madrid, quedando fuera del corte el número 11, nuestro hombre. Pero la exministra socialista Cristina Narbona renunció a su acta de diputada en el Congreso y una vez más Sánchez logró colarse como diputado ocupando su lugar.

Sin ser miembro de la Ejecutiva del PSOE, sin grandes apoyos, y con los precedentes que acabamos de ver, Sánchez logró en 2014 algo más difícil todavía: sustituir a Alfredo Pérez Rubalcaba como líder del PSOE.

Aunque entonces ya pensábamos que Sánchez era el único hombre sobre la tierra que podría llegar a ser Papa sin ordenarse sacerdote, lo mejor estaba por llegar.

Intentó ser presidente por primera vez en 2016. En las elecciones generales de 2015 el resultado fue ajustado: el PP de Rajoy obtuvo una mayoría simple con el 28% de los votos. La ley en España contempla un peculiar formalismo: tras las elecciones, es el Rey quien abre una ronda de consultas con los partidos para proponer un presidente del Gobierno, y finalmente es el Congreso de los Diputados el que vota su investidura o lo rechaza.

Tradicionalmente el Rey propone al ganador de las elecciones y tradicionalmente también el candidato propuesto por el Rey es investido presidente por el Congreso. En 2016 por primera vez en la historia no fue así. Rajoy no disponía de apoyos en el Congreso para ser investido presidente, por eso rechazó la propuesta del Rey de someterse a la investidura. Entonces el Rey se lo propuso a Sánchez, que aceptó de inmediato. Sin embargo, el Congreso no lo quiso: 131 votos a favor y 219 en contra. Así se convirtió en el primer candidato de la Historia que perdía una sesión de investidura tras haber sido propuesto por el Rey.

Inmediatamente después de esta humillante derrota, el sector crítico socialista pasó a la acción y hubo dimisiones en bloque dentro del partido para forzar la salida de Sánchez, que había dejado demasiados cadáveres en casa en su vertiginoso ascenso al poder. Entretanto, tras una nueva convocatoria electoral, Rajoy logró ser investido presidente del Gobierno en 2016. Horas antes, Sánchez, rechazado por su propio partido, renunciaba a su acta de diputado abandonando también su puesto en el Congreso de los Diputados.

Pero… ¡sorpresa! Sánchez no se rindió. En 2017 reapareció y anunció su candidatura a presidir de nuevo el PSOE, logró desbancar a los otros dos candidatos, convirtiéndose otra vez en líder de los socialistas. Fue el primer líder de la oposición de la Historia que no podría ejercer en sede parlamentaria porque no disponía de escaño en el Congreso. Hizo la oposición por Twitter. Y lo hizo tan bien que hoy sus propios tuits de hace un año son la mejor oposición a su propia política.

Las encuestas no le sonreían, más bien se reían de él. A fin de cuentas, había empujado al PSOE a los peores resultados electorales de su historia. Mientras, en el último año se había producido el auge de dos partidos emergentes: los centristas de Ciudadanos, comiéndole su trozo de pastel al PP, y los comunistas de Podemos, comiéndole su trozo de pastel al PSOE. Con ese escenario en España solo se esperaba la llegada de próximas elecciones para, casi con total seguridad, ver un nuevo gobierno liderado por Ciudadanos. Pero no. Habíamos olvidado al tipo que nació “con una flor en el culo”.

Sánchez había trazado minuciosamente un plan, ideado con la tozudez del Wile E. Coyote intentando acabar con el Road Runner. Un solo episodio fue suficiente para enviar al infierno el argumento circular de la serie: el 25 de mayo registró una moción de censura contra Rajoy presentándose él mismo como candidato alternativo a Presidente del Gobierno. Y la ganó. En España la “moción de censura” permite expulsar a un Presidente y nombrar en su lugar a otro, sin elecciones y en solo unas horas: en la votación solo participan los diputados del Congreso.

Nunca hasta ahora había prosperado una moción de censura. Para presentarla hace falta una buena excusa. Esta fue la excusa que Sánchez encontró el pasado mes de mayo: el fallo judicial de un caso que implicaba a numerosos excargos del PP por delitos de corrupción… cometidos diez, quince y hasta veinte años antes. Los ciudadanos ya conocían el contenido del fallo desde hace tiempo. No había novedades y no implicaba a ninguno de los miembros del actual Gobierno de Rajoy. Pero la excusa funcionó. ¿Por qué? Porque Sánchez había logrado un acuerdo subterráneo con todos los partidos menos el PP y Ciudadanos: es decir, se había asegurado el voto favorable de los secesionistas catalanes, de los comunistas de Podemos, de los separatistas y nacionalistas de todo el territorio español, y de los herederos políticos de ETA. Por eso a su hipotético plan de Gobierno se le bautizó como “Gobierno Frankenstein”, en palabras de un veterano líder socialista.

Todos, naturalmente, habían dado su apoyo a Sánchez a cambio de algo. Pero Sánchez, como cuando Windows nos pregunta demasiadas cosas a la vez, dijo “sí a todo” sin plantearse siquiera cómo lo haría efectivo después.

Por primera vez en la Historia de España se produjo un cambio de Gobierno en poco más de 48 horas. Normalmente las elecciones permiten una transición ordenada en el cambio de mando, pero en una moción de censura, la ley no contempla esa transición. Todo ha tenido que improvisarse. Una muestra de las consecuencias de esa improvisación: la dimisión del Ministro de Cultura seis días después de que fuera nombrado por Sánchez. Desde entonces es apodado “El Breve”. Sánchez justificó su moción de censura en el contexto de acabar con la corrupción. Bien, pues a su flamante Ministro le encontraron una intrascendente infracción tributaria de doce años atrás y no le quedó más remedio que marcharse por donde había venido. Si algo no admite el “presidente guapo” es que algo feo le estropee la foto.

Como consecuencia de la llegada al poder de Sánchez, Rajoy se ha retirado de la política y se ha convertido en el primer presidente de la historia en renunciar a su sueldo vitalicio y recuperar su puesto de trabajo como registrador de la propiedad.

Sánchez llegó al Gobierno sin experiencia. Tiene por delante poco más de un año para crearse una imagen de solvencia que le permita pelear por ganar las próximas elecciones. Y ya hemos dicho que ganar elecciones no es su punto fuerte. En ocasiones me recuerda a Karembeu, aquel jugador del Real Madrid que no paraba de acumular trofeos en su palmarés aunque su principal cometido fuera estar en el banquillo de los suplentes o destrozar jugadas a sus compañeros.

Por otra parte, Sánchez dispone de una mayoría mucho más exigua que la de Rajoy en el Congreso, por lo que su margen de acción real es mínimo. Pero ya ha trazado un nuevo plan para mantenerse en el poder: medidas de gran impacto mediático y reforzar su imagen pública. Y creíamos que le estaba funcionando. Una de las últimas encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) anunciaba el milagro: “Baja 10 puntos el pesimismo de los españoles por la situación política tras la investidura de Pedro Sánchez”, titulaba El Mundo. Había truco: Sánchez nombró director del CIS al sociólogo socialista que durante años se ha encargado de dirigir las encuestas del PSOE. Personalmente creo con firmeza en los milagros, pero no en las casualidades.

Sus primeras medidas políticas han dejado en nada las grandes campañas publicitarias de la industria cosmética: el anuncio de la acogida del barco Aquarius con 629 inmigrantes a bordo, después del rechazo y el enfrentamiento diplomático entre Italia y Malta -semanas después miles de inmigrantes africanos intentaron entrar en España asaltando la frontera y lanzando cal viva y excrementos a los agentes-, la negativa de Sánchez a Trump en respuesta a su carta en la que recordaba que España se había comprometido a incrementar el gasto militar –más tarde, después de una bronca de Trump decidió revertir esta negativa y confirmar el compromiso de gasto militar adquirido por España con Estados Unidos hace cuatro años- o el anuncio de la próxima exhumación del General Franco, algo que ha reabierto un inmenso e incierto debate guerracivilista entre los españoles. Esto responde a un viejo proverbio lúdico de la izquierda española contra el aburrimiento: cuando no sepas qué hacer, paséate por la calle con una momia alzada en una pica. Halloween es un invento socialista.

Entre las medidas o declaraciones de intenciones más polémicas del nuevo Gobierno en sus primeros 40 días vimos: el ataque a la enseñanza privada concertada, el anuncio del acercamiento al País Vasco de presos de la banda terrorista ETA, la creación de una Comisión de la Verdad -a la que dediqué mi columna en este mismo diario, 'La Comisión de la Verdad Verdadera-, la exigencia de que las chicas emitan un consentimiento expreso antes de tener relaciones íntimas –la idea de la medida sería evitar violaciones pero los tuiteros se han reído bastante ideando miles fórmulas y formularios de consentimiento explícito-, subidas de impuestos para Sociedades, Banca y empresas tecnológicas, y la supresión de centrales nucleares y del diésel; todavía no han aclarado si a los usuarios de diésel nos van a quemar en alguna plaza pública en un infiernillo de carbón y ramas secas, lo único seguro es que tarde o temprano nos arrancarán el corazón para venderlo después en el mercado negro, que estos que vienen a "regenerar" la política jamás pierden la visión de negocio.

Continuará...

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