El último domingo de marzo callejean las cenizas, sometiendo sus paredes al incienso y empapando de cirio las losas.
Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo
El último domingo de marzo callejean las cenizas, sometiendo sus paredes al incienso y empapando de cirio las losas.
Los balcones se retuercen y rozan los tambores. Las manos del nazareno gotean vela y sangre.
Jesús, a lomos de un platero, cruza los arcos de Jerusalén, a sabiendas de monedas y cruces.
“Se enturbecieron los cielos
y hubo eclipse extraordinario.
Le ha dao un desmayo a María,
al pie del monte Calvario,
viendo a Cristo en su agonía.”
En marzo de 1960, en la ciudad de Nueva York, entre arañazos de nube y la negra lucidez de sus esquinas, Miles Davis se inclinó ante el cante de La Niña de los Peines, ofreciendo latón para su saeta. Zinc y cobre que parpadeaban como neones de los altos de Manhattan acabaron bajo la unción del bronce y campanar de Andalucía:
“Al son de roncas trompetas
a la voz del pregonero
el pueblo se escandaliza
¡Muere, Jesús el Nazareno!”
Hubo eclipse de sol y luna. La ceniza postró su gris contra los ventanales y el incienso vagó por el subsuelo de la metrópolis, adhiriendo su aroma de recuerdo y óbito en los raíles y goteras.
Davis aprendió a viajar por el llanto como lágrimas gitanas: repicó las campanas en Time Square, hizo de alquitranes callejas y de avenidas blancos pedregales. Harlem se vistió con ramas de olivo y los costaleros alzaron a Jesús entre projects y hojas de palma. Envejeció el jazz bajo lo eterno, cediendo el cobre al óxido como cedieron gargantas a la muerte, y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron. (Mateo 27:51)
Claudio Reina
