La vida política estadounidense se ha visto sumida en un maremágnum en los últimos meses. Imbricando sucesos como la victoria presidencial de Joe Biden; las acusaciones de fraude de Donald Trump en las pasadas elecciones; el asalto al Congreso el 6 de enero; o la investidura de la primera vicepresidenta en la historia de EEUU.

Atrás queda Donald Trump. Un presidente que hizo confluir como nadie la dicotomía amor – odio; artífice de una estrategia que desplazó el eje de atención desde los problemas globales al tema doméstico; apegado al arquetipo jacksoniano – Andrew Jackson - por su tendencia nacionalista – populista, alejado del Freedom Caucus -ala más conservadora del republicanismo-, y cercano a los partidarios del prostablishment -moderados-. Sin embargo, aun cuando cualquier movimiento puede suscitar un tsunami histórico, unos, aseguran que trascenderá como el primer presidente a quien se pretende someter a dos impeachments durante su mandato; otros, como la figura que desafió el orden mundial y a las élites de Washington, aglutinando a una “coalición de descontentos”.

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Inconmensurables son los análisis politológicos; siendo recurrente, era de esperar, que la aureola de las pasadas elecciones presidenciales, antecedidas por protestas sociales elevadas al paroxismo político con el asalto al Congreso, conlleve a muchos a anticipar el fin de la hegemonía estadounidense.

La institucionalidad del país se restañará; igual que tras el asesinato de John F. Kennedy en noviembre de 1963; Martin Luther King y Robert Kennedy, en 1968; o posterior a la derrota sufrida en la Guerra de Viet Nam. Aunque no excluyo la necesidad de acciones confluyentes para el reforzamiento de la autoridad del estado, en modo alguno apegadas a la pérdida de libertades; la deconstrucción de un imaginario de anarquía que frene el auge de agrupaciones que atenten contra la estabilidad civil desde el sectarismo, la creación de realidades alternativas o su distorsión.

EEUU posee problemas que conducen al peligro de un “sobredimensionamiento imperial”. Incluyen la creciente deuda pública y el elevado déficit fiscal: acotar que el gasto en el enfrentamiento al COVID–19 en 2020 fue de un 14% del PIB; pero aún el dominio de la información, de las bases de datos globales, las redes, y el sistema financiero especulativo son garantías de un poderío persistente. Ideas, estas últimas, defendidas por Joseph Nye, pensador de elevado arraigo en las filas demócratas, cuyas ideas deben ocupar primeros planos, una vez más, con la llegada de Joe Biden a la presidencia.

Atrás quedó un año perplejo y confuso: este deberá apegarse a la acción. La noticia de vacunas como BioNTech/Pfizer y Moderna comenzó el 2021; siendo su uso autorizado por los reguladores estadounidenses, británicos y europeos. Evidencia de la capacidad de movilización del género humano para encontrar soluciones en este difícil escenario de salud generado por la pandemia.

La actual economía global se soporta sobre la industria farmacéutica; sólo ella puede transmitir confianza a los mercados bursátiles. Los vaticinios de crecimiento mundial en 2021 son optimistas al anunciar un 4.2%; cifra que, de concretarse, sería noticia al revertir ese mismo valor pero de signo negativo el año anterior.

El 20 de enero tomaron posesión los demócratas liderados por la dupla Biden – Harris. Un partido que parece alinearse del modo que lo hizo Obama – Biden. Alejados de los

paradigmas de poder emanados de Alexander Hamilton (hamiltonianos) y Woodrow Wilson (wilsonianos) que dominaron la vida del país desde los años 30 del pasado siglo hasta la llegada al poder de Barack Obama en 2008.

Dentro de sus misiones inminentes sobresalen superar la actual crisis política, económica y de salud; restañar las relaciones con Europa; buscar alternativas para enfriar el diferendo con Irán, quizás, renegociando el acuerdo nuclear - Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) - que EEUU abandonó en 2015, y trascender hacia la búsqueda de soluciones a los conflictos de la región; analizar la actual estrategia comercial con China, aunque Biden sonó concluyente al calificar de “matón” a Xi- Jinping, agregando, “no tiene ni pizca de demócrata, con d minúscula”; una posición que trasciende la guerra comercial, pues urge cerrar los espacios de China y Rusia en la América Latina y el Caribe, beneficiarios de la prioridad conferida al Medio Oriente por la Casa Blanca desde el fin de la “Guerra Fría”.

Los retos republicanos incluyen la certeza o no de la continuidad de Donald Trump como eje aglutinador de la base partidista; lograr un coherente concilio entre el republicanismo establecido y el trumpismo; paliar el empuje demócrata en el Senado y la Cámara de Representantes a través de la Corte Suprema de Justicia; revertir las tendencias de whipping (azotar con el látigo) en sus filas al no alinearse en el Congreso en ocasiones; frenar el acecho de Nancy Pelosi; diseñar una estrategia que atraiga a la “Generación Z” – jóvenes de 18 a 22 años – en su mayoría aliados a Joe Biden; prepararse para intentar salir fortalecidos en las elecciones de 2022.

Ahora se unen para impedir que progrese el impeachment político a Donald Trump en febrero. La reorganización de sus filas incluye barajar nombres de posibles candidatos presidenciales en 2024 como Tom Cotton, Arkansas; el senador de Missouri, Josh Hawley; el vicepresidente Mike Pence, con gran apoyo del sector empresarial; la ex - embajadora ante la ONU, Nikki Haley; y hasta la idea de lanzar al ruedo de esas elecciones a Ivanka Trump - pudiera postularse al senado por la Florida en 2022 - o a Donald Trump Jr. Añoraría la entrada en la escena política de Condoleezza Rice, primera mujer Asesora de Seguridad Nacional en la historia de EE. UU y Secretaria de Estado en 2005 durante la presidencia de George W. Bush.

Llegamos a la segunda década del siglo XXI. En un siglo donde los ejes que articularon el devenir histórico después de la Caída del Muro de Berlín (1989) continúan como el dinosaurio de Augusto Monterroso: “…allí”. Siendo recurrente hurgar respuestas en obras como “El Choque de Civilizaciones”, Samuel Huntigton; “El fin de la historia y el ultimo hombre”, Francis Fukuyama; “La tercera vía”, Anthony Giddens; e “Imperio”, Antonio Negri y Michel Hart.

De algún modo, todos se definen como globalistas o patriotas. Huntigton creía en los estados nacionales como poderosos actores de los conflictos mundiales -patriotas - y Fukuyama en el protagonismo de los organismos multilaterales -globalistas-. “La tercera vía” del inglés Anthony Giddens defiende las ideas socialdemócratas gestadas por Otto Von Bismark en la Alemania del siglo XIX, plagadas de adeptos al proliferar el comunismo después de la Revolución rusa de 1917. Basta un análisis somero para percibir que cuando Antonio Negri y Michel Hart aluden a “Imperio” sus ideas aglutinan a quienes defienden posiciones patrióticas.

Huntington permanece como el gurú intelectual del último período republicano. Describe a los estados nacionales como artífices de los cambios históricos; responsabilizando a la religión, además, de catalizar los conflictos políticos a finales del siglo XX. Otra de sus obras: “Who are we? The challenges to Americas’s National Identity” deviene tótem en un escenario definido por el autor como el más complicado en la historia de EEUU.

Naciones como China y Rusia prefieren apostar al globalismo. Estableciendo un bloque que pretende, sobre todo, lacerar el protagonismo estadounidense en el escenario mundial. En la Cumbre de la Organización de Naciones Unidas (ONU) del 2019, Donald Trump, alertó: “Los lideres sabios siempre ponen el bien de su propio pueblo y de su propio país en primer lugar. El futuro no pertenece a globalistas. El futuro pertenece a los patriotas. (…) En el centro de nuestra visión de renovación nacional se encuentra una ambiciosa campaña para reformar el comercio internacional”.

El gran reto actual de EEUU para lograr “Make America Great Again”o poner “America First” fue resumida por Joe Biden en la Convención Nacional Demócrata: “Esta campaña no se trata solo de ganar votos. Se trata de ganar el corazón y, sí, el alma de Estados Unidos”. A nadie escapa la excepcionalidad del momento político que vivimos: el tiempo tiene la palabra

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