Llevo días haciendo algunos trabajos de campo. Pisotear los terrones que dejan los topos, comer chorizo a la sidra y beber cerveza flotando en la piscina. Entretanto, me he tomado un descanso para no forzar, y me he puesto a podar un árbol. Se trata de un árbol que había nacido torcido, pero que había nacido torcido el mismo día en que Moisés bajó con las Tablas de la Ley. Quiero decir que, hace unos años, nosotros teníamos una casa, un jardín y un pequeño árbol, pero después del último invierno nos hemos encontrado en la finca una selva y un árbol centimolenario que lo abarca todo. Ni rastro de la antigua casa. Se comenta en el pueblo que eso blanco que asoma entre rama y rama podría ser la casa. Pero se comenta sin convicción, entre dientes y bajando la voz, como si la casa la hubiera devorado un monstruo en la última noche de Halloween.

Me dispuse a la gran gesta forestal. Para mi empresa de emergencia –encontrar la casa- disponía de tres herramientas: un cortasetos eléctrico, una Black & Decker Alligator para ramas más gruesas, y un móvil conectado al canal de un youtuber experto en asuntos forestales, jardinería y bikinis.

Llegado el momento, valor. Ante todo, valor. Si mis antepasados hacían fuego con dos piedras, yo puedo romper un árbol. Tomo aire. Apoyo el móvil, equilibrio inestable, entre las ramas a la altura de mi cara, para seguir las instrucciones de cerca. El youtuber comienza a parlotear, de esa manera tan característica que tienen los yuotubers, que invita tanto a dedicarse a la jardinería como a coger la podadora eléctrica y podarlo a él.

En teoría, el cortasetos es como una motosierra light. Pero la arrancas y tan pronto como toma contacto con algo sólido, generalmente una rama, tiende a ascender por ella como si fuera una Harley conducida por un borracho rascando el asfalto de la Ruta 66. La enciendo, ruge con rabia en el aire, toma contacto con el árbol y comienza su alegre caminar bramando a toda prisa por las ramas y alcanzando, como primer objetivo a desbrozar, mi propio teléfono. De modo que ahora tengo dos mitades perfectamente seccionadas. Hay gente que paga un dineral por poder trabajar en sus dispositivos con la pantalla partida. Guerra al drama, me digo. Valor. Ahora vendo el teléfono en Amazon: bueno, barato y exótico. Sin garantía.

Ya sin las sabias instrucciones del youtuber –“dame like si te gusta este vidéo”, “dame like si cortas bien la rama”, “dame like si vas a casarte conmigo al terminar de podar”, “dame like si me das like”, “dame like si te parece que yo estaría mucho mejor en el Lago Ness con una piedra al cuello…”-, comienzo la verdadera poda.

El árbol tiene la altura del K2 o K3 o como se llame el pico ese muy alto donde la gente sube, se congela y baja lista para ser distribuida a las marisquerías, y la anchura de la cintura de Kim Jong-un, pero de Kim Jong-un después de comerse a seis de sus dobles. Para meterle miedo, me disfrazo de astronauta. Para eso y para evitar las picaduras de avispa asiática que están atemorizando a la población de la zona. Cuando era niño los bichos te picaban sin más. Ahora la gente se muere a diario mordida por esas avispas de ojos achinados. Sospecho que y hemos enfadado a la naturaleza.

Entro en materia. Primero efectúo una poda giratoria y superficial –muy vistosa desde Google Earth-, con objeto de averiguar qué esconde ese maldito amasijo de hoja y rama en su interior. Localizado el tronco central y sus mil ramificaciones, pienso que será más fácil podar las grandes ramas desde su origen. Ahí entra en juego mi amiga, la B&D Alligator, un trasto con forma de alicante gigante y que pesa como los huevos de un Minotauro, que cuando aprietas el botón se lleva por delante cualquier cosa que tenga entre sus pinzas. Ventaja: es demoledor. Desventaja: no discrimina.

A cortar ramas se aprende en seguida. La primera, que asciende hasta el cielo y es gruesa y pesada como una antología exhaustiva de Paulo Cohelo, la podo a conciencia en su orondo origen. La inmensa rama oscila en equilibrio ya sin punto de sujeción al árbol. Sonrío satisfecho. Son segundos que duran una eternidad en la vida de un leñador. Al instante, el aire del noroeste torna a viento del sur de carácter huracanado y traidor y yo dudo un instante si habrá sido buena idea ubicarse al norte. La rama cae con encolerizada velocidad, azuzada por las ráfagas, golpeándome el centro de la cocotera con tal fuerza que, de pronto, puedo recordar la tabla de multiplicar del ocho, que nunca había llegado a aprender. También me viene a la memoria el nombre de la matrona de mi propio parto y un puñado de reyes Godos. Pienso entonces que la mejor forma de superar el accidente es cortar más ramas y esquivarlas con la agilidad que me caracteriza en el entorno forestal. No tengo nada que envidiar a los puercoespines en ese sentido. Daños colaterales al margen. Consejo: si vas a podar un gran árbol dile al gato que se aparte, salvo que quieras deshacerte de el.

Terminada la gran poda, quiero darle forma afinando de nuevo las ramitas menores con el cortasetos, que mantiene su empeño de completar la Ruta 66 en tiempo récord. Como caballo desbocado, tritura ramas aquí y allá mientras yo, al borde del infarto, trato de que aquello siga algún orden, de que aquel arbolito pueda parecerse a alguna figura geométrica conocida; pero la sierra endemoniada está por la labor de entrar por la puerta grande en el MOMA.

Comienzo a cogerle gusto a esto de domar el caballo desbocado podador cuando de pronto surge del árbol un inmenso chispazo –divertidísimo- y el trasto se apaga al instante. Huele a churrasco. Intento encender la B&D. No responde. Trato de reiniciarla agarrandola por los extremos y haciéndole cosquillas en el motor. Nada. Le hago él boca a boca. No responde. Meto los dedos por el circuito, justo por detrás de la pegatina roja que pone "nunca meta los dedos por el circuito". Danzo a su alrededor evocando a la antigua deidad de los cocodrilos del Nilo. La Alligator no da señala de vida. Rezo un responso mientras camino en círculos a su alrededor tratando de entender lo ocurrido. Y lo veo. Veo ese extremo de cable blanco perfectamente seccionado. Asumo el desastre. Me palpo las extremidades y órganos básicos de reproducción para confirmar que, en medio de mi apasionada dedicación a la destrucción, tan solo he podado su propio cable. Todo en orden. Menos el trasto averiado. Fin de la poda.

Oteo el cielo. Miro a los ojos al árbol, herido pero no muerto, levanto el ala de mi sombrero y le digo: volveré. Atizo al caballo, doy la vuelta, y vuelo sobre el suelo de la finca hasta el borde de la piscina para volver a la dura tarea de hombre urbanita insertado en el campo: flotar, los chorizos a la sidra y la contemplación del paso de las nubes sobre la tumbona. Y sonrío finalmente con todos los dientes al aire, con esa satisfacción que solo sentimos en el campo los tipos de ciudad, esa satisfacción del trabajo mal hecho.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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