El cielo de este país me parecía intenso, de un azul tan azul que me sabía a mentira. Pero no de esas mentiras malas que se dicen para herir o esconder sino de aquellas piadosas, que uno a veces dice como para que nadie te descubra que tienes una ilusión por dentro.

Me acuerdo recién llegada a USA cuando todavía no sabía cómo ubicarme y no encontraba el Ávila en el horizonte, único recuerdo bonito que conservaba intacto de mi país Venezuela, los amigos locales me decían es fácil: autopista I-95 y sigue el Norte, Sur, Este, o el Oeste no tiene pele.

Cuantas veces con sentimientos encontrados quise llorar buscando un foco, un norte, una brújula montañosa que me llevara por senderos conocidos directo a mi casa y no lo encontraba. Mi casa que ya no era la que fue, o mejor dicho donde fue.

Más no era mi casa física lo que buscaba, era la sensación de pertenecer y de encontrarme a mí misma en un ambiente completamente desconocido. Donde todo era distinto, aunque yo tratase que fuera igual, donde las calles, los carros, los olores, los sabores, las casas y hasta el cielo, si el cielo…eran diferentes.

Entonces hoy recuerdo muchas veces mirar ese cielo, de ese azul intenso, tan intenso que me sabía a mentira, y por las mismas darle gracias, porque esa brújula montañosa llamada Ávila, sin pedirme nada a cambio me canjeó su paisaje por mi sensación de libertad.

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