La noticia corrió como un falso alivio por las redacciones de prensa en medio mundo: Alexander Lukashenko, el dictador de Bielorrusia, libera presos políticos, incluyendo figuras de la talla del Premio Nobel de la Paz. A primera vista, la prensa ingenua podría vender esto como un gesto humanitario o una flexibilización del régimen. Sin embargo, no hay nada más lejos de la realidad porque presenciamos una transacción comercial macabra, un acto de terrorismo de Estado puro y duro, donde la moneda de cambio son seres humanos y el precio a pagar es la dignidad de la política exterior estadounidense.
El acuerdo, según trasciende, implica el levantamiento de sanciones por parte de Estados Unidos sobre la industria de la potasa, un fertilizante. Lukashenko, asfixiado económicamente, no tuvo una epifanía moral; simplemente miró su inventario de "rehenes" y decidió cobrar.
Hay una máxima que solía ser sagrada en Washington: "Estados Unidos no negocia con terroristas". Esa frase no era un eslogan vacío; era una barrera de contención necesaria para evitar que el secuestro se convirtiera en una herramienta diplomática válida. Al aceptar este intercambio, sanciones económicas a cambio de disidentes encarcelados, la administración estadounidense cruzó una línea roja, se dejaron "prepotear" por un dictador satélite de Moscú.
Llamemos a las cosas por su nombre: secuestrar personas, ya sean civiles en un festival de música o disidentes políticos en sus propias casas, para luego exigir concesiones económicas o políticas, es la definición de manual del terrorismo. Si Hamás toma rehenes para exigir combustible y apertura de fronteras, lo llamamos terrorismo. Si Corea del Norte detiene a un turista para exigir atención diplomática, lo llamamos extorsión.
¿Por qué cuando lo hace un Estado con bandera y asiento en la ONU, como Bielorrusia, lo llamamos "negociación"?
Bielorrusia, bajo esta óptica, se consolidó como un Estado terrorista. Lukashenko aprendió que la vida de un Premio Nobel o de un activista tiene un precio de mercado en toneladas de fertilizante. Y lo más grave es que Estados Unidos validó esa lista de precios.
El precedente que esto sienta es gravísimo. Es una pésima noticia para la estabilidad global y los derechos humanos. El mensaje que se envía hoy a todos los autócratas y tiranos del mundo es cristalino: "arresten gente y encarcelen a inocentes, tomen rehenes de alto perfil. Eventualmente, Occidente se cansará y pagará el rescate".
No estamos ante una victoria diplomática ni humanitaria. Estamos ante la industrialización del secuestro político. Al pagar el chantaje de la potasa, no hemos liberado a Bielorrusia; financiamos los barrotes de la próxima generación de prisioneros políticos. Es una lástima, una vergüenza y, sobre todo, un error estratégico que pagaremos con un mundo mucho más inseguro.
Las cosas como son
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