sábado 4  de  mayo 2024
OPINIÓN

El cuaderno negro del rencor

Bocanadas de realismo y ficción que toman forma gracias al arte de la escritura y la imaginación

Diario las Américas | JAIME BAYLY
Por JAIME BAYLY

Si una endiablada habilidad posee Barclays, es la de pelearse con medio mundo. Por eso casi no tiene amigos. Es un coleccionista de enemigos.

Su enemigo más feroz fue su padre, pero está muerto hace casi veinte años. Sin embargo, en sus textos, Barclays sigue peleando con él.

Barclays no parece haber nacido para comprender, olvidar los agravios y perdonar. Parece haber nacido para irse a la guerra, para convertir un pequeño conflicto en la guerra del fin del mundo. Nadie como él para cultivar minuciosamente las formas del rencor y la venganza.

Sus enemigos dirían: Barclays es un mal tipo, no tiene amigos, se ha quedado solo. Barclays respondería: soy un buen tipo, salvo cuando escribo, y casi todos mis enemigos lo son porque no me han perdonado cosas que he escrito, aludiéndolos.

No hace mucho una examiga y examante de Barclays (“La musa desnuda”) le mandó unos correos furiosos, virulentos, salpicados de rabia justiciera y superioridad moral. La señora le espetaba a Barclays que era un mal amigo porque había revelado en una de sus columnas que fueron amantes cuando ella estaba casada, o separándose, o en proceso de divorcio. La señora le dijo a Barclays: me has traicionado, me has expuesto, era un secreto entre nosotros. Barclays no le respondió. Pensó: pero todo el mundo sabía que éramos amantes, incluyendo tu esposo, porque el chisme salió en los periódicos y las revistas. Luego razonó: tampoco es tan terrible que hayas sido mi amante, joder. Enseguida concluyó que aquella amiga ahora era su examiga, o su flamante enemiga.

Últimamente Barclays también ha perdido a otra amiga de toda la vida (“La peluquera”). Resulta que Barclays ganó dos premios y ella no lo felicitó. Barclays pensó: qué mala leche la suya por no felicitarme, qué mala uva por ignorar mis premios. Ha trabajado tantos años conmigo, lee en los periódicos que he ganado dos premios y es incapaz de saludarme con un breve correo electrónico que no le habría quitado más de tres minutos. Barclays comprende entonces que esa amiga ya no es en verdad su amiga y que solo lo busca para pedirle favores. Ya no tengo ganas de verla, piensa. Cuando vaya a la ciudad del polvo y la niebla donde ella vive, la esquivaré, malicia, rencoroso. Luego se pregunta: ¿será que se ha resentido porque no le pedí que recibiera los premios en mi nombre? A continuación, se responde: el resentido debería ser yo, porque nunca me han invitado al festival literario que ella organiza, y no me invitan porque son unos mezquinos y unos adulones que se tienden como alfombras para que pasen sobre ellos las vacas sagradas.

Barclays está recientemente enemistado con tres de sus hermanos. Los quiere, pero a lo lejos, o sea no quiere verlos. ¿Qué hicieron ellos para que Barclays, de súbito ultrajado, los pasara a la lista negra del rencor? ¿Por qué son ahora sus adversarios? ¿Le hicieron algo terrible e imperdonable a Barclays? Barclays recuerda los detalles y se dice a sí mismo, con una mínima honestidad intelectual, que él provocó las tres peleas, y que probablemente sus hermanos no querían irse a la guerra con él. En el primer caso, Barclays amonestó severamente a un hermano (“El playboy”) por enamorarse de la hija de un policía retirado, y lo hizo mediante columna de prensa. Como era previsible, su hermano, la novia y el policía retirado se sintieron maltratados. En el segundo caso, Barclays se enfureció con un hermano (“Agilito”) porque usó la dirección de su casa en la isla para despachar allí un teléfono celular que acababa de comprar. En un video grabado y propalado en redes sociales, y visto por millares de espectadores, Barclays denunció a su hermano por indelicado, grosero y abusivo, y por convertir a su casa en la isla en un despacho para enviar encomiendas. En el tercer y último caso, Barclays no le perdonó a un hermano pistolero (“El matarife”) que llegase media hora tarde para tomar un café. Debido a ello, se retiró mosqueado de la cafetería y escribió un texto quejumbroso acusando a su hermano de ser impuntual y afirmando que uno solo es impuntual con las personas que no respeta. Me ha irrespetado, le dijo Barclays a su esposa, y luego se sintió un tonto por usar ese verbo ceremonioso.

En el canal de televisión, Barclays no le habla a un colega de trabajo que silba en las pausas comerciales (“El cantarín”) porque ese espigado señor es amigo de un enemigo político de Barclays. Los amigos de mis enemigos son mis enemigos, se dice a sí mismo Barclays. Odio la duplicidad moral, odio la hipocresía, odio sonreír y hacer venias a mis enemigos, piensa, irreductible en sus enconos y ojerizas.

En diez meses, Barclays cumplirá sesenta años. Ha decidido que los celebrará en la isla en la que vive hace treinta años y no en la ciudad del polvo y la niebla donde nació. La otra noche salió a cenar con su esposa y le dijo que ya tenía completa la lista de invitados. Prudente, su esposa guardó silencio. Barclays anunció: seremos en total, como máximo, doce personas: mi madre, mis tres hijas, tú misma y tres de mis hermanos con sus respectivas esposas. Pero eso, claro, si no me peleo con esos tres hermanos, o con uno o dos de ellos, o si ellos no se separan o se divorcian de sus esposas, añadió. Su esposa le preguntó: ¿crees que tus hijas mayores vendrán? Barclays fue honesto: una sí, la otra no. Su esposa preguntó: ¿por qué la otra no? Barclays respondió: porque mi cumpleaños cae un miércoles y ella estará trabajando.

El año pasado Barclays tuvo cierto éxito como escritor y periodista. Gracias a ello, sumó un puñado de amigos, principalmente un editor catalán (“El lector de Sitges”) y una pareja de editores peruanos (“Los heraldos del Olivar”). Pero, fiel a su vocación, se deleitó ganando enemigos: sus antiguos editores que le despreciaron la novela (“Los mamertos”), su agente literario que lo humilló y abandonó por las viles razones del dinero (“El pasmarote”), y unos empresarios angurrientos (“Los mandarines”) que sacaron del aire su programa de televisión, a pesar de que Barclays se los obsequiaba o les cobraba una suma modesta por él. Nunca perdonará a esos plumíferos y mercachifles que lo han pisoteado: una vez que sus nombres han sido escritos en el cuaderno negro del rencor, Barclays los odiará hasta el final de los tiempos y no vacilará en cobrarse la revancha tan pronto como pueda. De momento, piensa que la mejor revancha es el éxito, o sea vender más libros, tener más espectadores, ganar más dinero, recibir esos premios inmerecidos que le concedieron y por los cuales solo lo felicitaron tres de sus siete hermanos, los tres hermanos que, de momento, y sujeto a confirmación, están invitados a su fiesta de cumpleaños en diez meses.

Agrio y belicoso, Barclays pasa revista a sus enemigos y se siente solo, orgullosamente solo: casi todos sus amigos del colegio, y del periódico, y de la universidad, y de la televisión, y de las editoriales, y de las agencias literarias y funerarias, son ahora sus enemigos, y así está bien, no quiere reconciliarse con ninguno de ellos, porque la reconciliación es una virtud cristiana del todo incompatible con su composición genética y porque se jacta de tener una buena memoria para recordar vivamente por qué todos esos sujetos de mala entraña dejaron de ser sus amigos.

Lo más inquietante es que en el cuaderno negro del rencor hay todavía muchas páginas en blanco, piensa Barclays. Trata de no pelearte con esos tres hermanos que vas a invitar a tu cumpleaños, le pide su esposa. Trataré, promete él, débilmente.

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