Dice O'Rourke que los animales tendrán derechos tan pronto como tengan obligaciones. Y yo creo que no solo se refiere a los que vagan por los bosques. El Manifestante Común no es una especie nueva. Sin embargo, parece evidente que no responde a la evolución, a un proceso de selección natural. De existir tal proceso, se extinguiría, por cuanto es rabiosamente prescindible, casi tanto como los columnistas.

Ocurrió ayer a media tarde en Madrid. Los alrededores del Congreso de los Diputados concentran la gran mayoría de las manifestaciones –da igual el tema– de España. Me vi atrapado entre dos protestas. Camisetitas de colores, humo y bengalas, demasiada cerveza de lata, pancartas muy ingeniosas con rimas que podrían sonrojar a toda una despedida de soltero con penes de plástico en la cabeza, y artefactos ruidosos de toda índole. Policía. Mucha y paciente policía, siempre blanco de los tarados que en el mundo han sido y a manifestarse han ido. Leía por todas partes la palabra "derechos" y es así como tuve la certeza metafísica de que aquella manifestación tan colorida la estaba pagando yo y todos los que, yendo o viniendo del trabajo, habíamos caído en su ratonera.

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El tipo tenía una edad estupenda para evitar embutirse en una camiseta talla M que le dejaba la panza al aire. Iba uniformado con todo el kit del buen manifestante. Pronto supe, por el contexto, que era sindicalista, lo que quiere decir que estaba allí echando la tarde porque sin duda no tenía nada mejor que hacer. A mí él me da igual, no sé, más allá del daño a la vista. Lo que realmente me hizo perder la calma fue su cencerro. No busquen ninguna metáfora. Es que llevaba un maldito cencerro. Pero no uno cualquiera, uno gigante, la madre de todos los cencerros, visible desde la luna junto a la panza al descubierto del notas, capaz de convocar en un minuto a todas las ovejas del hemisferio norte, y a parte de los cabritos.

La policía nos obligó a detenernos en un semáforo para que pasase una de las marchas. No había salida hacia ninguna calle. Atrapado y rodeado, qué felicidad democrática me invade al recordarlo. Y detrás, invadiendo vilmente mi retaguardia, estaba el del cencerro. Lo golpeaba sin descanso y en cada golpe a mí se me descuadraba un poco la simetría facial. Él sabía muy bien lo que hacía. Ponía el cencerro a la altura de mi oído y golpeaba con entusiasmo hasta un punto en que no pude evitar sugerir entre dientes que todo aquello sería mucho más llevadero si se golpease con ese mismo gracejo las pelotas. Fatal ocurrencia. Ingeniosa, graciosa, pero fatal.

El pollo, para mi sorpresa y a pesar del ruido del cencerro, me escuchó. Y entonces se le pusieron ojos de avestruz, pero de avestruz a la que le están extirpando el hígado sin anestesia. ¿Qué has dicho? y esas preguntas. Y yo me santigüé pensando que, gracias al Cielo, mientras se ponía rojo como el culo de un mandril y se le marcaba la vena al menos se olvidaba de golpear el cencerro.

Pronto atisbó que, pese a estar en el ajo, yo no era un manifestante. Con gran sentido de la observación, descubrió que no llevo camiseta de colores, que no enseño el ombligo y que tengo aspecto de haber observado las más exclusivas normas de higiene antes de salir de casa. Es decir, era su enemigo. A mí me invadió el tedio y decidí no hablarle, ni mirarle. Gastar saliva con alguien que exige derechos golpeando un cencerro va contra mi conciencia medioambiental y mi compromiso de respeto al ecosistema y la vida de los animales.

Así que el lunático cencerril dijo algo gracioso, intentando congregar a su parroquia en la causa común de lapidarme, válgame Dios –perdón, Ministro–, justo junto a la antigua checa de Bellas Artes, donde ajusticiaban a los sospechosos de ir a misa y cosas así. Y exclamó: "¡Con ese traje de señorito, qué sabrás de derechos!". Y asentí, aunque en silencio y retrocediendo discretamente, porque el tipo agitaba el cencerro amenazante y yo soy muy valiente, muy fuerte y muy hábil en el ring pero no me gusta arrugarme el traje picando al ganado. Pero tenía razón. En efecto, no sé nada de derechos porque estoy demasiado ocupado con mis obligaciones. O sea que en ese sentido creo que nuestras vidas son opuestas. Y supongo que este señor se sentiría mejor si yo saliera a la calle vestido de yonki de los 80 pero no puedo concederle tal cosa, porque tengo levemente inflamado el sentido de ridículo, que constituye algo que obviamente le es ajeno.

La presencia policial distrajo los insultos de Ombligo al Aire hacia los agentes. Y tengo para mí que el razonamiento era el mismo. Vestido de policía, que sabrás tú de derechos. Y le golpeaba el cencerro en la cara a un agente antidisturbios que estaba armado hasta los dientes y que tenía aspecto de desayunar tibia de facineroso en salsa de yihadista vivo. Pero el del cencerro, ajeno a que un golpe con la culata podría enviarlo a donde factura Sergio Ramos los penaltis, seguía provocando al policía a medio centímetro de su cara y golpeando el cencerro con fuerzas nuevas. A mí a cada golpe me importaban menos sus derechos y me sobraban más sus dientes, pero el policía ponía calmada la mirada en el infinito ajeno a todo, a todo menos al cencerro, porque viví la asimetría en sus ojos, la misma que la mía, golpe a golpe.

Salí de allí al fin, aprovechando el despiste del momento, y fui directo a cubrir instancias ante la Santa Sede para que se inicie el proceso de canonización de ese policía. Al otro no le deseo el infierno, pero sí unas vacaciones de mil siglos en un purgatorio repleto de enajenados golpeando el cencerro. Y vestidos de traje. Y que no tengan ni idea de derechos.

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