La noticia de otra muerte dolorosa siguió de largo entre la tragedia cotidiana que vive el venezolano. Un niño de 8 años falleció en medio de una falla del suministro eléctrico. La víctima había quedado atrapada en el ascensor del edificio donde vivía en el sector Cochecito, según informó el periodista Román Camacho. El ascensor se detuvo entre los pisos 14 y 15 y apenas las puertas lograron abrirse, el niño intentó saltar a una zona más segura y cayó al vacío.

Otra muerte que debe quedar en el registro para la hora de la justicia. Momento que sigue siendo esquivo que se muestra lejano, más allá de un extenso desierto.

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Para la mayoría de los venezolanos, la experiencia de una dictadura era una narrativa del pasado o referida a otros países. La ausencia de libertad se repetía como un relato ajeno. Tal vez eso explique cuán difícil le resulta al liderazgo político enfrentar a Maduro con unas herramientas distintas a las usuales de la democracia. Debate, acuerdos, partidos políticos, parlamento, negociación, elecciones, son usuales en un sistema con derechos. Pero en Venezuela ya nada de eso existe. Y al parecer, ante esta última andanada del régimen, apenas nos preparamos para resistir, para lograr seguir con vida.

Los diputados que aún quedan en libertad y que siguen en el país, sobrevivirán lo que queda de año hasta que el régimen decida apropiarse definitivamente de la Asamblea Nacional con unas elecciones fraudulentas. Ese es el único escenario planteado.

Una vez que el chavismo decidió designar la directiva del Consejo Nacional Electoral arbitrariamente, la esperanza del escenario democrático quedó clausurada. Las condiciones del proceso que se cumpliría para las elecciones parlamentarias son peores que cuando Maduro decidió ilegalmente adelantar los comicios presidenciales y se convirtió en usurpador.

Para la votación que la dictadura piensa teatralizar, los partidos políticos de oposición han sido arrebatados a quienes tienen su titularidad. En concordancia con lo que es una dictadura, han sido entregados a seres serviles cuyos servicios fueron comprados con monedas de oro. Serán entonces ellos los encargados de tratar de darle legitimidad a un proceso que casi ningún país reconocerá. ¿Acaso eso le importa a Maduro?

Estamos atrapados en el conflicto y ese planteamiento es ideal para el régimen. Es un proyecto ejecutado por una cabeza tasada en millones de dólares, que lejos de amilanarse por esa situación, siente orgullo de que su limitado cerebro sea valorado en un precio tan alto.

Es una tragedia que nos confronta con nuestras propias limitaciones. La dictadura continuó con la Operación Alacrán partiendo de la premisa de que todo el mundo tiene un precio. Intervino a la militancia de los partidos opositores y a los vendidos (que fueron muy pocos) los colocó como nuevas autoridades. Se aprovechó también de una franca debilidad –hay que admitirlo– en la que los jefes se habían eternizado en sus cargos, en contradicción con el discurso democrático.

Lo cierto es que la dictadura ha decidido continuar con su plan de apropiación definitiva, aniquilando al que discrepe. Apuesta a mantener a los venezolanos ocupados en la sobrevivencia y a los jefes políticos sin sede de partido. Su trabajo de desprestigio del liderazgo ha ido creciendo sobre el cansancio de la población. La perversión del régimen apunta a que el liderazgo opositor no podrá rescatar su organización partidista, mucho menos logrará recuperar la democracia.

Hace rato que Venezuela pasó a ser un territorio amable para los criminales. Y ellos vienen ganando las batallas. Porque mientras Rusia, China, Irán cierran filas para proteger al dictador (en la región México y Argentina levantan las dos manos), la Unión Europea escribe un tibio pronunciamiento que Maduro utiliza para ir al baño. Por eso avanza con impunidad. Apuesta a que nadie va a detenerlo y se afianza en su versión autoritaria.

Es un escándalo la indiferencia de los gobiernos –con excepciones– ante la apropiación del terrorismo en la zona. Es increíble que no entiendan que la inacción les va a pasar una inmensa factura.

Visto está que solos no podemos. Que nos enfrentamos a un monstruo poderoso. Que el tiempo nos ha debilitado. Que la dictadura de Maduro se ha convertido en un asunto global que no se va a resolver hasta que no sea asumido de manera contundente en una mesa ejecutiva que reúna a las democracias del mundo. Entretanto, hay que seguir con vida. Quizás en la clandestinidad.

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