Por EDUARDO BETANCOURT*

La industria petrolera es sumamente compleja, desde la producción hasta la venta final de sus productos. Requiere de grandes inversiones, la utilización de tecnologías avanzadas y sobre todo de un capital humano preparado. Cuando alguno de estos elementos falla su declinación es inevitable. Un ejemplo lo tenemos en la desinversión que hicieron las empresas trasnacionales en Venezuela, con la política de no más concesiones en los 60. A pesar de haber reducido el personal a menos de la mitad y los gastos a lo estrictamente necesario, entre 1960 y 1976, año de la nacionalización, la producción petrolera alcanzó su máximo de 3.7 millones de barriles por día en el año 1970, para luego declinar en 1976 hasta 1.4 millones de barriles por día, casi un 40%. Esto a pesar de que las trasnacionales habían tenido el cuidado de mantener un personal técnico altamente capacitado, en contraste con los despidos ocurridos en otras áreas de las empresas. Luego de la nacionalización se logró detener la caída y se recuperó la producción hasta alcanzar los 3.5 millones de barriles en el año 98.

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Algo similar ocurre ahora. A pesar del despido de más de 20.000 de sus mejores técnicos y directivos, la partidización y el deterioro de las instalaciones, la producción se mantuvo cerca de los 3 millones de barriles por día hasta el 2011, cuando comienza el descenso para llegar a menos de 1.3 millones, en su mayor parte producidos por empresas mixtas que han sido menos afectadas por la desastrosa gestión de PDVSA. Paralelamente la capacidad de refinación ha caído a menos de un tercio, obligando al país a importar gasolina y a desabastecer el mercado interno. Si lo anterior no fuera suficiente, en el panorama petrolero internacional se predice una declinación de los hidrocarburos como fuentes de energía, debido a sus efectos contaminantes.

¿Cómo recuperar la industria petrolera? Es como un paciente en condición crítica al que primero hay que estabilizarlo, y evitar que muera, y simultáneamente analizar y atacar las causas de su criticidad para devolverlo a una vida normal. Se necesitan dos equipos: uno que al día siguiente del cambio de régimen sepa que hacer para estabilizar la industria. Deberá estar formado por expertos en los diversos procesos y ser capaz de reestablecer lo más pronto posible la capacidad de producción y refinación, para suplir el mercado interno de empresas eléctricas, gasolina y gas, y liberar el máximo de hidrocarburos para la exportación. Necesitará el apoyo de terceros privados, nacionales e internacionales, preparados para afrontar emergencias. El otro equipo, deberá simultáneamente planificar y diseñar un nuevo modelo de industria capaz de sacar el mejor provecho posible, para el país, de su riqueza petrolera. Deberá estar integrado por directivos experimentados en planificación y gestión estratégica, con una visión de largo plazo y con conocimientos de estructuración de grandes industrias y de negociación petrolera, ya que serán muchos los contratos que habrá que revisar. Afortunadamente todavía el país cuenta con esas personas.

* Eduardo J. Betancourt trabajó en la Industria Petrolera durante 35 años, en Shell y PDVSA. Ingeniero Mecánico y Abogado, con Maestría en Ingeniería de Petróleos y Especializaciones en Derecho Internacional Económico y de la Integración y en Desarrollo Organizacional. Profesor de postgrado en las áreas de Planificación Estratégica, Reestructuración y Optimización Operacional en la UCV, Universidad Católica Andrés Bello y Universidad Simón Bolívar. (betancourte@ciede.com)

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