Para muchos, la política exterior de los Estados Unidos constituye un proceso errático, irritante e incluso sin sentido.

En realidad, en términos generales, lo que sucede es que el mundo vive un paradigma bien distinto al de la Guerra Fría en que transcurrió la mayor parte de nuestras vidas. El desplome de la URSS y la salida inmediata de Europa oriental de la alianza con la nueva Rusia significó el final de toda una época.

Rusia no pretendió mantener sus bases en Europa oriental e incluso aceptó que regiones de Rusia, como Ucrania y Bielorrusia, que originalmente iban a permanecer en la Federación rusa, se marcharan.

Poco puede sorprender que semejantes circunstancias provocaran un cambio total de paradigma geoestratégico. Como ha revelado, entre otros, el general Wesley Clark, pero también quedó de manifiesto en documentos oficiales, la nueva política para el siglo XXI no sería la de la guerra fría sino otra encaminada a lograr una hegemonía monopolar de Estados Unidos. Los dos ejes fundamentales de esa acción serían asegurar el control del abastecimiento de petróleo de Medio Oriente y favorecer la política de Israel en la zona.

Desde inicios del siglo XXI, la política exterior de Estados Unidos ha estado centrada en esos dos aspectos. De hecho, todas las intervenciones exteriores de relevancia de este siglo han estado vinculadas a esas metas. La invasión de Afganistán –decidida antes de que Bin Laden se refugiara allí y vinculada con la reticencia de los taliban a aceptar un oleoducto– la segunda guerra de Irak –todavía más claramente relacionada con la producción petrolífera– e incluso otras acciones menores han girado en torno a esas metas.

Incluso el enfrentamiento con Rusia no deriva de una nueva guerra fría como antaño, sino del deseo de impedir el resurgimiento de la única potencia que puede obstaculizar el avance de esos dos ejes geo-estratégicos.

Este nuevo paradigma ha sido, en términos generales, funesto para las libertades en Hispanoamérica. Precisamente porque el paradigma de la guerra fría se extinguió hace años, las sucesivas administraciones no ven en Evo Morales, Daniel Ortega, Rafael Correa e incluso Raúl Castro más que una antipática molestia, pero no una amenaza.

A fin de cuentas, ninguna de estas naciones amenaza el control del petróleo de Oriente Medio ni mucho menos afecta los objetivos del gobierno de Israel. Otras cuestiones como el narcotráfico, a pesar de su gravedad, resultan más que secundarias. De hecho, por citar un ejemplo bien significativo, la Casa Blanca ha apoyado el acuerdo del Gobierno colombiano con las FARC que constituyen la principal fuerza narco-terrorista del subcontinente.

Si en los años setenta, la mención de La Habana podía provocar virulentas reacciones, en la segunda década del siglo XXI –más allá de algunos legisladores que necesitan el voto cubano– no cabe esperarlas. Cuba –no digamos Bolivia o Nicaragua– sólo es una molestia, pero no una amenaza según el nuevo paradigma. Una vez que se comprenden estos aspectos –y no es fácil porque existe una tendencia natural a no alterar los paradigmas con los que hemos crecido– la política de Estados Unidos es fácilmente comprensible. Precisamente por ello, no resulta difícil comprender lo acontecido, intuir lo que puede depararnos el futuro y captar lo que resulta ingenuo esperar.

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