En marzo de 1976, las fuerzas armadas argentinas tomaron el poder y gobernaron por una junta de tres hombres, uno por cada fuerza. El general Jorge Rafael Videla mandaba en el Ejército y ocupó la presidencia, y el almirante Emilio Massera mandaba en la Marina, pero ambos se detestaban. Massera tenía un proyecto político propio, negociaba por su cuenta con periodistas y enemigos del régimen, y conspiraba contra Videla desde el primer día. Así, la pelea entre ambos era conocida tanto en Buenos Aires como en las embajadas.
De esa pelea nació una leyenda, Videla era el moderado y Massera el duro. Los diplomáticos de Washington la repitieron con entusiasmo porque necesitaban un interlocutor presentable. El gobierno de Jimmy Carter hizo de los derechos humanos su bandera y no podía tratar con una dictadura sin encontrar en ella a alguien razonable. Videla fue ese alguien, cada vez que aparecía un cadáver o desaparecía un estudiante, la explicación estaba lista y se atribuía a “los duros”. En realidad, era gente que actuaba por su cuenta y que el presidente no controlaba.
Lo más curioso es que Massera jugaba el mismo juego. Cuando le convenía, se presentaba ante los mismos diplomáticos como el hombre dispuesto a frenar los abusos que Videla toleraba. Las dos facciones competían por el casillero del moderado, porque el espacio daba acceso al extranjero y esto daba poder. La etiqueta no describía a nadie, era un premio que se disputaba.
La leyenda era falsa en lo único que importaba, porque la represión la llevaban a cabo las tres fuerzas con el mismo método y la misma convicción. La Marina de Massera tenía su propio campo de exterminio en la Escuela de Mecánica de la Armada y el Ejército de Videla tenía muchos más. Ninguno de los dos quería otra cosa que la aniquilación del enemigo. Sólo discutían quién mandaba, quién se quedaba con el poder al final y quién hablaba con los extranjeros. No había polémica por qué hacer con los prisioneros. Por lo tanto, las diferencias eran reales, personales y feroces, y, al mismo tiempo, insignificantes para cualquiera que estuviera en una celda.
La leyenda servía para dos cosas. Primero, servía para que Washington conversara y, segundo, para que nadie cargara con la culpa por completo. Si el presidente no controlaba a los halcones, este era inocente. Si los intransigentes no eran el gobierno, entonces el gobierno era inocente. La culpa se repartía hasta que no quedaba en ninguna parte.
La lección argentina es que una pelea puede ser auténtica y, al mismo tiempo, engañar al extranjero sobre lo que se discute. El observador ve gritos y conspiraciones, y deduce que uno de los bandos comparte sus objetivos; sin embargo, esa inferencia es la trampa.
Irán cuenta hoy una historia parecida. La versión es que, por un lado, hay un presidente y un negociador con la intención de terminar la guerra con Estados Unidos; y, por otro, están los generales y clérigos que quieren continuarla. En julio, cuando el acuerdo estaba casi cerrado, alguien ordenó atacar tres barcos mercantes en el estrecho de Ormuz. Así, un buque catarí cargado de gas ardió. El presidente iraní se enteró en Irak, se enfureció y llamó al jefe de la Guardia Revolucionaria, quien le juró que no sabía nada. Fueron comandantes de campo que actuaron por su cuenta. Al día siguiente Estados Unidos bombardeó y la guerra volvió. Hubo gritos en las reuniones, amenazas de renuncia, acusaciones de traición y, al final, los duros ganaron.
Cada pieza de esa historia puede ser cierta y, aun así, la lectura que se hace de ella puede ser un error. La pelea es real y los generales se odian de verdad, igual que Videla y Massera se detestaban. Lo que conviene examinar es la distancia entre ambos bandos. El relato la agranda hasta convertirla en una diferencia de fondo, y el uso que se le da a esa distancia.
Basta con mirar qué no discuten. Ningún bando afirma que Irán decida quién pasa por el estrecho ni que el bloqueo naval estadounidense deba terminar. Y los negociadores nunca condenaron el principio de agredir a un barco que desobedece. Condenaron el momento. El presidente que se enfureció por el ataque de julio no se enojó por el ataque, sino por la fecha. En la cuestión que desencadenó la crisis, el control de Ormuz, las facciones discuten medios, tiempos y precio; el objetivo no está en disputa.
Los negociadores dicen otra cosa. Dicen querer una paz duradera, el fin de la guerra permanente y el levantamiento de las sanciones para reconstruir la economía. No hay modo de saber qué piensan. Sí hay modo de saber qué hicieron. Un acuerdo duradero exigiría alguna de estas tres cosas: renunciar al control del estrecho, desarmar la capacidad de atacar barcos o condenar el ataque de julio en principio y no en la oportunidad. Por su parte, los negociadores no ofrecieron nada. Mientras no las materialicen, la palabra paz en su boca describe un intervalo, no un destino. Quien busca en Teherán una facción que quiera dar fin al conflicto puede repetir lo que hacían los diplomáticos de Carter en Buenos Aires, es decir, encontrar al moderado necesario.
Lo que sí existe con certeza es la utilidad del cuento. En las horas siguientes al ataque de julio, la versión de los comandantes descontrolados ya estaba en manos de Washington y de los gobiernos del Golfo. Las investigaciones internas vinieron después, luego, la explicación llegó antes que los resultados de la pesquisa. Esa velocidad, muestra para qué servía la versión. El régimen se reservó el derecho de atacar. Entre tanto, golpeó con una mano y con la otra explicó que no era él mismo. Y la pelea interna, que es real, prestó su ruido para que la explicación sonara verosímil. Nadie inventa una disputa de generales, basta con exagerarla y dejar que otros saquen la conclusión.
Por su parte, Estados Unidos bombardeó a la mañana siguiente y luego destruyó petroleros. Se puede argumentar que un teatro no quema sus propios barcos y que, por eso, la pelea debe ser auténtica. La junta argentina también pagó costos por su leyenda, y esta funcionó porque cumplía su tarea en el lugar donde importaba, que era la cabeza de los interlocutores extranjeros. Lo que se cuenta sobre Irán no está escrito para los iraníes, sino para quien tiene que decidir si vale la pena seguir negociando, y le ofrece un moderado con quien hablar.
Hay una prueba simple para saber si un moderado lo es, se debe preguntar qué haría distinto si mandara solo. En el caso de Videla, en la cuestión que importaba, la respuesta era nada. Para los negociadores iraníes, en la cuestión de Ormuz, el resultado es el mismo. Seguirían el mismo curso de acción, un poco más tarde y un poco más barato. Por lo tanto, no es otro bando, sino el mismo grupo con un tono de voz diferente.
Las cosas como son.
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