sábado 27  de  junio 2026
OPINIÓN

El rearme europeo y la cuenta que nadie quiere pagar

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Durante cuatro años comprar acciones de defensa europeas fue el negocio más sencillo del continente. El índice sectorial subió más de 40% cada año desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, y en 2025 casi duplicó su valor. Los gobiernos prometían presupuestos militares históricos y los inversores compraban esas promesas como si fueran contratos firmados. En los primeros meses de 2026 la historia se dio vuelta. Al momento de escribir estas líneas el índice acumulaba una caída superior al 15 por ciento desde su máximo de enero. Gigantes como Rheinmetall, BAE Systems, Thales y Leonardo perdieron miles de millones de euros de valor. Conviene explicar por qué, porque la respuesta enseña algo sobre cómo funcionan los mercados y sobre cómo cambió la guerra.

El problema del dinero

La primera fuerza es la aritmética pura. Los planes de rearme europeos descansan sobre deuda porque los gobiernos no recaudan lo suficiente para pagar tanques y fragatas, de modo que prometen emitir bonos. Ese esquema funciona mientras el dinero sea barato, pero la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán lo encareció todo. El cierre casi total del estrecho de Ormuz disparó los precios de la energía lo que resultó en inflación. Y esto obliga a los bancos centrales a mantener tasas altas, lo que encarece la deuda para financiar los ejércitos europeos.

A eso se suma una tensión política elemental. Los mismos gobiernos que prometieron gastar 5% del producto en defensa ahora deben subsidiar la factura energética de sus ciudadanos. Y cabe recordar que un ministro de finanzas solo puede repartir el dinero una vez.

Las señales de que la promesa se resquebraja llegaron en cadena. El ministro de defensa británico renunció en junio de 2026 acusando a su propio gobierno de negarle los recursos que las fuerzas armadas necesitan. Alemania y Francia enterraron ese mismo mes su proyecto conjunto de un avión de combate, un programa de 100.000 millones de euros que era el símbolo de la autonomía militar europea. El primer ministro checo admitió que su país probablemente no cumpliría ni siquiera la meta antigua del 2%. El mercado escuchó todo eso y sacó la conclusión obvia que una promesa no es un desembolso.

El problema de la guerra

La segunda fuerza es más profunda e interesante. Las guerras de Ucrania y de Medio Oriente demostraron que el combate moderno ya no se parece al que estas empresas saben fabricar. Es decir, un dron de algunos miles de dólares destruye un tanque de varios millones y un enjambre de aparatos baratos satura defensas que costaron fortunas. Esto demuestra que la guerra dejó de ser una industria pesada y se convirtió en una industria de la información.

Los inversores entendieron el mensaje antes que los ministerios. Mientras los gigantes caían, una fabricante francesa de drones subió 36% en el año y una empresa sueca de informática militar ganó casi dos tercios de su valor. El dinero no abandonó la defensa, se desplazó hacia cierta idea nueva de la seguridad.

¿Pueden salvarse los gigantes?

Aquí está la pregunta que vale millones. La respuesta corta es que pueden, pero no por el camino que sus directivos preferirían.

Las grandes empresas de defensa padecen la trampa clásica de toda compañía dominante. Sus mejores clientes les piden los productos viejos, al tiempo que sus fábricas, sus ingenieros y sus contratos están diseñados para programas que duran décadas. Un portaaviones se proyecta en 20 años, pero un dron se rediseña en 20 semanas. Pedirle a un astillero que piense como una empresa de electrónica de consumo es exigirle a un elefante que baile. Y es cierto que algunos elefantes bailan, pero son pocos.

El camino realista no es la transformación interna sino la compra. Los gigantes tienen lo que las empresas jóvenes de drones e IA militar carecen. Es decir, poseen efectivo, carteras de pedidos de varios años y sobre todo el acceso. Vender armas a un Estado exige certificaciones, habilitaciones de seguridad y décadas de confianza burocrática. Una empresa emergente puede inventar el mejor dron del mundo y tardar 10 años en venderle uno a un ministerio. La farmacéutica grande dejó hace tiempo de inventar medicamentos y se dedicó a comprar laboratorios pequeños que los inventan. La defensa europea seguirá ese mismo libreto. Los gigantes se convertirán en integradores y compradores de innovación ajena.

El precio de esa supervivencia será la mediocridad bursátil. Una empresa que vive de contratos estatales con márgenes regulados se parece más a una compañía eléctrica que a una estrella tecnológica. Es decir, que sobrevivirá, pagará dividendos, pero aburrirá. Sus ganancias crecerán despacio mientras las empresas de IA del otro lado del mercado las hacen ver inmóviles.

Cómo termina la historia

El gasto militar europeo crecerá porque las amenazas son persistentes, pero el crecimiento será más lento, selectivo y digital de lo que el mercado descontó en la euforia. El dinero irá hacia sistemas baratos, inteligentes y descartables; así como a la capa invisible que los conecta. Habrá una ola de adquisiciones donde los lentos comprarán a los rápidos. Dentro de algunos años el sector tendrá menos empresas y estas serán más híbridas.

Para el inversor la moraleja es vieja. Los que compraron en 2022 ganaron fortunas, pero quienes invirtieron en el máximo de enero de 2026 pagaron las promesas de los gobiernos a precio de hechos consumados. El mercado creyó en los discursos antes de que los tesoros hicieran las cuentas. Las cuentas, como siempre, llegaron después que los aplausos.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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