Estaba justo delante de mí y tenía la cabeza del tamaño de los huevos de Trump. Se movía mucho, como si tuviera un escorpión subiendo por la pierna, y cuando la canción acababa y los asistentes aplaudíamos al grupo, él continuaba bailando y quizá llevaba haciéndolo así desde el tripi del verano del 67 en Haight-Ashbury. Era como John Belushi en las tomas falsas de The Blues Brothers. Como Belushi pero sin gracia. Era increíblemente molesto y pegajoso y no acababa de ligarse a una rubia a la que abarcaba con el brazo y la copa, y a la que bautizó en ginebra varias veces. Porque bebía ginebra y pedía muchas flores en la copa, y no me sorprende, que ya sabemos que los extremos de la estupidez cósmica acaban tocándose siempre, o por las urnas o por la concentración de hierbas aromáticas en el gintonic.

Al final, lo estaba viendo venir, me pisó. Pero no fue algo leve. Fue el pisotón de una enorme bestia recién fugada de una pesadilla de Lovecraft. Creo que hasta me crujieron las uñas y se me hincharon los globos oculares. Durante un instante sopesé la posibilidad de agarrarlo por el cogote y estamparlo contra el bajista, que con una camiseta del Che tampoco era inocente, o bien lanzarlo sobre las botellas del pub, lo que podría haber desencadenado una extraordinaria reyerta de las de antes del ferrocarril. Pero me contuve al pensar que nada le haría más ilusión que recibir un sopapo. Porque hay tipos que nacen ya con esa vocación. Y cuando lo reciben, se ponen como grullas en celo, por el puro placer de pelear como bestias. Se alegran más que nadie llevando las cosas a su terreno, el barro. Y sea como sea, en la confusión de estas batallas, siempre hay algún imbécil que derrama un botellín de cerveza y echa a perder tu traje. Cada vez hay más personas a las que la peor bofetada que les puedes propinar es la de la buena educación.

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Ya está, me dije. Tengo una idea. Y en una de sus constantes invasiones de mi espacio aproveché para vaciarle media copa por el cogote. Cosa mala. Cayeron un par de hielos. Clin, clin. Vuelve a por otra, so cabezota, me dije. Y entonces se dio la vuelta, con poco aspecto de ir a abrazarme y, al instante, le espeté una sonrisa de 32 piezas y dos brillos plateados, junto a unos ojos tan compasivos como cínicos. Por si aún no estaba conmovido con mi mirada de cobaya joven, ladeé la cabeza y musité un “lo siento” que haría enternecerse a un verdugo del Estado Islámico. Entonces intervino ella. La rubia comenzó a reírse a carcajadas, porque algunas mujeres ven la realidad en una dimensión oculta para los hombres, que es la del mal, y enseguida se dio cuenta de que alguien estaba chuleando a su supermán y le pareció todo muy divertido. Y no perdió la ocasión de aplastarle los hielitos de la espalda y, él tuvo que responderle con unas carantoñas bastante penosas y quitarle hierro al asunto, y yo hacía tiempo que no me sentía tan feliz.

La banda siguió tocando clásicos y el tipo de la cabeza galáctica siguió molestando, que es lo suyo, alcanzando niveles difíciles de asumir, incluso para alguien que está razonablemente a favor de que los animales vivan en libertad. Y en un quiebro de cadera traicionero, al ritmo de Hombres G –sufre, mamón–, perdió el equilibrio con encomiable torpeza, y se me vino encima como la política fiscal de la Unión Europea, y yo me sentí en la obligación moral de frenarlo, pero me pareció maravillosa justicia poética esquivarlo como en Matrix, contemplar cómo se partía la crisma contra el suelo, y llevarme después las manos a la cabeza muy compungido por el golpe. Aproveché para preguntarle al dueño si estaba asegurado; el cabezón no, el suelo, añadí, riendo yo solo mi ocurrencia, con esa estulticia tan propia de los escritores la noche siguiente a cobrar los royalties y gastárnoslos en un paquete de pipas.

Con todo, le tendí la mano, porque la rubia ya rodaba por el suelo de risa y parecía más propicia a rematarlo que a prestarle auxilio. En pie, recién humillado, pisoteó un poco el suelo deseando encontrar un bache o un charco de aceite, como hace Sergio Ramos cuando, bajo los palos y sin portero, envía el balón a la Castellana. Después maldijo a un camarero, y giró la cabeza como buscando al árbitro para echarle la culpa a alguien, y entonces comprendí que además debía ser del Barcelona, porque de hecho se tocaba el abductor con gesto serio como si hubiera sufrido un gravísimo desgarro muscular. Y en esas regresó la rubia, con todo su circo, para darle la estocada final, mirándole con amor inconcebible: “Te quiero por lo divertido que eres”. Y yo, cronista y testigo, apostaría un brazo a que es lo mismo que esa hiena le dice cada noche a su gato, después de entretenerse torturándole minuciosamente. Y por un instante, debo estar haciéndome viejo, sentí lástima por el cabezón.

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