Unos hipopótamos han encontrado un nuevo destino. Ellos, mal no han vivido. Desde los años 80 formaron parte de la fauna exótica de la Hacienda Nápoles propiedad del conocido narcotraficante Pablo Escobar; un estrambótico escenario de miles de hectáreas con desbordante lujo. Tras la muerte violenta de Escobar el mantenimiento de los animales se convirtió por sus altos costos en un problema para los distintos gobiernos colombianos, sin mencionar las molestias para un país agotado de gastar recursos en una herencia biológica del narcotráfico.
Mientras la hacienda se iba desmontando, los hipopótamos continuaron reproduciéndose libremente y en algunos sectores pasaron a ser considerados como población invasora; otros fueron trasladados a zoológicos y reservas y los que menos, atrajeron el interés de discretos compradores.
El tema ahora ha sido noticia cuando Anant Ambani, hijo del magnate de la India y clasificado como el hombre más rico de Asia, Mukesh Ambani, ha ofrecido recibir 80 de esos hipopótamos en su centro de conservación Vantara en Gujarat para evitar la eutanasia de esos ejemplares, procedimiento aprobado para frenar su expansión cuya proyección es que en el 2035 alcanzarían los mil ejemplares, lo que según expertos coloca en riesgo al ecosistema de ese país en particular para especies nativas como el manatí y la tortuga de río.
Ningún otro personaje ni gobierno ha mostrado interés en recibirlos.
La noticia me llevó a un ejercicio de la imaginación por aquello de las excentricidades de los narcotraficantes, dictadores y su íntimo entorno, que, en esta práctica especulativa que les presento, se restringe a determinados animales.
Así, Nicolás Maduro calza como un apropiado poseedor de babosas tropicales con su variable venenosa que lentas y viscosas se pegan en un mismo sitio, aferradas allí, salvo que un operativo milagroso las despegue y expulse. A Maduro también le van los sapos inflados de esos que croan fuerte, pero que después se esconden apenas aparece una culebra real.
Cilia como es su costumbre, se inclina por una fauna menos ruidosa, aunque igual de destructora. Sería la reina de las termitas. Depredadoras ocultas dentro de estructuras sólidas que después de su estancia terminan acabándolas.
Ella tendría arañas, específicamente las viudas negras; pequeñas, discretas, simulando timidez, mandando en silencio, devorando a los machos, muy peligrosas.
Jorge Rodríguez sería un seguro poseedor de cuervos que convivirían con loros histéricos y vociferantes gritando desde el amanecer cuidándose del serpentario de su hermana Delcy con víboras que tendrían doble cara, mintiendo con ambas para luego cambiar de piel.
Imbricados como son los hermanos, tendrían una fauna común encabezada por las ratas de muelle, esos animales que detectan vibraciones antes que nadie y que cuando el barco cruje se van por una tabla, rumbo a otra embarcación.
Ambos también podrían criar camaleones, una especie que gusta de cambiar de color según la pared donde les toque estar. Son buenos administrando pigmentos.
En cuanto a Diosdado, se vería obligado a ceder sus costosísimos gallos de pelea; llorará sin duda cuando sepa que el torturador Alexander Granko se los llevó prometiendo que a su cargo estarían seguros, aunque terminarán convertidos en sancocho como si fueran gallinas.
A Diosdado le gusta su espejo animal: la zarigüeya, experta en hacerse la muerta cuando el peligro es serio. Se queda inmóvil bajando el tono para luego desaparecer del escenario y esperar que pase la tormenta.
Los animales de Padrino López no son precisamente los más valientes. Imposible que sus espejos en la fauna sean los de las fieras. Él se rodearía de ejemplares cómodos, evasivos, como las perezas colgadas de ramas, pero esas criaturas resultan demasiado nobles para él; también acariciaría un avestruz, escondiendo la cabeza ante situaciones comprometedoras hundiendo su pico en la arena.
Con alta seguridad Padrino tendría a su cargo ovejas dóciles para que caminen en fila y bailen al unísono sin preguntar adónde las llevan mientras el pasto sea bueno.
En este ecosistema tendría que ser bien recibido el camaleón. Animales que convivan con todos, como las cucarachas que salen cuando se apaga la luz y son resistentes a las fumigaciones.
Y las hienas que no cazan siempre, esperando el desgaste ajeno y que el otro tropiece para ellas morirse de la risa.
En realidad, ningún animal merece tener como dueño o compañero de vida, alguno de los personajes mencionados. Eso no es un destino justo para un ser vivo, ni siquiera depredador, sólo que en este juego planteado les tocó el peor castigo.