El miércoles pasado, Caracas, mi muy amada Caracas, arribó a su 451º aniversario. “La Sucursal del Cielo”, “La de la Eterna Primavera”, “La de los Techos Rojos” han sido algunos de sus más conocidos calificativos a lo largo de estos cuatro siglos y medio más un año.

Normal, si se quiere. Ha ocurrido y seguirá ocurriendo. La visita de un capitalino exacerba ciertas rivalidades en determinados interioranos.

“Así lo harán ustedes en Caracas, señor, pero aquí, es a nuestra manera”. Expresión que escuchamos muchas veces cuando nos desplazábamos a la provincia de Venezuela a cumplir diligencias de abogado.

Hasta con sus propios coterráneos suelen aflorar celos similares. Aquella cancioncilla de la época de la Gran Depresión, escrita por el médico, psiquiatra y músico autodidacta, Guillermo Teruel, lo testimonia: “Allá viene, allá viene Juan José/ Viene de la Gran Capital/ más vitoqueado que un pavo real/ y echándosela de gran señor”.

Otra guasa popular de mi tierra, de la misma época, la emprende contra otro desdichado, que regresa. La víctima, de Luis Fragachán, su compositor, fue un viajero procedente de Nueva York: “Todo el que va a Nueva York/ se vuelve tan embustero/ que si allá lavaba platos/ dice, aquí, que era platero”.

A fuer de sinceros, una colada de café negro suele demoler las pretendidas barreras entre caraqueños y no caraqueños. O más demoledores todavía: unos buenos “lamparazos” de guarapita, ron o ¿y por qué no? de scotch, de ocho años en adelante.

Otra cosa han sido y son, las malquerencias sociales, los resentimientos, de quienes no pueden, ni quieren superar estados anímicos rastreros. Los de Hugo Chávez, hoy desaparecido. Un lisiado moral, mental, sentimental, que jamás se emancipó de su odio a Caracas y caraqueños –terror incluido–, porque rematadamente cobarde, nos tenía pánicos de acomplejado, a la “Sultana de El Ávila” y a sus lugareños.

Apenas asumió como presidente, lo primero que hizo fue amenazar con mudar la capital de Venezuela a algún confín en las orillas del río Apure. Más fácil es destruir que construir, sin embargo, la mudanza se quedó en cambiarle el nombre a nuestra montaña-sultana y en arrasar las áreas verdes de parque Vargas, con unos pegostes con pretensiones de esculturas del “Che”, Sandino y alguno que otro narcotraficante, adosados a unas ratoneras donde se hacinan los hipotéticos beneficiarios de la Misión Vivienda. Hasta uno de sus cancerberos, para bien ponerse con el narcotirano, pretendió despojar a Diego de Lozada del título de fundador y fecha de fundación, sin base! Pero la fundación se sigue conmemorando el 25 de julio, El Ávila se sigue llamando El Ávila y los caraqueños, pegoste escultótico que emplazan en sus espacios libres, pegoste que tumbamos o pintarrajeamos.

Maduro, en vida, para menearle la cola a su mentor y postmortem, para decirse depositario de su legado, suele referirse a nosotros como “los caraqueñitos”. ¿Y cómo ha de hacerlo si no, en tercera persona del plural, quien no nació en la “Cuna de Simón Bolívar”, sino que vio la luz primera en Cúcuta, Colombia? Que lo siga haciendo así. Que ose decir “nosotros los caraqueños”.

Me he comprometido con mi Santiago de León de Caracas, con motivo de su cumpleaños 451, a entregarle el siguiente regalo. El juramento solemne, lo he hecho ante una litografía de Cabré que atesoro en mi residencia –¡a mucha honra también!– en Miami: contribuir al apresamiento de quien ha intentado destruir mi ciudad, arrasarla, reducirla a andurrial, Nicolás Maduro. Estamos haciendo lo necesario. Pronto le daremos buenas noticias a nuestra amada capital.

@omarestacio

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