La historia de los golpes de Estado es tan antigua como la misma humanidad, pues ha servido habitualmente para derrocar al poder constituido en regiones tan variadas como África, países de Asia o Europa y Latinoamérica.

El golpe de Estado es una toma del poder calculada, violenta e ilegal, en contra de las normas establecidas para acceder al poder y producir cambios en la orientación política del país.

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Según el código 18, párrafo § 2384 sobre conspiración sediciosa de la ley estadounidense: “Si dos o más personas en cualquier estado o territorio, o en cualquier lugar sujeto a la jurisdicción de los Estados Unidos, conspiran para derrocar, sofocar o destruir por la fuerza al Gobierno de los Estados Unidos, o para librar la guerra contra ellos, o para oponerse por la fuerza a su autoridad, o por la fuerza para prevenir, obstaculizar o retrasar la ejecución de cualquier ley de los Estados Unidos, o por la fuerza para apoderarse, tomar o poseer cualquier propiedad de los Estados Unidos en contra de la autoridad de los mismos, cada uno de ellos será multado bajo este título o encarcelado no más de veinte años, o ambos”.

Un artículo firmado por John Coatsworth, titulado US interventions, What for?, publicado en ReVista, de la Universidad de Harvard, en 2005, sostuvo: “Derrocar gobiernos en América Latina nunca ha sido exactamente una rutina para Estados Unidos. Sin embargo, la opción de deponer un gobierno en funciones ha aparecido en el escritorio de los presidentes estadounidenses con regularidad durante el siglo pasado. Sin duda sigue ahí, aunque la frecuencia con la que el presidente de Estados Unidos ha considerado esta opción, ha decaído rápidamente desde el final de la Guerra Fría”

Aunque los golpes de Estado estén fuera de la tradición política estadounidense, existe un episodio conocido como la insurrección de Wilmington, Carolina del Norte, en 1898, considerado el primer antecedente en su tipo, cuando un grupo de supremacistas blancos expulsaron de la ciudad a líderes políticos blancos y negros de la oposición debidamente elegida, logrando con éxito un cambio del gobierno local por la fuerza.

Otra historia fue cuando, durante la presidencia de James Monroe (1817-1825), se adoptó la política de protectorado sobre el hemisferio occidental, conocida como la Doctrina Monroe, que en el siglo XIX buscaba oponerse al colonialismo europeo en Las Américas, pero que posteriormente dio pie a muchas interpretaciones para que Estados Unidos, en nombre de la defensa de sus intereses, apoyara fuerzas de derecha en América latina, por ejemplo, en su lucha contra el comunismo.

El caso más famoso fue la fallida invasión de Bahía de Cochinos en 1961, cuando Washington, durante la presidencia de John F. Kennedy, apoyó una operación militar de tropas de exiliados cubanos, que intentaban formar un gobierno provisional que reemplazara al régimen revolucionario de Fidel Castro.

Estados Unidos reconoció al gobierno de Castro, pero comenzó a imponer sanciones económicas, a medida que el nuevo régimen aumentaba su dependencia de la entonces Unión Soviética, nacionalizando propiedades estadounidenses y subiendo los impuestos a las importaciones.

“Desde el triunfo revolucionario en 1959 no había tenido lugar una protesta ciudadana con la envergadura de la del pasado domingo 11 de julio’ se lee en la página web del centro de pensamiento washingtoniano Interamerican Dialogue, refiriéndose a los recientes levantamientos de la población en contra de un régimen opresor que ha durado tantos años en el poder a costa de cortar las libertades públicas.

El tema del golpe de Estado tiene muchas caras y en Washington vuelve a ser noticia, pero esta vez por razones diferentes.

Una nueva tanda de libros sobre la presidencia de Donald Trump sostiene que el principal asesor del país, el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto, temía que Trump pudiera intentar un golpe de estado para impedir una transferencia pacífica del poder, después de perder las elecciones de 2020 ante Joe Biden.

Realidad o ficción, al parecer la moraleja, según un artículo publicado en la revista The Atlantic, por Kori Shake, directora de Política Exterior y Defensa del American Enterprise Institute, es que las fuerzas armadas no tienen ningún papel que desempeñar en momentos de agitación política interna, y eso tal vez haya sido el mejor aporte de Milley a la democracia estadounidense.

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