domingo 24  de  mayo 2026
Análisis

Raúl Castro: el mito impune ante un tribunal federal

Esa es la importancia profunda de esta acusación: no clausura la tragedia cubana, pero rompe una parte de su impunidad verbal

Diario las Américas | LUIS LEONEL LEÓN
Por LUIS LEONEL LEÓN

Que el Departamento de Justicia de los Estados Unidos haya acusado formalmente a Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate, ocurrido en febrero de 1996, constituye un hito de importancia jurídica, histórica y moral imposible de minimizar, incluso aunque algunos intenten hacerlo, o terminen presos de esa idea por los efectos de un largo y herido cansancio político, por oportunismo ideológico o simplemente porque una parte del mundo contemporáneo aprendió hace tiempo a relativizar ciertos crímenes cuando estos ocurren bajo determinadas banderas románticas del siglo XX.

Reuters informó este 20 de mayo de 2026 que la acusación federal presentada en Miami incluye conspiración para asesinar ciudadanos estadounidenses, varios cargos de asesinato y destrucción de aeronaves, vinculando directamente al antiguo aparato militar cubano con uno de los episodios más graves ocurridos entre ambos países desde el final de la Guerra Fría. Sin embargo, lo verdaderamente revelador no es únicamente el expediente judicial —importante, sí, y profundamente simbólico después de décadas de impunidad diplomática—, sino el modo en que esta noticia obliga a regresar a una serie de preguntas mucho más incómodas para ciertas zonas de Occidente: ¿por qué algunos totalitarismos fueron condenados moralmente por la historia mientras otros sobrevivieron envueltos en una extraña niebla estética, turística e intelectual, como si la pobreza, el miedo, el exilio y la represión pudieran suavizarse mediante consignas revolucionarias, fotografías envejecidas de guerrilleros o nostalgias ideológicas fabricadas lejos de La Habana, casi siempre desde universidades, cafés culturales o editoriales donde el comunismo fue una conversación teórica y nunca una experiencia humana concreta?

En El libro de la risa y el olvido, el escritor checo Milan Kundera escribió algo que me ha acompañado desde los años 90, cuando empecé a hacer programas de radio y documentales en Cuba: “la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”. Esta sentencia —lanzada por Kundera en 1979, desde su exilio en Francia, donde desarrolló la mayor y más aclamada parte de su obra— es una de las frases que mejor resumen no solo la tragedia cubana, sino también la indulgencia cultural con que una parte del mundo decidió contemplarla durante décadas. Algo que el exilio cubano, sobre todo después del fracaso y la traición de Bahía de Cochinos, tuvo que aprender a la fuerza y luego, con el paso de las décadas, asumir.

Una de las dimensiones más perturbadoras de todo este caso, ante un asesinato de Estado de hace 30 años y un Raúl Castro ya nonagenario, pero todavía históricamente responsable, no se encuentra únicamente en los titulares periodísticos, sino en la propia textura burocrática del superseding indictment presentado el 20 de mayo de 2026 por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos ante el Distrito Sur de Florida. Porque detrás de páginas llenas de coordenadas, comunicaciones militares, cadenas de mando y terminología jurídica, emerge lentamente algo mucho más inquietante: la descripción, sintética e innegable, de una violencia organizada desde estructuras racionales de poder estatal.

El documento federal insiste en que las aeronaves derribadas eran civiles y estaban desarmadas, establece que el ataque ocurrió en espacio aéreo internacional y presenta la operación no como accidente diplomático ni reacción improvisada, sino como una acción deliberada coordinada desde las más altas esferas del aparato militar cubano.

Sé que muchos asumen que esto se trata de un tema cubano. Pero se equivocan. En el sustrato de esta acusación federal yace una de las verdades más incómodas del siglo XX y de sus prolongaciones contemporáneas: el hecho de que los totalitarismos rara vez son percibidos esencialmente como las barbaries que son. Desde su interior y desde fuera, los totalitarismos —no solo el castrocomunismo y el socialismo del siglo XXI— en buena medida se conceptualizan, o se justifican, mediante lenguajes administrativos, procedimientos, justificaciones técnicas y maquinaria burocrática, e incluso desde intenciones utópicas, en ocasiones por desconocimiento, pero la mayoría de las veces para transformar el horror humano en simple operación de Estado. Esto es algo que Hannah Arendt comprendió mientras escribía Eichmann en Jerusalén, publicado en 1963, donde señala que una de las características más aterradoras del poder totalitario consiste precisamente en su capacidad para normalizar moralmente la violencia mediante mecanismos aparentemente racionales.

Ante la experiencia cubana, una reflexión perturbadora es que millones de personas han vivido durante décadas dentro de un sistema que produjo sometimiento a la miseria, exilio masivo, erosión de la fe, persecución política, criminalización del más mínimo disenso, censura estructural y destrucción económica, entre otros males, mientras una parte importante del imaginario intelectual occidental insistía en mirar hacia otro lado, o peor aún, en transformar aquella realidad en mito cultural.

Por eso la acusación presentada contra Raúl Castro este 20 de mayo (fecha simbólica: proclamación de la República de Cuba en 1902) produce un efecto, desde hace tiempo anhelado, pues obliga, si no se quiere seguir jugando a defender lo indefendible, a sustituir el lenguaje romántico por un vocabulario judicial. Ya no se habla únicamente de revolución, soberanía o resistencia antiimperialista. Aparecen finalmente tipificados delitos de conspiración, destrucción de aeronaves civiles y asesinato. No olvidemos que el lenguaje importa, pues toda batalla histórica comienza también siendo una batalla semántica, algo que manejaba incesantemente la revolución cubana —sobre todo cuando Fidel Castro estuvo al mando. Hoy sólo quedan sombras— y que George Orwell comprendió con extraordinaria claridad cuando publicó su ensayo Politics and the English Language (publicado originalmente en la revista Horizon en 1946, después de Rebelión en la granja y antes de 1984), donde advirtió que el deterioro del lenguaje político termina haciendo aceptables ideas que, formuladas honestamente, resultarían moralmente insoportables. Lo verdaderamente terrible es que el lenguaje político termina normalizando también el pensamiento y la tolerancia popular ante la crueldad de las acciones, desde las más cotidianas hasta crímenes de Estado.

Conviene recordar, además, que el derribo de las avionetas no ocurrió en el vacío. Ese día estaba prevista en La Habana la asamblea nacional del Concilio Cubano, una coalición de organizaciones prodemocráticas y de derechos humanos que intentaba articular, desde dentro de la isla, una alternativa cívica y no violenta al monopolio político del régimen. En los días previos, la Seguridad del Estado desató una operación de desactivación contra sus miembros: hostigamientos, detenciones, amenazas y procesos penales destinados a impedir aquella reunión. El mensaje era inequívoco: el castrismo no estaba dispuesto a tolerar ni la oposición interna pacífica ni la denuncia externa del exilio. Por eso el crimen de los Hermanos al Rescate, que había declarado su apoyo a Concilio, debe leerse también dentro de ese contexto: como parte de una misma lógica represiva que buscaba aplastar simultáneamente la disidencia dentro de Cuba y castigar, fuera de ella, a quienes exponían ante el mundo el drama de los balseros y la naturaleza criminal del régimen.

El 24 de febrero de 1996 no fue, como se ha dicho durante 30 años, un incidente diplomático entre dos sistemas en pugna. Fue la expresión brutal de una lógica de poder construida sobre el miedo y la intolerancia política. Murieron Carlos Costa, Armando Alejandre Jr., Mario de la Peña y Pablo Morales, miembros de una organización nacida en el exilio cubano, fundada por el conocido anticastrista José Basulto, dedicada al auxilio de balseros en el Estrecho de la Florida. Desde el aire lograron localizar a cientos de balseros y les salvaron la vida enviando sus coordenadas a la Guardia Costera estadounidense.

Associated Press recordó, en un despacho publicado el mismo día de la acusación federal, que Brothers to the Rescue operaba desde Miami y que sus vuelos se habían convertido desde hacía años en un símbolo incómodo para el régimen cubano. Pero incluso esa descripción periodística apenas roza la dimensión humana real de la historia: detrás de aquellas avionetas estaba también la desesperación de miles de cubanos lanzados al mar, la fractura de familias enteras y una geografía del exilio que ha marcado la vida espiritual, cultural y política de varias generaciones. La Organización de Aviación Civil Internacional concluyó además, en un informe publicado en 1996, que las aeronaves fueron derribadas en espacio aéreo internacional, desmontando uno de los principales argumentos sostenidos durante años por el régimen cubano para intentar justificar el asesinato.

Resulta interesante observar cómo distintos medios internacionales reflejaron la noticia, porque el tratamiento mediático revela también distintas formas contemporáneas de administrar moralmente el horror. Reuters colocó la acusación dentro de un contexto geopolítico más amplio, relacionándola con las tensiones actuales entre Washington y La Habana. Associated Press adoptó un tono más histórico y humano, enfatizando el papel del exilio cubano y la memoria de las víctimas. The Guardian, en su cobertura del 20 de mayo de 2026, interpretó el caso principalmente como una escalada política estadounidense contra el régimen cubano.

Y claro, ninguno de esos enfoques es completamente falso, pero todos revelan prioridades narrativas distintas. En la intención con que se presenta la noticia aparece algo profundamente contemporáneo: las tragedias humanas terminan clasificadas según marcos ideológicos, diplomáticos o culturales previamente establecidos, como si el sufrimiento necesitara de alguna legitimación conceptual antes de ser reconocido plenamente por su propia naturaleza. Hannah Arendt, cercana en este y otros ángulos a Orwell, advirtió algo semejante cuando observó que uno de los grandes peligros de las sociedades modernas consiste en transformar el horror humano en simple categoría administrativa o política, vaciándolo lentamente de su dimensión moral.

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