“El arte necesita o soledad, o miseria o pasión. Es una flor de roca que requiere el viento áspero y el terreno duro”. -Alejandro Dumas (hijo)

Una frase que asegura que no hay artista feliz, eso interpreto. Que los dotados de grandes talentos están sentenciados a la tristeza, o a la fatalidad de algún modo, o a una soledad sentida aunque no aparentada.

Asumiendo que tenga razón el autor de La dama de las camelias, quien parece haber sufrido en carne propia el precio de su don, me remonto a la tortuosa vida del pintor Vincent van Gogh o a la solitaria existencia de Miguel Ángel.

Imagino que en una entrevista no se digan estas cosas. Y que el público de cualquier estrella la ve idealizada a tal punto que no admite ni que sufre, ni que siente, ni que padece aún más que los demás mortales.

Como han dicho ya, el arte debe parecer que ha sido creado sin esfuerzo. Pero en cualquier manifestación creativa y grandiosa, se deja parte de una vida.

La constante obsesión por lo perfecto y la competencia de cuerpo presente deben causar un estrés artístico y personal de magnitudes que no imaginamos.

Hace 500 años era igual. Michelangelo Buonarroti, o simplemente Miguel Ángel, es un ejemplo eterno. Vivió al lado de una piedra de mármol blanca, bajo lluvia, sol, nieve y sereno, hasta sacarle el alma del David. Su colosal obra de nueve toneladas, que aún después de medio milenio nos deja mudos por la majestuosidad de aparentar que en cualquier momento te hablará.

Viven los virtuosos con el peso de la fama sobre los hombros y la auto promesa de superarse en cada acto. De lo contrario, el público caprichoso olvida rápido. Y comienza a seguir a otros que los complacen con la constancia o con la moda de una carrera de paso.

Reinventarse parece ser un requisito obligado para los que necesitan el reconocimiento –muy merecido– o los aplausos constantes como alimento del alma.

Si viven para deleitarnos, lo menos que podemos hacer es demostrarles que muchas obras, como una película, una pintura o una canción, pueden mostrarnos una nueva visión del mundo.

Muchos artistas viven incomprendidos. Les cuesta identificarse con los demás, por más que se esfuercen. El vacío que les deja despojarse de una pasión a través de una obra acabada y mostrada a los demás con el temblor interno de la espera de aceptación, debe ser desgastante.

Y a los seguidores, qué les importa. Piden más y más con una expectativa clara: que sea bueno, o que les guste. Complacer a millones debe ser un acto titánico, de angustia constante, de un desvelo sin final.

La crueldad de la gente insatisfecha, envidiosa o exigente en extremo no calla. Y en esta época de redes sociales, imagino que cualquier artista caiga en depresión si se expone al bombardeo incesante de las críticas o de los “memes” sin piedad.

Apreciar el arte es tan subjetivo, que se puede detestar a un cantante simple y llanamente porque se les parece a una expareja. O amar a una actriz por el hecho de recordarle a un ser querido. O de ser un fanático más porque se ve en este virtuoso la vida y el físico que se quisieran tener.

Todas las artes colorean este planeta. Si se dan con toda responsabilidad y respeto despiertan sensaciones inolvidables.

Me gustaría tanto que Dumas (hijo) no tuviera la razón. Los artistas tienen la última palabra para confirmar pública o íntimamente si son felices. Sin disfrazar la tristeza y si tienen deseos de confesar.

Y yo les pregunto: ¿Se puede ser famoso y verdaderamente feliz?

@idaysicapote

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