domingo 12  de  julio 2026
OPINIÓN

Esa broma satánica

Veo los escaparates llenos de diablos, espectros horrendos, y ornamentos espirituales y no puedo evitar sonreír cínicamente al descubrir la alegría con que nuestras gentes bromean sobre lo maldito, haciendo gala de esta fiebre laicista atronadora, que es más hortera que atea
Diario las Américas | ITXU DÍAZ
Por ITXU DÍAZ

Soy aracnófobo y considero que Halloween vulnera todos mis derechos. Desde hace días tengo que entrar en los comercios haciendo los mismos movimientos corporales que hace el martín pescador para engullir a su presa, solo por evitar el contacto de mi cabeza con el entramado de telarañas artificiales. Considero que la mayor contribución de la calabaza a la Humanidad es el puré. Y en general, no sé si por cristiano o por reaccionario, me gusta que los muertos vivientes estén más bien murientes, es decir, que los muertos estén muertos, aseados y en su lugar. Tal vez me estoy haciendo mayor o quizá se trate solo de una manía, de la misma forma que hay personas que no soportan que yo apoye mi tacita de café en el borde de la mesa, abriéndose un abismo bajo la curvatura del platito.

Veo los escaparates (vidrieras) llenos de diablos, espectros horrendos, y ornamentos espirituales y no puedo evitar sonreír cínicamente al descubrir la alegría con que nuestras gentes bromean sobre lo maldito, haciendo gala de esta fiebre laicista atronadora, que es más hortera que atea. La mayor parte de los tipos que agotan estos días en las tiendas los disfraces de la niña del exorcista se quedarían pálidos sin necesidad de maquillaje si acompañasen, un día tonto de este otoño, a algún sacerdote exorcista en su ritual ordinario de batallar con los espíritus infames por cualquier barrio de nuestras ciudades. Tampoco vamos a pedirles algo así. No creen en nada. O mejor: creen que nada tiene importancia. Tampoco el disfraz de diablo con el que visten a sus niños y se hacen muchos selfies, así entre góticos y etílicos. Todo es, en realidad, un juego divertido e inocente, hasta que intuyes a Satanás celebrando atónito su sorpresivo predicamento en las calles y al buen Dios tapándose los ojos, pensando que tal vez hay algo en el hombre que no tiene solución, y es su estupidez; suponiendo, claro, que Dios pudiera aparcar un instante su misericordia para hacer una consideración tan grosera sobre nosotros.

Por otra parte, asumo que hay batallas perdidas. Y una de ellas es ser español, vivir en España y oponerse a una fiesta. Ese es mi lugar en este estruendo de Halloween. Perdida la batalla siempre queda la venganza. Y mi venganza es solo un recordatorio: los muertos están muertos solo a nuestros ojos. Hay muertos muy vivos, y no me refiero al vecino del sexto que se ha disfrazado de zombi para promocionar su nueva carrera como youtuber. Hay muertos, de espíritus atormentados, abandonados a la soledad laminadora del infierno y otros felices, purísimos y blanquísimos, en la gozosa camaradería celestial; para ambos, los muertos en vida somos nosotros, que nos regocijamos en el culto festivo a la oscuridad mientras olvidamos lo único importante estos días, que es verter alguna oración de misericordia sobre las tumbas de nuestros ancestros.

Disfrazarse y solazarse en lo más maldito supone una cierta trivialización de lo que representa; que Satanás no es el administrador único de una fábrica de chuches con forma de calavera sino el Príncipe de las Tinieblas, es decir, el instigador de las más execrables maldades, crímenes, violaciones, odios y pesares que asolan a esta hora la Humanidad. El dueño de todas las lágrimas. El único espíritu que ríe y se regocija cuando tú sufres y te desesperas.

Comprendo que darse un paseo por las vilezas de la existencia, chotearse de la promiscuidad sexual ataviado con un par de cuernecillos, empaparse del gozo del terror lovecraftiano, y beberse medio litro de whisky con arañas de plástico flotando en la copa puede ser muy divertido por una noche. Pero siempre que no olvidemos aquello que dejó escrito Gómez Dávila, a quien no intuyo disfrazado de gótico con una calabaza bajo el brazo: que “de los barrios bajos de la vida no se regresa más sabio, sino más sucio”. Así que al menos, tengan la bondad de lavarse este año cuando depositen en el armario el disfraz de diablo. Con agua bendita. Entonces sí pueden servirse un whisky y encontrar sinceros motivos para danzar a oscuras hasta el amanecer, festejando la llegada del luminoso y bondadoso Día de Todos los Santos.

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