domingo 14  de  diciembre 2025

Estás viendo fantasmas

Cuando era niña no le tenía miedo a nada. No tenía miedo de caminar cerca de un precipicio, de bajar en una tabla precaria una ola más o menos grande

Cuando era niña no le tenía miedo a nada. No tenía miedo de caminar cerca de un precipicio, de bajar en una tabla precaria una ola más o menos grande, o de pelear con un niño algo más grande que yo en el karate. Una de las cosas que más me gustaban era ver películas de terror para luego decir u201cno me dio miedo u201d. Recuerdo haber visto impávida Chucky 1, 2 y 3, con mi amiga Sofía, en su casa a medianoche, comiendo helados, ambas vestidas en ropa negra y holgada, nada de pijamas a esa hora, recuerdo que nos reuníamos casi todos los fines de semana y decíamos que esa noche nos quedaríamos despiertas toda la noche, pero claro, a las cuatro de la mañana caíamos rendidas en algún sillón de la sala. También recuerdo cómo me encantaba entrar a las casas del terror en las ferias de Lima, o si había tenido mucha suerte ese año, en Disney. Creo que las de Lima las disfrutaba más porque siempre estaba con alguna amiga que yo había elegido para que me acompañase. Recuerdo particularmente una casa del terror en el Jockey Plaza. Okay, ese día me asusté. Fui con un amigo que parecía tener más miedo que yo y nos tocó estar primeros en la fila al momento de recorrer la casa. Yo tenía once, él diez. En el primer momento, en el que entramos, con cinco personas detrás de nosotros, nos tocó estar frente a la simulación de una puerta vieja y terrorífica. Toca, le pedí. Me da miedo, me dijo, toca tú. En ese momento supe que iba a tener que ser la primera de la fila y sí, esa vez sí tuve miedo. Me persiguieron hombres con sierras eléctricas, mujeres vestidas de blanco con la cara ensangrentada, y mucho más no quise ver porque al final corrimos hacia la puerta de salida, con todos esos especímenes atrás de nosotros. Todo muy oscuro, nuestros gritos mezclados con sus risas diabólicas, al final cruzar esa puerta y ver la luz de afuera fue como salir de la vientre de mi madre por segunda vez. Alivio puro. Salí dando un salto, cayendo sobre mis rodillas. (Detrás de mí cayeron unos cuantos también). Mis demás amigas que estaban afuera (y no se atrevieron a entrar) dicen que me vieron salir con los brazos abiertos y la mirada en el cielo. O sea, un parto. n

Da la impresión de que esa casa del terror parió otra personalidad en mí. Creo que desde ese día me quedé asustada y empecé a tomarme más en serio eso de las cosas de terror, la vida en general. No sé qué paso, tal vez crecí de golpe, en veinte o treinta minutos me hice adulta, como si todos esos fantasmas que me persiguieron en la casa se hubieran quedado en mí. Desde entonces empecé a ver fantasmas, un nuevo tipo de fantasmas, unos que aparecían cuando no estaba sola, aparecían cuando estaba en mi casa, viendo televisión con mis padres. Aunque en ese momento no lo sabía, eran ese tipo de fantasmas que vienen con el primer amor. Cuando de pronto me descubrí angustiada por otra persona, cuando de pronto me importaba lo que esa persona pensaba sobre mí. Y al igual que con los fantasmas de cuando era niña, me decía que estos otros fantasmas no eran reales, que yo los estaba imaginando, que ella era solo mi amiga y nada más.
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Y como ese amor no fue correspondido, una vez más esos fantasmas se quedaron conmigo. Desde entonces esa era otra casa a la que tampoco quería entrar, porque también me parecía que era de terror. Pero ella tampoco me dejaba ir y un día me decía toca, toca la puerta, y otro día me decía no sé de qué puerta me estás hablando. Solo le bastaba entreabrir un poco la puerta para que todos esos fantasmas salieran y me pusieran de nuevo de rodillas, como en esa antigua casa del terror. Y juro que esta casa era aún más terrorífica cuando ella me miraba sonriendo, cuando ponía su mano en mi hombro o cuando íbamos juntas en su auto, yo cambiando la radio, ella diciendo esa no, cambia, esa tampoco. Se volvía terrorífica cuando ella me hablaba y yo sentía que la oreja se me movía un poco, no exagero, o cuando alguna vez me abrazó y fui absurdamente feliz todo el resto de ese día, o cuando llegaba a mi casa y buscaba su olor en mi ropa, o cuando me compraba ropa pensando en ella, o cuando le escribía largas cartas a mano, o cuando miraba las pecas de su pecho, los anillos en sus dedos, cuando advertía que no llevaba sostén, cuando la miraba a través de sus pantalones de lino, cuando trataba de adivinar en voz alta de qué color eran sus ojos, cuando le regalé una flor seca que había encontrado en un libro de mi abuela, cuando un día le di un beso en la mejilla y me fui corriendo, cuando mis padres viajaron a Nueva York y mi único encargo fue un regalo para ella. Como si eso no fuera suficientemente aterrador, todo se volvía aún peor cuando ella no me miraba, cuando abrazaba a otra persona, cuando me decía tengo otras cosas que hacer, cuando me decía tengo prioridades, cuando no me contestaba el teléfono ni los mensajes, cuando una tarde se olvidó de que nos reuniríamos, cuando se reía de mí, cuando una vez nos peleamos a los gritos y me dijo: estás viendo fantasmas, estás obsesionada conmigo. En todos esos últimos casos la odiaba. Odiaba cómo se había vestido, como me había hablado, como se había peinado, como caminaba. En esos momentos todo en ella me parecía repulsivo y a la vez deseable. Eran breves, brevísimos momentos en los que la odiaba tan profundamente que eso solo podía ser mi primer amor.
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Creo que esa ha sido la segunda casa más terrorífica a la que he entrado. De esa casa no salí con los brazos abiertos, no recuerdo cuándo salí, solo sé que salí.

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