José Martí tiene la grandeza de habitar en cada cubano. Quizás por esa condición que nadie atrapó del modo en que lo hizo José Lezama Lima al resumirlo como el misterio que nos acompaña. Su bien ganada dimensión apostólica, sustentada por la ética y el humanismo que confluyen en su vida y obra, lo sitúan como columna vertebral en la historia del pensamiento de la nación caribeña.

Fue Martí el hombre que anduvo a pie por las calles de Nueva York para no gastar un centavo de la causa revolucionaria, quien debió responder con nobles y afilados versos a las burlas del “amigo Pedro”, al atribuir a su descuido la largura de su pelo, sin reparar en que no poseía la moneda para pagarle al barbero.

La razón de su existencia fue “la faena de fundar” en Cuba una república “con todos y para el bien de todos”, como expuso en el Liceo de Tampa el 26 de noviembre de 1891. Siendo una de sus mayores preocupaciones fraguar una patria sin caudillos, ni caudillismo.

Por eso, como adujo a su amigo Manuel Mercado en carta fechada el 6 de julio de 1878, pasó horas dedicado al análisis de las causas que dieron al traste con la Guerra de los Diez Años, donde la falta de unidad y el caudillismo abortaron la contienda –es lamentable que el libro referido por Martí en la misiva, nunca fue encontrado–.

Desde el primer encuentro con Antonio Maceo y Máximo Gómez, el 2 de octubre de 1884, en Nueva York, al quedar sólo con Maceo en la habitación de Gómez, dejó claros sus puntos de vista y, quizás, ya adujo su tesis de defensa de un poder civil, como reafirmó el 5 de mayo de 1895, días antes de su muerte, en la histórica reunión realizada en los terrenos del ingenio “La Mejorana”.

Por eso, subraya a Máximo Gómez en carta fechada el 20 de octubre de 1884: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”, agregando: “La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”. Para más adelante señalar su “determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, embellecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo”.

Estaba convencido de que el militarismo conducía a la imposición de regímenes totalitarios y al totalitarismo, uno de los fantasmas que perseguiría a la América Latina, un continente donde, a la postre, es recurrente rindir culto a los hombres y no a los principios, sin percatarnos, de que la condición primigenia para el desarrollo de una democracia está en erigir sociedades de derechos.

Más de un siglo transcurrió desde aquellas proféticas palabras, legadas por el hombre que, pocas horas antes de morir, ataviado con traje negro y sombrero de castor, sedujo a la tropa mambisa anunciando el principio de su martirologio: “En la cruz murió un hombre un día, pero se ha de aprender a morir en la cruz todos los días”.

Sin embargo, desde la fundación de la república el 20 de mayo de 1902, la Cuba post-Martí se convirtió en una nación erigida, en reiteradas ocasiones, sobre hombros de regímenes castrenses. La confluencia de “Generales y doctores” en la vida política, la sintetiza con certeza meridiana el escritor Carlos Loveira en la novela de igual nombre.

Los primeros emanaron de las guerras de independencia cubanas, entre ellos, Tomás Estrada Palma, José Miguel Gómez o Gerardo Machado, para transitar hacia una nueva etapa en el segundo cuarto del siglo XX, al irrumpir en el escenario del país una figura como Fulgencio Batista, quien tras un primer mandato elevado hasta el paroxismo político con la constituyente de 1940, degradó la constitucionalidad cubana, sumiéndola en una profunda crisis con el golpe de estado del 10 de marzo de 1952.

Las bases anárquicas contribuyeron a la progresiva ruptura de la democracia, posicionándose el populismo castrista a través de la represión, sea física o psicológica. Afianzándola como el camino para sostener la estabilidad social, y convirtiendo a la historia en instrumento de reafirmación de un hombre que necesita ser percibido y reverenciado como Dios. Cualquier sacrificio será considerado poco para un “individuo que debe su libertad a ese hombre”, elevado hasta la condición divina y ataviado de argucias para secuestrar la democracia.

La manipulación de la historia llega a construir un discurso que se posiciona en el inconsciente colectivo, siendo difícil deconstruirlo, más allá de la labor casi suicida que ello significará. En disímiles ocasiones, la leyenda llega a superponerse a la historia, legitimándose sobre su base.

Desde hace décadas, Cuba transita por un presente que solo se sustenta sobre promesas futuras. En su obra “Los siete contra Tebas” (1968), Antón Arrufat sintetizó ese devenir histórico con gran simbolismo en el enfrentamiento entre Tebas (Cuba), Etéocles (los Castro), Polinice (los exiliados cubanos), donde los enemigos externos solo necesitan aguardar a que se acentúen los conflictos gestados por la ineptitud de Etéocles.

Más de un siglo transcurrió, desde el inicio por José Martí de una denodada lucha para fundar en Cuba una sociedad donde prevaleciera la estrella sobre el yugo. Una y otra vez se evoca el pensamiento y a la figura del apóstol, con quien existe la deuda histórica de erigir un gobierno inclusivo, “con todos y para el bien de todos”, que saque al pueblo de la miseria en que vive sumido, y ajeno a los proyectos de despotismo personal, al que tanto temió el más universal de todos los cubanos.

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