A la memoria de Juan Antonio y El Nene Guerrita

Desandar las calles de Nueva York es exponerse a los encantos de una ciudad que parece esquiva a quienes se resisten a considerarla la capital del mundo. Espacios como Broadway, el Empire State, el Parque Central o la Quinta Avenida –pletórica de maniquíes que evocan imborrables rostros como el de Susy Parker o Briggitte Bardot–, traspolan lo efímero en eterno. Así percibí a la ciudad que me acogió al llegar a este país. Desde los ancestrales y emblemáticos retratos neoyorquinos, hasta la grandeza de museos como el de Historia Natural, el Metropolitano o el de Arte Moderno, donde fue imborrable el encuentro con La persistencia de la memoria, de Dalí; La noche estrellada, de Van Gogh; o Las señoritas de Avignon, de Picasso.

Pero durante mi visita a la ciudad que nunca duerme, todos los sitios podían ser pospuestos menos uno: el Yankee Stadium. El cuartel general del equipo que en los años '50 fue parte de los sueños, no sólo de mi padre, sino de millones de cubanos.

Aún cuando me sentía atrapado por portentos arquitectónicos como la poderosa mujer con una antorcha, –así define la poetisa Emma Lazarus a la Estatua de la Libertad–, aquel situado en el Bronx era impostergable. No era el mismo inaugurado el 18 de abril de 1923, suplantado en el 2009 por la segunda edificación más costosa en la historia del deporte, pero lo envuelve la aureola del mito: lo reafirmó el título de Serie Mundial logrado el año de su reinauguración, cuando vencieron al Philadelphia Phillies.

Hasta allí me llevó Adalberto, un taxista dominicano a quien no pude atrapar en una conversación sobre Juan Marichal, Alex Rodríguez o Sammy Sosa. Como un maestro de la esgrima, me sumió en una explicación detallada de los proyectos que tenía en su país después de jubilarse, sólo interrumpidos, de vez en vez, por una andanada de diatribas hacia quienes le robaron, horas antes, parte de las gallinas que criaba en el patio de su madre en Santo Domingo; contra ellos arremetió apropiándose de una canción del folclor dominicano: ti-ti manatí, ton-ton molondrón, roba la gallina, palo con ella.

En mi andar, miles de recuerdos se agolparon. Evoqué al amigo de la adolescencia que siempre decía: “Es que hasta su traje es grande”. El equipo neoyorkino era la Gran Manzana de los cubanos. Una tradición heredada de los años '50: época de glorias. El equipo ganó seis Series Mundiales: 1950, 1951, 1952, 1953, 1956 y 1958, con un staff plagado de estrellas como Mickey Mantle, Whitey Ford, Yoghi Berra, Elston Howard –primer jugador afroamericano de los Yanquis– y Roger Maris, el joven que pronto hizo historia.

Era imposible recordar aquella época sin reparar en la Serie Mundial de 1955. En ella la jugada de Edmundo Sandy Amorós catapultó a los Dodgers al primer título, arrancándoselo, literalmente, a los Yankees. Mi padre rememoraba su magistral fildeo en el sexto inning del séptimo juego –último del campeonato–, con una extraña mezcla de amor-dolor, pues si bien le sirvió a aquel cubano, negro, nacido en Pueblo Nuevo, Matanzas, para convertirse en leyenda, la jugada, completada por un certero tiro a Pee Wee Reese para doblar en primera a Gil McDougal, petrificó a una generación de cubanos. Fue una de las más comentadas en la historia del béisbol, calificada por Roy Campanella como la más grande en Series Mundiales y que, según mi padre, le arrancaba un suspiro de dolor cuando se llevaba la máquina de afeitar Gillette a la cara –ese año Amorós devino imagen de la emblemática cuchilla–. Quizás, el mismo que condujo a Mickey Mantle a arremeter contra Amorós en su libro My favorite summer: 1956, a quien reprochó habérsele cargado a Yoghy Berra –bateaba a la zurda– hacia la línea del left y capturar el batazo con una mano.

Aunque en esa ocasión pudo más el fin que los medios. Como en aquella mañana invernal de 1984, cuando una obligada reparación se llevó el número 7, pintado a lápiz, con la mayor pulcritud, en una de las puertas de un closet en la casa de mis abuelos paternos, inmortalizando al ídolo eterno: Mickey Mantle, quien supo a través de un amigo de mi padre, a quien frecuento aquí en Miami, que uno de sus más grandes fieles era cubano. Aquella carta testimonio fue atesorada por años en una vetusta caja encargada de custodiar los bienes más preciados de la familia, inusitado depósito de rarezas, cuyo contenido no hubiera adivinado ni el viejo Casey Stengel, director de los Yankees, a quien mi padre bautizó como el mago Stengel.

Pero nadie conocía estas historias como el viejo radio RCA Víctor. En la década del '60 él fue cómplice de mi padre, el Nene Guerrita y Filingo del Pino, quienes seguían, juego a juego, a los Yankees. La destreza de Filingo con los idiomas lo convertía en narrador exclusivo de los Yankees en el reparto La Flora, en la provincia cubana de Pinar del Río. Aún cuando todos estaban convencidos, de que su carrera no trascendería aquellos encuentros clandestinos.

Aunque si se hablaba de narración deportiva, Buck Canel era insuperable. Mi padre decía que podía dibujar las jugadas y tenía el don de hacer palidecer a la realidad. Me divertía escucharlo imitar su voz, reforzando el tono engolado, al llegar al séptimo inning, al propinarse un ponche o terminar una entrada retirando a los tres bateadores en su orden. Entonces decía: le tira y abanicando; estamos en el ining de la suerte, el lucky seven; se fue la entrada a paso de conga: de uno, dos y tres.

El tiempo lo envejece todo. Nos carcome hasta el propio cerebro. Lo hizo con el radio RCA Víctor y con los protagonistas de esta historias, a quienes nunca faltó un pretexto para rememorar a sus ídolos de siempre. Aquel selecto grupo de estrellas, donde no se incluían los cubanos Ángel Aragón, Armando Marsans, Willy Miranda, Luis Tiant y Pedro Ramos, jugadores de los Yankees en algún momento de sus vidas.

Ante el Yankee Stadium evoqué inolvidables momentos e hice realidad el sueño de hombres como mi padre, Juan Antonio, el Nene Guerrita, Filingo, Pinin, Armandito, Servilio, Charles Díaz, apasionados al béisbol. Junto a ellos aprendí que la vida es como un fly rompenubes hacia lo corto del center field, donde se debe correr siempre hacia adelante, condición primigenia para que no nos traicione la mano enguantada del tiempo.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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