Una de las problemáticas que carcome el devenir histórico de la América Latina es la supeditación de las leyes a los hombres. Por eso, la historia contemporánea en este continente está plagada de figuras tristemente célebres que han pretendido inmortalizarse desde un totalitarismo exacerbado como Francois Duvalier -Haití-, Alfredo Stroessner -Paraguay-, Hugo Banzer -Bolivia-, Augusto Pinochet -Chile-, Jorge Rafael Videla -Argentina- o Fidel Castro -Cuba-.

En ellos concurre una insaciable ansia de poder, unido a un recurrente narcisismo; resultado, en ocasiones, de furibundas carencias afectivas en su infancia que desencadenaron comportamientos neuróticos o psicóticos. No es fortuito que se aferren al poder, de modo tal, que deban ser arrancados de él a través de campañas militares, por la unidad del pueblo en su contra o la muerte.

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¿Qué habría sido de la historia de Estados Unidos con una actitud similar de George Washington? ¿Hubiese podido un hombre torcer el rumbo de un país? Dejando a un lado interrogantes que suscitarían criterios encontrados o hasta millones de páginas, aun cuando podemos analizar la historia como hechos consumados, prefiero centrarme en la grandeza de un individuo que, sin ser un militar brillante por su posicionamiento estratégico en el campo de batalla -aunque obtuvo grandiosas victorias en Saratoga y Yorktown-, devino pilar fundamental en la fragua y forja de esta nación. No legó obra escrita como Thomas Jefferson -pluma de la revolución estadounidense-, ni rubricó ideas de la grandeza constitucional de James Madison o de la profundidad económica de Alexander Hamilton. Pero como aseguró su más grande biógrafo, James Flexner, fue un “hombre indispensable”.

En conversación con Jefferson, Monroe sentenció: “su influencia fue la que sacó adelante este gobierno”. Washington supo sobreponerse a las derrotas militares que sufrió frente a los ingleses en la Guerra de Independencia. Su heroicidad fue retribuida en el contexto de los 200 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos -13 de octubre de 1976-, cuando fue ascendido, a propuesta del presidente Gerald Ford, a general seis estrellas, aunque con cierta reticencia del congreso, la más alta graduación militar en la historia del ejército estadounidense.

Siempre soñó con una república de ciudadanos libres, donde prevalecieran los derechos propugnados en la Declaración de Independencia. Jorge III de Inglaterra, el rey loco de Windsor, al conocer que se le propuso convertirse en emperador, anticipó su grandeza: “Si Washington es capaz de renunciar al poder que se le está ofreciendo, se convertirá en el hombre más grande de su era”. Pero el héroe no vacila en presentarse frente al Congreso en Philadelfia, entregar sus armar y cabalgar, junto a tres de sus edecanes, hasta Mount Vernon, Virginia, junto a su esposa Martha -Lady Washington-.

El hombre que vivía convencido de que “la libertad, cuando empieza a echar raíces, es una planta de rápido crecimiento” o de la imposibilidad de gobernar “rectamente el mundo sin Dios y sin la biblia”, fue un paladín de la gratitud. No es fortuito que, una y otra vez, sea convocado a guiar las riendas para la fundación de este país, como en la constituyente de 1787, en las elecciones de 1789 o en 1792, negándose a un tercer mandato cuatro años después. Nunca puso excusas, pues estaba convencido de que eran un ardid aborrecible de los fracasados, poseyendo el mayor de los títulos honoríficos, según él: la honestidad.

En su carta de despedida como presidente -hecha pública en 1796 y escrita por Alexander Hamilton sobre un texto de James Madison-, expone sus ideas sobre política exterior: “La gran regla de la conducta para nosotros respecto de naciones extranjeras es extender nuestras relaciones comerciales, tener con ellos tan poca conexión política como sea posible”.

Después asegura: “Confiando en esa bondad de mi país, y poseído de un ardiente amor hacia él, tan natural en el hombre que en esta tierra tuvo su cuna y la de sus padres por muchas generaciones, me regocijo anticipadamente al pensar en el tranquilo retiro donde pienso entregarme al reposo, a fin de disfrutar, entre mis queridos conciudadanos, de la benéfica influencia de sabias leyes, bajo un gobierno libre, objeto favorito de mis constantes deseos y la más dulce recompensa que puedan alcanzar nuestros mutuos afanes y peligros”.

La vida de George Washington es un ejemplo para las figuras políticas de la América Latina. La violación del respeto a las leyes, a las libertades individuales o al estado de derecho, son fisuras de gobiernos latinoamericanos, adscriptos al paradigma presidencialista, gracias al legado de los “padres fundadores” estadounidenses, quienes, como el propio Washington, temían una vuelta al absolutismo monárquico europeo.

Este 22 de febrero, día del nacimiento del padre de los Estados Unidos hace 287 años, es un excelente momento para recordar a un hombre que, apelando al pensador cubano José Martí, no era más perfecto que el sol, por eso tenía manchas, pero que fue definido como “primero en la guerra, primero en la paz y primero en el corazón de sus compatriotas”.

Es un sueño latinoamericano erigir sólidas democracias acompañadas de estrategias de desarrollo que encaminen a los países hacia el éxito. Para ello, usando palabras del propio Washington, es necesario desterrar todo sector dominante que “…acaba por aprovechar esa inclinación de los ánimos para elevar su poderío sobre las ruinas de la libertad pública”.

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