Hillary Clinton sacó 400 mil votos más que Donald Trump. Sin embargo, perdió. El año 2000 Gore había sumado 500 mil votos más que Bush hijo y también perdió. Curioso sistema: en un país tan individualista, no gana quien obtiene más votos individuales.

Obama sacó 69 millones de votos el 2008 y casi 66 millones el 2012. Hillary obtuvo apenas 60 millones de votos. Es decir que perdió tantos como 9 millones de votos, comparada con Obama en su primera elección. ¿Adónde se fueron esos 9 millones de votos? ¿A Trump? No. Probablemente fueron personas desencantadas que no salieron a votar en absoluto o que votaron por Johnson o Stein como una expresión de repudio o protesta a los dos candidatos principales.

Romney el 2012 logró 900 mil votos más que Trump el 2016. No obstante, Romney perdió con Obama. Con menos votos que Romney, Trump ganó la presidencia. Curioso sistema electoral.

California es una república independiente. Hillary le dio una paliza a Trump. Se adjudicó 3 millones de votos más que su rival.

En Nueva York Hillary le ganó a Trump por una diferencia de 1 millón y medio de votos. Ello le permitió sumar en su columna los 29 colegios electorales de Nueva York. En la Florida Trump ganó por una diferencia de 120 mil votos. Sumó a su favor el mismo bolsón de 29 colegios electorales. Se podría decir entonces que un voto demócrata de Nueva York vale menos que uno republicano de la Florida. Se podría decir igualmente que dos votos demócratas de California valen menos que uno republicano de la Florida.

En la Florida Hillary perdió por 120 mil votos y Johnson sumó 206 mil votos. Si los que votamos por Johnson en la Florida hubiésemos votado por Hillary, ella habría ganado el estado y sus 29 colegios electorales.

En Pennsylvania Hillary perdió por apenas 70 mil votos y Johnson obtuvo 142 mil votos. Si los que votaron por Johnson en Pennsylvania hubieran votado por Hillary, ella habría ganado el estado y sus 20 colegios electorales.

En Michigan Hillary perdió por minúsculos 12 mil votos y Johnson se hizo de 173 mil votos. Con los votos de Johnson, ella habría ganado el estado y sus 16 colegios electorales.

En Wisconsin Hillary perdió por solo 28 mil votos y Johnson consiguió 106 mil votos. Con los votos libertarios, la señora Clinton habría ganado el estado y sus 10 colegios electorales.

Es decir que Gary Johnson le costó a Hillary Clinton los cuatro estados en los que ella finalmente perdió la elección: Florida, Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. Johnson fue entonces para Hillary lo que Ralph Nader fue para Gore el año 2000: la piedra en el zapato.

Trump ganó Carolina del Norte con autoridad: 4 puntos porcentuales, 180 mil votos. También barrió en Ohio: 9 puntos de ventaja, 460 mil votos. Y en la Florida ganó por 1.3, es decir 120 mil votos. Ganando esos tres estados, y aun imponiéndose en Iowa, que también se adjudicó con holgura por 10 puntos, es decir 150 mil votos, ¿ya era con toda seguridad el presidente electo? No: Ganando esos cuatro estados, de los cuales Romney solo había prevalecido en Carolina del Norte el 2012, Trump hubiera sumado 259 colegios electorales. Si Hillary perdía como perdió esos cuatro estados, pero ganaba Pennsylvania, Michigan y Wisconsin (y fue derrotada en los tres, que sumaban 46 colegios electorales), ella habría sido la presidenta electa.

¿Por qué perdió Hillary los seis estados que ganó Obama hace cuatro años: Florida, Iowa, Pennsylvania, Ohio, Michigan y Wisconsin? Por una simple razón: la venganza del hombre blanco. El hombre blanco, de bajos ingresos y limitada educación, votó masivamente, y con entusiasmo casi fanático, por Trump. Y los hispanos y afroamericanos que habían votado por Obama no votaron en la misma proporción por Hillary. Trump enfervorizó a su tropa belicosa; Hillary no fue capaz de transmitir esa pasión guerrera a sus batallones renuentes.

No fue tan insólito que Trump ganara la Florida. Bush había ganado la Florida el 2000 y 2004. Tampoco fue del todo extraño que Trump ganara Ohio: ese estado había votado por Bush el 2000 y 2004. No podría decirse que fuese una sorpresa mayúscula que Trump ganara Carolina del Norte: ese estado había votado siempre republicano desde 1980, con la solitaria excepción de 2008, cuando Obama le ganó el estado a McCain por puesta de mano. Pero las grandes sorpresas fueron Pennsylvania, Michigan y Wisconsin. La última vez que un republicano había ganado Pennsylvania y Michigan fue en 1988, con Bush padre. Y la última vez que Wisconsin votó republicano fue a Reagan en 1984. Que Trump ganara esos tres estados fue sin duda la gran sorpresa de la noche.

El voto hispano no fue tan importante como se decía. El argumento más o menos socorrido era el siguiente: si el voto hispano te da la espalda, no llegarás a la Casa Blanca. No fue así. Hillary duplicó el voto hispano de Trump y perdió. ¿Por qué? Primero, porque en tres estados donde el voto hispano es el 52 por ciento de la demografía nacional (California, Texas y Nueva York), nada cambió sustancialmente: California y Nueva York fueron demócratas como siempre, y Texas, republicano como de costumbre. El voto hispano podía entonces hacer la diferencia en la Florida y Arizona. En Arizona habían ganado McCain el 2008 y Romney el 2012 y Trump ganó con relativa comodidad: 4 puntos porcentuales, unos 85 mil votos. (Podría decirse que en Arizona Trump obtuvo un mandato para construir el muro). Y en la Florida Trump ganó por una diferencia superior a la que Obama le sacó a Romney: en aquella ocasión fueron apenas 0.9 décimas, y ahora Trump triunfó por 1.3 puntos, o sea 120 mil votos. Es decir que el voto hispano no le sirvió para nada a Hillary, salvo quizás en Nevada, pero en Nevada ya había ganado Obama en sus dos tentativas presidenciales. ¿Por qué el voto hispano no alcanzó para colocar a Florida y Arizona en la columna de Clinton? Porque no salieron a votar todos los hispanos que Hillary necesitaba, y porque el hombre blanco de la Florida acabó derrotando al hispano. De modo que Trump demostró que sí se puede ganar la presidencia sin el voto mayoritario de los hispanos.

Trump, que ganó tres estados por puesta de mano o llegada hípica de fotografía (Michigan, Wisconsin y Pennsylvania), estuvo a punto de ganar otros tres estados también por una diferencia estrechísima: en New Hampshire perdió por apenas 0.3 décimas, es decir solo 2,600 votos; en Minnesota perdió por 1.5 puntos, es decir 44 mil votos; y en Nevada perdió por 2.4 puntos, unos 26 mil votos. Esos tres estados sumaban 20 colegios electorales. La última vez que un republicano había ganado New Hampshire había sido Bush el 2000, y ese estado le valió la presidencia (Gore, aun perdiendo la Florida, habría sido presidente con solo ganar los 4 colegios de New Hampshire); la última vez que Minnesota se volcó al campo republicano fue en 1972, votando por Nixon: desde entonces, por diez elecciones presidenciales consecutivas, fue siempre demócrata, y Trump estuvo muy cerca de la proeza de pintar el estado de rojo; y Nevada tenía la curiosa historia de votar siempre por el ganador desde 1980: votó Reagan dos veces, Clinton dos veces, Bush dos veces y Obama dos veces, siempre con el triunfador, pero ahora se fue con Hillary por muy poco, apenas 26 mil votos.

Pero el estado verdaderamente clave ha sido Ohio. Desde 1944, Ohio vota siempre por el ganador, con la única excepción de Nixon en 1960. Es un récord sorprendente. Ohio va y viene de un partido a otro, es el más pendular de los estados volátiles campos de batalla, pero acierta siempre con el ganador. Tiene las llaves de la Casa Blanca. Allí donde se inclina Ohio, se va la presidencia. No es el caso de la Florida: en 1992 se fue con Bush padre y Clinton ganó la presidencia. Desde entonces, sin embargo, la Florida ha votado siempre por el ganador, y esta vez, prefiriendo por poco a Trump, confirmó aquella tendencia.

¿Por qué vaticiné en mi programa, tres meses antes de las elecciones, que ganaría Trump, con el voto de la Florida, entre otros estados? Porque una clara mayoría decía que el país iba por mal camino y quería un cambio. Hillary se propuso demostrar que era una mejor persona que Trump y probablemente lo demostró. Pero la gente no elige a la mejor persona, sino al candidato que interpreta mejor sus expectativas y le ofrece un mejor futuro. La gente quería un cambio. Hillary, una antigua burócrata de la política, era la aburrida continuidad. Trump representaba la emoción y el riesgo del cambio. Por eso ganó.

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