miércoles 1  de  abril 2026
RELATO

La última victoria de la colonia española en Cuba

Vivencias que toman forma de relatos y conducen a la reflexión

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Triste tarea la de los historiadores, incomprendidos y obcecados, condenados a enfrentar a quienes tratan de guardar en una misma bolsa todas las tendencias y matices.

Y mucho más difícil es su tarea en nuestro Macondo insular, porque en Cuba además de críticos y verdugos, se repiten infinitas variables que atentan contra clasificaciones racionales, movimientos y estaciones.

Nuestra historia como país está llena de recovecos, clasificaciones enfrentadas y desordenes casuales, que impiden archivar definitivamente lo que pasó, porque de cada historia los cubanos tenemos miles de versiones.

Veintisiete años han transcurrido desde uno de esos momentos, a duras penas creíble.

El escenario:

Un pedazo de la vieja fortaleza de la Cabaña, convertido en reparto de viviendas para militares, espacio segregado que no tardó en contagiarse del espíritu de ruina y pobreza de todos los residenciales de La Habana. Hoy el antiguo segmento del cuartel colonial desentona con los sueños de los muros restaurados. El reparto militar no está incluido en las ferias del libro ni en los cañonazos a las nueve; sobrevive malamente a la entrada del destino turístico en que se convirtió la fortaleza, sin poder disimular su fealdad, desentonando con el viejo enclave, hoy remozado y ávido de dólares.

La protagonista:

Una joven artista de televisión, que vivía sus quince minutos de Warhol gracias a una mala telenovela, de moda en ese lejano 1998.

Su papel secundario en el bodrio del momento la convertía en la estrella de la fiesta colectiva más importante del triste reparto: la conmemoración revolucionaria que cada septiembre permite a los cubanos ahogar en un mal caldo y una agria cerveza los pesares diarios: el cumpleaños de los CDR, el peor de los monstruos creados por el régimen, un cuasi jolgorio que al menos sirve para simular alegría.

La escena:

Los vecinos orgullosos de la famosa visitante le garantizaron el puesto de honor: el más cercano a la olla de la caldosa, esa tergiversación del ajiaco de antaño. En su entrenamiento de conducta, los anfitriones del barrio militar delimitaron la zona VIP del resto de los mortales, marcando el espacio con lo que tenían a mano, en este caso, una vieja e inmensa munición, cachivache decorativo heredado de los últimos desesperos españoles ante el infortunio de la Colonia. La mole de acero había formado parte del alijo final que España había enviado a ultramar, pero llegó demasiado tarde para las fortalezas, que cedieron sin combatir luego de descalabros navales en el Oriente.

Con los años y el desuso había pasado a ser un adorno, repintado y corrido de lugar miles de veces hasta quedar como propiedad de todos en el reparto y ese día era el valladar: marcaba el punto hasta donde se podía llegar para estrechar la mano o celebrar a la intérprete de “Tierra Brava”.

La acción:

La imprudencia de aproximar el caparazón de acero al fuego de la olla hizo despertar sueños de estafeta en el animal dormido: como el personaje de un cuento de Isaac Asimov, la vieja munición creyó distinguir el fragor de la batalla en el barullo de la fiesta, sospechó al enemigo en la cabeza de cerdo flotando en la olla, recordó su destino y recobró su papel protagónico. La explosión hirió a muchos, pero, tras semanas de agonía, terminó matando a la artista.

Conclusión e intento de moraleja:

Cien años después del cierre oficial de las hostilidades por la independencia de Cuba, la guerra hispano-cubana se cobraba su última víctima. Emboscada en el tiempo, la columna española volvía a la carga, riéndose de Calixto y de Teddy, de Cánovas y Sagasta, del Caney y los pactos parisinos.

Coda:

¿Esta víctima —pregunto a los émulos cubanos de Heródoto— a quién se la apuntamos?, ¿será archivada como culpa del bloqueo del imperialismo?, ¿o es sin dudas la consecuencia menor de la explosión mayor a que nos condena el régimen actual?, ¿o se la podremos endilgar a la falta de supervisión de Alfredo Zayas?, aquel presidente de principios de la república que mandó a remover todas las municiones viejas tras una explosión en un polvorín de la fortaleza.

¿O quizás la culpa recae en la señora anónima que desesperada, plato y cuchara en mano se abalanzó sobre la olla de la caldosa y zarandeó el sueño de la inestable munición?

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