En tantos años de revolución siempre ha existido la constante en los representantes del poder de creer que pueden modificar la realidad a su conveniencia.
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
En tantos años de revolución siempre ha existido la constante en los representantes del poder de creer que pueden modificar la realidad a su conveniencia.
Así arrastran una interminable retahíla de fracasos, que van desde las fantasías de eliminar el marabú de los campos del país, (incluso Fidel llegó a ofrecer veinte pesos por la mata que sobreviviera a aquella ofensiva absurda), hasta los planes de desecar la ciénaga de Zapata para convertirla en el valle de la abundancia.
Para no contar sobre los sueños de diez millones de toneladas de azúcar en 1970 o el irracional proyecto de desarrollar un polo científico en los peores momentos del periodo especial.
A nivel familiar intentaron crear nuevos lazos entre hijos y padres o conseguir fidelidades por encima de los nexos paternales. Así llegaron las escuelas en el campo, los estudios en otros países y hasta las guerras en África.
Lo inconcebible de todas estas locuras fue que terminamos asumiéndolas como actos normales, como procesos cotidianos y necesarios para trascender en aquella sociedad. Hoy no pasan de aberraciones y fantasías del dictador mayor.
Siempre que hablamos de estas tergiversaciones frustradas me acuerdo de Violeta Casals, la voz de Radio Rebelde, la heroína de la Sierra Maestra que uno se imaginaba a la diestra de Fidel mientras gritaba “aquí Radio Rebelde” ...
Violeta parece que era estéril, pero, en los inicios de los años sesenta, en un oportuno viaje a las montañas orientales, ocurrió un milagro: Por arte de birlibirloque, ella y su esposo regresaron a La Habana con un hijo, quizás comprado o tal vez adoptado, pero un hijo propio, con nombre y apellidos registrados oficialmente en un certificado de nacimiento, garantizando al heredero: Sergio Pons Casals.
Violeta más que la madre parecía la abuela, y desentonaba con el resto de las jóvenes que llevaban sus hijos a la escuela primaria La Edad de Oro, en la calle 20 entre primera y tercera, en Miramar, el mismo barrio donde residían, en una mansión frente al mar, con piscina natural y hermosos portales de balaustrada de madera, “regalo del comandante en jefe” repetían los vecinos orgullosos.
“Le vendieron gato por liebre”, decían otros en voz baja cuando fueron evidentes los retrasos del niño en el aprendizaje: Sergio suspendía sin remedio, año tras año, el segundo grado, por un manifiesto problema de incapacidad.
Pero Violeta era un exponente de la revolución y siguiendo el ejemplo de su máximo líder, decidió torcerle el brazo a la realidad e imponer lo que fuera necesario para que Sergio Pons se convirtiera en un chico normal.
La ofensiva la llevo a descubrir a la seño Xiomara, profesora de segundo grado que, una vez captada para la causa, acompañó a Sergio en cada promoción hasta sexto grado. Porque de repente el niño sabía multiplicar y pasaba los exámenes con notas sobresalientes.
La falacia duró hasta la secundaria, donde ante la falta de profesores cómplices Violeta tuvo que optar por otra estrategia. Sergio no llegaría nunca al preuniversitario, pero sería un “niño rico”.
Violeta y su esposo fueron los embajadores no oficiales entre Fidel Castro y Omar Torrijos, así que de repente la familia Pons Casals pasaba temporadas en Panamá y regresaban a Cuba cargados de pacotillas que sirvieron para conseguirle a Sergio desde novias, hasta carné de identidad y la supuesta normalidad que la naturaleza le había negado.
Fines de semana en hoteles, ropa de última moda, perro de raza y una videocasetera en la sala, así Sergio trascendía como un tipo especial, que ni estudiaba ni trabajaba, pero que tenía de todo. Ah, manejar nunca se le dio, así que también había chofer.
Cuando por ley de la vida le tocó quedarse solo, no tenía tutor porque Violeta se había creído su propia mentira y el pobre incapacitado quedó a merced de cuanto bandido pudo utilizarlo para hacerse de una casa.
Así lo fueron casando con mujeres que le obligaban a permutar por dos propiedades y divorciarse luego de tener a su nombre una de las nuevas viviendas, en cada oportunidad el patrimonio de Sergio se depauperaba: le tocaban casuchas más chicas y más incomodas.
La madre de mi hija mayor y yo servimos de abogados en una de las últimas transacciones. Esa vez Sergio estaba dispuesto a perder su propiedad de un cuarto por el pago de dos mil pesos cubanos, una lata de micocilén para su pies y dos paquetes de picadillo. Logramos abortar la operación para que se quedara al menos con un techo y le pedí encarecidamente que fuera a solicitar ayuda en la asociación de combatientes, donde supuestamente atendían a personas como él.
La esposa de turno nos insultó por nuestro evidente boicot y aseguró: “pierden su tiempo, esto está cantado, me llevo mi bobo a otro abogado que de seguro me resuelve y ustedes no podrán hacer nada”
Meses después Sasha, un vecino, vino espantado: se había encontrado a Sergio pescando pomos plásticos de un tanque de basura, era un desamparado y traía destrozados los pies por el hongo recurrente. Cuando le ofreció ayuda le pidió ron, para al menos entretenerse.
Sergio fue el resultado de las ilusiones de su madre que gritaba “aquí Radio Rebelde” mientras machete en mano trataba de abrir un camino en medio del monte de marabú que la vida le había regalado junto con el hijo negociado en un bohío campesino.
Sergio se me antojaba como la ciénaga recurrente que imponía sus humedales a las locuras del líder, o como aquella pastilla milagrosa, PPG, creo se llamaba, que costó millones de dólares fabricarla y que luego no se le pudo vender a nadie.
Así quedó el protagonista de esta historia, sentado en el basurero del barrio que le vio crecer, como otro logro de la revolución, rascándose desesperadamente los pies en carne viva mientras le rogaba a Sasha por un poco de alcohol.
Quizás le hubiera ido mejor en la vida si Violeta y su uniforme verde olivo nunca hubieran traspasado la puerta de aquel humilde rancho serrano.
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