Agosto 2019

El régimen totalitario más peligroso en la faz de la tierra, cargado de las armas, la tecnología y los recursos para imponer su voluntad tanto en su territorio y como en su órbita geográfica, ha sido puesto en jaque por una población desarmada pero decidida a no perder sus libertades y su cultura. Se trata de Hong Kong, donde una población entera, integrada en sus respectivas comunidades, ha salido a las calles para desafiar los intentos del régimen comunista chino de sofocar los espacios autónomos de derecho y libertades de esa ciudad.

¿Cómo es posible esto? ¿Por qué Beijing advierte reiteradamente y moviliza al ejército en maniobras amenazantes, pero no acaba de repetir los sucesos de la terrible masacre de Tiananmen para aplastar el desafío político de los residentes de Hong Kong? No importa cuál sea el desenlace final, cada día de resistencia por parte de Hong Kong le ha demostrado a toda China que se puede perseverar y luchar contra un régimen totalitario.

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¿Por qué a la República Popular China, con una población compuesta por 1.4 mil millones de personas ocupando 9,6 millones de kilómetros cuadrados, le ha sido tan difícil imponerle su voluntad a una ciudad estado con escasamente 7 millones de habitantes desplegados en 1,104 kilómetros cuadrados?

El triángulo de poder de todo régimen totalitario consiste de tres elementos: en la base del mismo, esencial para su conquista y mantenimiento del poder están los asesinos, los guardianes de la revolución dispuestos a matar al que sea para mantener vivo al estado leviatánico. Al otro lado de esta esquina está el aparato administrativo del estado: los diplomáticos, el servicio de inteligencia, los administradores económicos. Gente con la capacidad de organizar y decidir sobre los recursos colectivos de los cuales la dictadura priva a la población.

A la cabeza de la pirámide está la clase intelectual y de entretenimiento, esencial para legitimar a los asesinos y sus administradores ante el mundo, y de justificar las acciones ante la población y el mundo. Esta es tarea esencial para un estado comunista, ya que según Lenín y Gramsci a la clase trabajadora le “era difícil concebir políticas públicas más allá de sus intereses”. Para estos ideólogos del totalitarismo, los intelectuales son la vanguardia de la revolución, esenciales para la supervivencia de la misma.

Mientras más compacta sea esta pirámide, mientras menos distancia exista entre las puntas del triángulo, más fuerte es el estado totalitario. Por eso ha sido tan difícil derrocar a los regímenes totalitarios de primera generación. Una misma clase, la de los “revolucionarios profesionales”, se rotan entre las funciones de la violencia, de la administración y la justificación intelectual. De ahí lo de Sartre sobre el “Che” Guevara siendo “el ser humano más completo de nuestros tiempos”. Guevara podía matar, servir malamente de ministro y escribir y hablar en defensa de la “Revolución”.

Lo que sucede es que para mantener vigente su doctrina anti natural, el estado totalitario tiene que constantemente impedir que la sociedad afirme su soberanía. Tiene que derrotar y demonizar a su adversario, pero a la vez servirse de él. Para esto intenta segmentarlo en grupos o clases o comunidades a las que les echa la culpa de todos los males del sistema para entonces eliminarlos, dejando esto como cicatriz intimidatoria en el tejido social. Los comunistas chinos dependen del dinero capitalista que genera Hong Kong, por tanto, tiene que vencerlos sin destruirlos.

Esto sirve de escarmiento, pero también une en el crimen a la clase dirigente para que se mantenga leal al sistema. El crítico literario norteamericano Kenneth Burke llamaba a este proceso “scapegoating mechanism” (el mecanismo del chivo expiatorio), concepto sobre el cual el gran filósofo humanista francés René Girard ahondó en su clásico libro Things Hidden since the Foundation of the World (1978).

Mientras más distancia exista entre las puntas de la pirámide más débil es el sistema. Los sistemas totalitarios les sucede esto en la medida que tienen que especializarse para competir en un escenario internacional. La clase burocrática invariablemente quiere alejarse de los asesinos. El sector de inteligencia y contra inteligencia intenta mediar en esto, manteniendo el control y el seguimiento sobre asesinos, administradores e “intelectuales”.

La tenaz resistencia de Hong Kong ha puesto al descubierto estas grietas en la estructura de poder del comunismo chino. Una clase gerencial-empresarial que compite en un mundo financiero sofisticado no quiere verse ligada a otro Tiananmen, a otra Revolución Cultural. A los bancos y a los inversionistas de occidente no le agrada que el ruido de disparos y el olor a sangre fresca entre en sus recepciones.

La burocracia del Partido Comunista está preocupada por los excesos de Xi Jinping. Saben que China no se puede gobernar sobre bayonetas solamente, y que la visión imperial de Xi puede alterar el frágil balance interno entre las provincias, los grupos étnicos y los “bolsones de desarrollo”. Lo de Hong Kong es un resultado del deseo de Xi de alterar estos precarios balances tradicionales peculiares a la República Popular China en aras de consolidar su propio poder personal.

A la vez, Xi se encuentra en una situación complicada. La pluralidad de poderes norteamericanos se ha convertido en una hidra para él. El Presidente Trump lo ha confrontado con sanciones en el campo financiero-económico, lo ha empantanado en duras negociaciones bilaterales en la cual se juega su prestigio como negociador y administrador del sistema chino. Trump no ha querido comentar sobre Hong Kong, estableciendo que es un “problema interno” de China, sin embargo, la presidente de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ha encabezado un reclamo mundial de solidaridad con Hong Kong que ha aislado hasta ahora al aparato intelectual de justificación del sistema chino. Xi tiene también ante sí el reto emergente de una India nacionalista, de un Japón que se siente amenazado por Xi y por los norcoreanos, de la terca resurgencia en el plano internacional de Taiwán y de la posibilidad de que estos tres poderes concierten una alianza formal o informal ante las pretensiones de Xi.

Sin embargo, la esencia de esta crisis no está en la geo política, sino en la voluntad de lucha del pueblo de Hong Kong y en el tipo de lucha que ha escogido. Inspirados en una fuente común cultural basada en el Estado de Derecho y las libertades públicas heredadas de los ingleses, y mediante la construcción de coaliciones horizontales de las diversas comunidades que componen a Hong Kong, la ciudad ha logrado hasta ahora prevalecer en su empeño de resistencia. Funciona entre ellos una “resonancia mórfica”, una memoria común energizante, cuya vitalidad orgánica les permite moverse en la misma dirección de distintas maneras.

Su concepto es uno de 24 horas de resistencia los 7 días de la semana. Basándose en los conceptos estratégicos del fallecido actor, pensador e ícono de las artes marciales de Hong Kong, Bruce Lee, con su máxima de combate de “el ser como agua”, la población sabido cambiar la forma y expresión de las protestas constantemente sin darle tregua al régimen comunista. En vez de una manifestación gigantesca, llevan cabo diez simultáneas menores. Desde ancianos hasta jóvenes logran interrumpir e interferir las actividades claves del gobierno y la economía de ocupación. Se arriesgan al daño mortal y resisten los embates de los delincuentes paramilitares enviados a atacarlos, pero no pierden tiempo con objetivos menores. Concentran sus esfuerzos en las áreas de vulnerabilidad del sistema.

Una amplia red de ciudadanos apoya las protestas escondiendo a los activistas más buscados. Otros ciudadanos se encargan de hacer difícil el acceso de la policía a las áreas de manifestaciones. Los técnicos de la resistencia han desarrollado mensajería interna encriptada para privar a la policía política de inteligencia clave sobre el cuando y el donde de las protestas. No hay un solo líder o conjunto de líderes, si no que múltiples coordinadores y voceros con pliegos de demandas similares.

Los ciudadanos libres de Hong Kong ya han ganado la batalla. O la República Popular China respeta su autonomía o se desatará una crisis de aun peores consecuencias para la misma. Puede que opte la dictadura por una represión cada vez más violenta, quizás hasta brutal. Descubrirán entonces los jerarcas comunistas la verdad que animaba a la inquebrantable Solidaridad polaca, las insurrecciones, aunque sean aplastadas, inspiran más insurrecciones, hasta que alguna de las esquinas del triángulo de poder totalitario pierda la voluntad de poder.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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