Volar de Miami a Los Ángeles, si no hay contratiempos, si el vuelo de American no sale demorado, se hace largo y pesado, aun si consigo escribir durante el vuelo, o si encuentro una buena película que acelere el paso del tiempo. En teoría son cinco horas, pero uno sale de casa a las tres de la tarde y llega al hotel, extenuado, sediento, la lengua afuera, diez horas después, y eso que no viajamos con maletas, sino apenas con maletines rodantes.

Mi mujer, nuestra hija, el perrito y yo venimos a Los Ángeles dos o tres veces al año, debido a que mi mujer ama esta ciudad, y yo la amo a ella, y por consiguiente no me resulta arduo amar muchas de las cosas que ella ama. Nos quedamos siempre en el mismo hotel de Beverly Hills, donde nos miman y agasajan de modos insuperables. Esta vez, sin embargo, no nos alojamos allí, porque la piscina estaba cerrada, en refacciones, habían tenido una emergencia, un accidente, no quisieron decirnos si alguien se ahogó, solo tuvieron la delicadeza de informarnos que la piscina se había cerrado por obras, indefinidamente, y por eso nos fuimos a otro hotel del barrio, algo menos lujoso, pero con una piscina muy cómoda y un estupendo spa. Cuando estoy de vacaciones, procuro tomar un masaje de una hora al final de la tarde, todos los días, y luego darme un banquete en un gran restaurante. Mi mujer me pide que vayamos al mismo restaurante italiano, en el que a menudo hay que esperar media hora o más para conseguir mesa, pero en esta ocasión conseguí persuadirla de probar otro italiano, que nos pareció menos rico, pero, estando con la niña y el perro, más cómodo y espacioso, y menos bullanguero.

Normalmente no alquilamos auto y nos quedamos en Beverly Hills y todo lo hacemos a pie, muy a gusto: el hotel que es como nuestra casa queda a distancia caminable de la farmacia, del mercado naturista, de la tienda de perros, de los mejores restaurantes, de parques muy bonitos, de manera que todo lo hacemos andando, a nuestro aire, disfrutando del verano fresco, templado, nunca lluvioso ni sofocante, de esta ciudad, tan distinto del verano insoportablemente húmedo y opresivo, salpicado de mosquitos, que nos agobia en Miami, y del que escapamos todo cuanto podemos, mientras nuestra hija está de vacaciones del colegio. Caminar por nuestro barrio de Beverly Hills es una experiencia sosegada y placentera, ajena al estrés y el ruido infernales de caminar, por ejemplo, en Manhattan. Uno se siente realmente de vacaciones. Y cada tanto ves a una celebridad, pero nadie se escandaliza y la vida sigue igual, tanto mejor.

En esta ocasión alquilamos una camioneta porque queríamos conocer Santa Bárbara y Montecito. Mi amiga Brenda, que vive en Montreal, nos había hablado maravillas de Montecito. Mi mujer me había dicho que Ellen tiene una casa en Montecito, y mi mujer ama a Ellen, la encuentra genial. Yo sabía que Oprah tiene la mansión más cara de Montecito: la compró en cincuenta millones y ahora vale noventa. Por eso manejamos dos horas al norte de Beverly Hills, hasta llegar al hotel en Santa Bárbara. La ruta se hizo larga y tediosa, por suerte nuestra hija y el perrito durmieron la siesta, y con Waze es imposible perderse, y uno hasta corta camino, eludiendo las congestiones. Yo conocía bien Santa Mónica, Malibu, Sacramento, San Francisco, Sausalito, pero nunca había venido a Santa Bárbara, y sabía que me iba a gustar.

No imaginé que me gustaría tanto.

Tuvimos que elegir entre un hotel en la playa de Montecito, o uno en las alturas de Santa Bárbara. Este último me pareció más original: treinta o cuarenta cabañas en medio de unos jardines preciosos, bien arriba de Santa Bárbara, con unas vistas sobrecogedoras al mar Pacífico. Sin embargo, el primer día en ese hotel fue adverso, contrariado: fuimos a la piscina, más bien pequeña, con pocas tumbonas, y una pareja de hombres gays se quejó porque nuestro perrito se orinó al pie de la piscina y yo hice todo lo humanamente posible, dentro de mi natural torpeza, para limpiar el pequeño feo amarillento que dejó nuestro bello perrito, infinitamente más hermoso y adorable que los amantes quejumbrosos, espantados por un mínimo meo de perrito; mi mujer pisó descalza a una abeja, que, antes de morir, le clavó su aguijón en el dedo gordo del pie, provocándole un dolor espantoso, parecido al de pisar un vidrio, y una hinchazón que la tuvo coja y adolorida todo el viaje; y esa primera noche cenamos en el restaurante del hotel y nos pareció regular tirando a malo, tanto el servicio como la comida, que la traían renuentes, como haciéndote el favor.

Pero lo mejor estaba por venir.

Los días posteriores, tras desayunar a media mañana, nos dirigimos a la playa Butterfly. Fue la primera vez que nuestro perrito conoció la playa, el mar. ¡Cómo gozó, cómo corrió extasiado por la arena, cómo se alegró conociendo a otros perros, cómo jugó con las olas que agonizaban, lamiéndole las patitas! ¡Fue un espectáculo maravilloso verlo en una playa por primera vez! El mar estaba helado, por supuesto, lo que no impidió que me diese unos buenos chapuzones purificadores, recordando las playas en las que, sin protector de sol, porque mi padre decía que esas cremas eran para las mujeres, no para los machos, fui feliz de niño, como La Herradura, Villa, El Silencio, tantos miles de kilómetros al sur, en ese mismo litoral de aguas bravas, frías y arenosas. Lamentablemente, no hay, en todas las playas de Santa Bárbara, una sección confortable de la playa que ofrezca tumbonas y sombrillas, así que nuestras visitas al mar eran breves, una hora, hora y media, no más, porque no tolero exponerme tanto al sol, y eso que me embadurno masivamente con protector grado cincuenta. Luego de los baños de mar, almorzamos siempre en un hotel muy refinado en la playa de Montecito, una propiedad bellísima, de arquitectura colonial, en la que uno podía sentirse como en San Miguel de Allende, todos los camareros mexicanos tan amables y encantadores, especialmente Hugo, todos además me conocieron del programa y se esmeraron en servirnos con suma generosidad. Luego, de camino a nuestro hotel, tuvimos el buen tino de parar en una heladería famosa del centro de Santa Bárbara, ¡menudos helados de café venden allí! ¡Había helados de café brasilero, turco, colombiano, impresionante! ¡Con lo que me gustan los helados de café! Ya luego la tarde se deshacía, lenta y perezosa, en las tumbonas a la sombra del hotel bien arriba de Santa Bárbara, y mientras las chicas tomaban sol, yo caminaba al spa a tomar un masaje reparador.

No fuimos al zoo de Santa Bárbara, no quisimos, mi mujer deplora los zoológicos, quiere que liberen a todos los animales. Fuimos al museo de historia natural, es pequeño, lo recorres en media hora, nos encantó. Visitamos los parques más lindos del pueblo, todos impecables, impolutos. Porque Santa Bárbara no es una ciudad, pero tampoco es un pueblito, está a medio camino entre una cosa y la otra: en el centro del pueblo hay tiendas de alta gama, como en Palm Beach, pero también cafés con aire bohemio, artístico, que no vi en Montecito, un barrio mucho más exclusivo y se diría que presumido. Desde luego, Montecito es precioso, pero las casas son enormes, unas mansiones cuyos precios oscilan entre los veinte y los ochenta millones, y las tiendas del pueblito son muy pocas. Lo que más nos gustó de Montecito fue, con mucha diferencia, cenar en el restaurante Lucky’s, al lado de Oprah, que miraba con simpatía a nuestra hija, ensimismada en sus audífonos y su tableta: el filé miñón me pareció extraordinario, a la altura de la leyenda de ese restaurante, donde Ellen y su esposa suelen comer los fines de semana. También nos encantaron los croissants que venden en un café afrancesado del barrio, llamado Bree’osh.

De todos los restaurantes que probamos en Santa Bárbara, el mejor nos pareció Olio, italiano, espléndido, a la altura del que nos fascina en Beverly Hills. Soy un amante de la lasaña, y la que probé en Olio me dejó extasiado, y por eso volvimos un par de noches. Además, todos los camareros, uno chileno, dos italianos, fueron maravillosos con nosotros, y nos sentimos como en casa: un restaurante exquisito, pero no demasiado estirado ni pretencioso, con precios razonables. Lucky’s es genial, un clásico en Montecito, pero cuesta el doble, si no el triple, y bien lo vale, pero conviene saber que es un ambiente lujoso, todo el mundo muy bien vestido, donde me sentía como una mancha, zarrapastroso como siempre, pues no he nacido para lucir ropa de moda, eso se me nota a leguas, aun si hay neblina.

Esta tarde me propuse recorrer en la camioneta las calles más altas de Montecito por las que bajó un aluvión de lodo hace pocos meses, que destruyó casas y hoteles y dejó varios muertos. Recordé muchísimo el barrio de Los Cóndores, con sus grandes casonas y el peligro de sus deslaves, a una hora de Lima, en el que mis padres tenían una casa muy grande, con jardines en andenes, donde fui niño pío y adolescente rebelde. Montecito y Santa Bárbara son a Los Ángeles lo que Los Cóndores y Sierra Morena son a Lima; lo que Tortugas y Pilar son a Buenos Aires; lo que Zapallar y Cachagua son a Santiago de Chile. Manejas una, dos horas al norte, y el clima mejora tanto, y el aire se purifica, y puedes vivir en una casa con un gran jardín y una señora piscina, y el tiempo pasa más despacio o más quieto, y la brisa te acaricia con la delicadeza de los vientos pueblerinos, ajenos a la carrera de ratas de las grandes ciudades.

Por supuesto, ya le dije a mi mujer que, cuando me retire de la televisión, pasaremos los veranos en Santa Bárbara, huyendo de la canícula impiadosa de Miami, aprovechando las vacaciones escolares de la niña. Por supuesto, ella me dijo que soy un soñador, que nunca me retiraré de la televisión, que no tendremos una casa en Santa Bárbara. Pero yo, que siempre estoy buscando una casa o un apartamento en algún lugar del mundo (en Recoleta, en Pilar, en Madrid, en Manhattan, en Beverly Hills) he pasado estas tardes, al pie de la piscina, mirando en internet la casa que compraremos en Santa Bárbara, o la casa que nunca compraremos en este pueblito, pero en la que ahora mismo sueño con pasar las diez o doce semanas del verano, cuando me jubile de la exhibición pública de todas las noches y quiera retirarme a vivir la vida quieta y ensimismada del escritor arriba de la montaña, recordando al niño que fui arriba de aquellos cerros arenosos, tantos miles de kilómetros al sur.

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